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martes, 9 de marzo de 2021
CHEFCHAOUEN
De camino a Tetuán desde Fes hice una parada en Chefchaouen localidad situada en el Rif, en la zona en la que hasta mediados del siglo XX perteneció al protectorado español. Es por esa razón que muchos habitantes hablan español y es habitual ver carteles en nuestro idioma.
Este pueblo de montaña de menos de 50.000 habitantes fue fundado en 1741 por Moulay Ali Ben Moussa Ben Rached El Alami, quien se decía que era descendiente lejano de Mahoma. La mayoría de las casas están en una inclinada pendiente sobre la ladera convirtiendo la ciudad en un maravilloso enjambre azul.
El principal edificio religioso de la ciudad es la mezquita conocida como Le Grand Mosqué de Chefchaoen, se encuentra en uno de los extremos de la gran plaza Uta Hamam. Se construyó en el siglos XVI en tan solo 20 años y su principal minarete de forma octogonal le da un aire muy característico y especial.
Pegada a la mezquita está la fortaleza, conocida como la kasbah, fue construida para defenderse de los ataques portugueses, y a su alrededor creció la medina, como otras tantas en Marruecos un laberinto de callejuelas, casas y pasajes.
La torre de la kasbah es uno de los puntos más altos de la ciudad. Se puede acceder a la misma, desde la cual se aprecian unas vistas espléndidas de la ciudad.
La plaza Outa el Hamman, rodeada de cafés y restaurantes, es el lugar por el que accederemos a la ciudad (es la parada obligatoria de todo el transporte público) y al que debemos volver a encontrar si no queremos quedarnos atrapados para siempre en la envolvente red de laberintos y callejuelas que constituyen la esencia de la ciudad.
Hay varias versiones pero parece ser que fueron los judíos sefarditas expulsados de España por los reyes católicos y posteriormente instalados en esta zona los que empezaron a pintar las casas de color azul convirtiéndolo en el color de su barrio y luego en el de la ciudad.
Hay otra versión que dice que se hizo así para ahuyentar a los mosquitos, también que sirve para mantener las casas más frescas. Lo cierto es que ese color le da al pueblo personalidad propia y un aire único y auténtico.
La ciudad es hospitalaria, amigable y muy tranquila, sobre todo si la comparamos con otras de Marruecos. Fiel a su cultura rifeña el pueblo, pese a haber crecido en tamaño, mantiene su aire rural y ha evitado el tumulto.
Podemos transitar por sus estrechas calles, generalmente no demasiado concurridas, sin ser molestados apenas por los vendedores, guías informales y otra gente que se busca la vida a costa de los turistas que tanto proliferan en las estrechas medinas de otras localidades de Marruecos.
Su originalidad, la ausencia de vehículos, la paz que trasmite, el aire puro de las cercanas montañas o la vestimenta tradicional de la mayoría de habitantes crean una atmósfera especial en la que parece que el tiempo se ha detenido.
Dada su forma irregular es imposible guiarse en ella con un mapa. La mejor forma de conocerla es deambular por sus intrincadas calles y perderse por ellas, así nos iremos encontrando pequeñas y sorprendentes maravillas que el pueblo esconde.
En muchas esquinas irán apareciendo hermosas fuentes, perfectamente mimetizadas con los edificios. Además de su función práctica es destacable el trabajo de yesería, la ornamentación y su color azul como el resto de la medina.
La Plaza El Hauta con su fuente es uno de los pocos lugares abiertos en este laberinto de callejuelas. Y también uno de los puntos estratégicos donde podemos ver el contraste entre las pequeñas casitas y las montañas del Rif como imponente fondo. Realmente es impresionante el priviligiado enclabe en el que se encuentra esta pequeña villa.
Muchos callejones decoran sus paredes con macetas de colores, tampoco os dejarán indiferentes las puertas. La pequeña ciudad es un espacio en armonía y los vecinos contribuyen a enbellecerlo con encantadores detalles.
Edificios de gran interés cultural son también sus lavaderos, aún en uso ya que muchas de las casas no poseen agua corriente.
Desde tiempo inmemorial constituyen un centro de reunión y de socialización para las mujeres que son las que cargan con la responsabilidad de este duro trabajo. Ras el-Maa es el nombre del manantial que abastece de agua potable a Chefchaouen y también el de este lavadero.
Para volver a la plaza principal, y tras varios fallidos intentos, pedí ayuda al dependiente de una tienda, amablemente me acompaño hasta el lugar que le enseñé en una foto en mi cámara y rehusó cualquier propina. Un ejemplo de ayuda desinteresada muy distinto al que experimenté en otras partes del país.
Chefchauen tiene la dosis justa de aventura, exotismo y serenidad que lo convierten en un lugar altamente recomendable.
martes, 10 de febrero de 2015
EL VALLE DE OURIKA Y LAS SIETE CASCADAS
Tras experimentar el trepidante ritmo de Marrakech durante varios días decidimos tomarnos un respiro. El lugar elegido fue el valle de Ourika, a unos 60 kilómetros y en las faldas del Atlas; parecía el enclave perfecto para escapar del sofocante calor de la bulliciosa ciudad roja y tener un contacto directo con la naturaleza. En contraste con lo anterior allí podríamos disfrutar del frescor de la vegetación, tan escasa por estas latitudes, y deleitarnos con excelentes vistas desde la montaña donde teníamos previsto internarnos en busca de siete cascadas.
Hicimos el trayecto desde Marrakech por una serpenteante y estrecha carretera atravesando numerosas aldeas y con el río casi siempre a nuestra vera. A lo largo del camino tuvimos que driblar diversos personajes que realizaban rutinarios trabajos agrícolas, asimismo las tiendas, muy numerosas, estaban metidas casi en la propia vía, tratando de forzar a los viajeros a alguna parada para comprar algún producto local. Llevábamos bien aleccionado al taxista que nos transportaba y no caímos en la tentación de modo que llegamos sin hacer paradas a Setti Fatma que era el punto de inicio para la ruta de las cascadas que teníamos previsto visitar.
Setti Fatma esta ya ubicada en el imponente sistema montañoso del Atlas aunque dentro del precioso valle de Ourika. En los alrededores encontramos grandes cumbres como el Toubkal que con 4167 metros es la más alta de Marruecos. La aldea, aunque inundada de turistas y restaurantes, conserva intacto el encanto de una apacible villa de casas de adobe y es un buen lugar para palpar el verdadero espíritu marroquí . A la orilla del río hay locales improvisados donde se come o se toma el te con mesas incluso dentro del mismo río. Tras una rápida comida comenzamos a preparar nuestra excursión.
Aunque no es imprescindible numerosos habitantes del pueblo se ofrecen a hacer de guías para posibles circuitos por las cercanas montañas, puede ser una buena opción si, como en nuestro caso, aparece una persona cordial y agradable capaz de hacer más cómodo el trayecto aconsejando los itinerarios más cómodos y vistosos.
Y elegido el guía, empezamos la ruta. Al poco de comenzar afrontamos el primer reto, debíamos cruzar por puente tibetano sobre el río. Pese a la poca solidez de la endeble pasarela pasamos la prueba sin dificultad.
Seguimos caminando un trecho y empezamos a ascender pero, pese a estar ya a bastante distancia del pueblo, continuábamos encontrándonos con numerosas tiendas donde trataban de vendernos desde un zumo de naranja hasta diferentes productos de artesanía. El exceso de vendedores acosándonos hizo que este primer tramo de la marcha perdiera parte de su encanto.
Después de casi una hora de subida apareció la primera cascada, no es de las más espectaculares pero me llamó poderosamente la atención debido al contraste entre lo pedregoso del terreno y el gran chorro de agua fresca que surge de entre los riscos.
El calor era sofocante, así que aprovechamos para refrescarnos y para decidir si merecía la pena seguir el camino, mucho más abrupto a partir de ese punto. Por supuesto optamos por continuar.
Como preveíamos, la vía se volvió más escarpada y en algún tramo ya no se trataba de subir, sino realmente de trepar. Afortunadamente nuestro guía fue de gran ayuda en estos momentos difíciles, nos iba indicando los puntos de apoyo más adecuados y si era necesario me tendía el brazo para sostenerme porque, definitivamente, habíamos iniciado la travesía sin el equipamiento más adecuado. Al menos el calzado era fuerte y no patinaba por el resbaladizo terreno.
Costaba subir, hacía muchísimo calor, pero lo que nos encontramos una vez superado ese trecho de gran dificultad compensó sobradamente el esfuerzo. Los vendedores y el exceso de turistas desaparecieron por completo de nuestro alrededor y, por fin, pudimos experimentar la sensación de un encuentro profundo e íntimo con la naturaleza. Mientras caminábamos por el pedregoso sendero espectaculares cascadas nos iban regalando la vista a nuestro alrededor.
Al fin nos sentíamos en el corazón del alto Atlas. Así, pasadas las dificultades previas, el camino, aunque sinuoso y empinado, se tornó mucho más llevadero. En unas tres horas de trayecto, nos fuimos deleitando, con distintas cascadas ( hay hasta siete diferentes aunque no llegamos a verlas todas ) de variadas formas y tamaños rodeados siempre de imponentes montañas y un espectacular paisaje que nos estimulaba a seguir la marcha y nos sorprendía a cada instante.
Desgraciadamente comenzaba a atardecer y tocaba descender, también con cuidado por lo abrupto y resbaladizo del terreno.
El guía fue tomando confianza con nosotros y además de llevarnos de vuelta al pueblo procurando elegir los senderos más vistosos y menos deslizantes nos amenizó la marcha contándonos viejas historias de los pueblos bereberes. El mismo resultó ser un pastor de la zona, no tenía estudios formales pero contaba con una gran sabiduría ancestral y era capaz de hablar varios idiomas. Todo un lujo de compañía por los apenas 10 euros que, si mal no recuerdo, nos costó contratar sus servicios.
Con satisfacción y llenos de renovadas energías, por la singular belleza de nuestro recorrido, pero con cierta pena por abandonar tan precioso lugar llegamos de vuelta a Setti Fatma.
martes, 2 de agosto de 2011
DJEMAA EL FNA Y EL RESTAURANTE ARGANA
La plaza engancha desde primer instante, no por lo impresionante o monumental de sus edificaciones sino por la animación y la actividad que en ella se despliega, auténtico corazón y fresco perfecto de una ciudad donde los puestos callejeros conviven con los vendedores de serpientes, siempre dispuestos a asaltar al ingenuo turista.
La proliferación de viajeros ha hecho que las trampas para los forasteros sean muchas, timadores, carteristas y todo tipo de hostigamiento y chantaje emocional, más o menos violento, son frecuentes en este azaroso e incierto micro-cosmos. Sin embargo, pasado el impacto inicial, nos podemos adentrar en la auténtica alma de la plaza, que no ha perdido en absoluto su hechizo ni su sabor tradicional.
Los cuenta-cuentos, siguen encandilando a la sencilla población local con sus historias narradas en árabe o en los dialectos bereberes que seducen a los locales pero resultan incomprensibles para los europeos lastrados por la barrera idiomática.
Los chiringuitos de comida callejera, en el que se cocinan exóticas fritangas resultan en ocasiones demasiado insalubres y los sabores de estos humeantes manjares demasiado fuertes para los delicados paladares europeos, pero en ellos está la auténtica esencia de la comida del Atlas.
Deambular por el lugar es un auténtico regocijo para nuestros sentidos y una sorpresa constante, pues lo menos esperado puede suceder en cualquier instante.
Aún con curiosidad y ansia por de disfrutar del singular ambiente de la plaza pero cansado de pasear y harto de las continuas intromisiones de los no siempre bien intencionados vendedores, descubrí que la terraza del restaurante Argana era el mejor punto para observar el devenir de las escenas que acaecían en esta atestada ágora, lugar de encuentro y fusión de aromas y sabores, de colores y texturas, de animales y gentes. Allí cene en múltiples ocasiones y me recreé dejándome llevar a mundo sensorial diferente, donde podía dejar mi mente en blanco y aparcar mis asuntos cotidianos, con el anhelo de encontrarme con un yo más puro, más trascendente y ancestral.
Bonitas imágenes impregnadas en mi memoria con las que volví a Gijón, mi hogar, y que recientemente se vieron salpicadas de sangre y violencia por el terrible atentado que segó la vida de 15 personas hace apenas unas semanas en el restaurante Argana, un lugar que aún en la distancia todavía me resulta cercano y familiar. http://www.elmundo.es/elmundo/2011/04/28/internacional/1303989914.html
Mi pesar y mi aflicción aumentó cuando la prensa informó que alguna de las víctimas habían sido empleados del propio restaurante, personas cordiales con las que había tenido contacto durante aquellos días y que ya conocía, aunque sólo fuese de vista.
El terrorismo y la intolerancia, no respetan ni a los individuos ni a la belleza ni a las tradiciones y son capaces de herir con sus lacerantes puñales los rincones más íntimos, queridos y recónditos de nuestra memoria y nuestra alma.
sábado, 6 de marzo de 2010
ESSAOUIRA
Cuando pienso en Marruecos mi mente se recrea con imágenes de Essaouira. Un pueblo marinero de estrechas calles y casas blancas antiguamente llamado Mogador, un nombre que evoca exuberantes aromas, exóticos viajes y excitantes aventuras y cuyo influjo aún sigue presente en todo el pueblo ya que desde el antiguo fuerte portugués, a las murallas con cañones colocados de forma simétrica apuntando a la profundidad del oceano o el trazado mismo de la ciudad todo tiene un profundo sabor colonial.
Essaouira es hoy una tranquila villa donde los marineros que despiezan pescado, entre redes y gaviotas conviven con surferos que lanzan sus melenas al viento y turistas que disfrutan de la amplia y soleada playa, en un lugar apartado del bullicio de la relativamente cercana Marrackech y donde aún es posible la relajación y el paseo.
Del riad Inna al Taros café o al restaurante Les Alizes Mogador, en apenas un fin de semana uno puede sentirse cómodo e integrado en la acogedora población y reconocer las caras de todos los músicos callejeros o de los enredadores profesionales de turistas, que aún mantienen la mirada más limpia que sus vecinos de Agadir o Marrackech.
Del riad Inna al Taros café o al restaurante Les Alizes Mogador, en apenas un fin de semana uno puede sentirse cómodo e integrado en la acogedora población y reconocer las caras de todos los músicos callejeros o de los enredadores profesionales de turistas, que aún mantienen la mirada más limpia que sus vecinos de Agadir o Marrackech.
sábado, 10 de marzo de 2007
EXCURSIÓN POR EL NILO
Siempre me admiro su historia, pero nunca senti su embrujo, ese que muchos les hace conectarlo con el mas alla. Pero otros destinos me hablaban de ti y me ofrecian destellos de tu luz. Los obeliscos de la plaza de San Pedro o del Popolo en Roma, de la Concordia en Paris o del Hipodromo en Estambul, el escriba sentado del Louvre, los museos de Oxford, Cambridge o Londres, recordandome constantemente que nuestra orgullosa civilizacion occidental aun es heredera de una mas antigua y ancestral. Asi fue como parti hacia los confines del Mediterraneo y el motivo por el que me embarqué en la motonave Moon River en Assuan en busca de nuevas sensaciones. Tras dejar el equipaje en el barco hice una breve visita por la ciudad. Assuan me pareció tranquila villa volcada al turismo pero bastante menos occidentalizada de lo que esperaba. La mayor parte de la gente vestía la tunica tradicional y etnicamente no podían esconder su ascendencia nubia, tez oscura y profundos ojos negros. Aunque la noche era fresca en el desierto la vida se hacía en la calle, ahí se fuma, se juega a las cartas, se toma el te o se trata de liar a algun turista despistado.
Partimos a Abu Simbel a las 4 de la madrugada, en el camino por el desierto un rojizo amanecer donde el ocre de cielo y tierra parecen fundirse en el horizonte.Tras tres horas de viaje formando un curioso convoy escoltados por policías de paisano, sin duda por ir de incógnito y no alterar a los turistas, lástima del detalle de la metralleta al hombro, llegamos al recinto de los templos rescatados de las aguas del Nilo y ahora sobre el nivel del lago Nasser.Al salir del autobús un gélido viento me hacía sentir frio incluso con el forro polar. Lo compensó la maravilla de los 4 grandes colosos esculpidos en granito que enmarcan el templo de Ramses. Rápidamente saqué unas fotos y me introduje en él. Me impresionaron sus dimensiones y el detalle de los bajorrelieves donde se describen las victorias militares del gran faraón. El templo de Nefertiti, que visité a continuación, sigue la misma estructura pero es mas diminuto pero muy bello y armonioso igualmente.Concluímos la visita a eso de las 10 justo cuando comenzaba a notarse calor ( los cambios de temperatura en Egipto son súbitos y bruscos, al menos en invierno ). Poco despues de mediodía estábamos de vuelta en Assuan. Allí contemplamos la gran presa que sostiene 500 kilómetros de agua embalsada, que forma el mayor lago artificial del mundo y que provee de agua y electriciadad a todo Egipto.A sugerencia de Ramadán, un ex futbolista cairota reciclado a guia turístico, montamos en faluca para visitar un auténtico poblado Nubio. Caravanas de camellos se divisaban por nuestro margen derecho, el gran rio transmitía una gran sensacion de paz y sosiego, la misma que encontramos en el pueblo donde la gente se obstina en siguir viviendo al modo tradicional y criar cocodrilos en los estanques. Ya muy avanzada la tarde regresamos a la motonave y continuamos la navegación. En la noche nos esperaba la contemplación del templo de Kom-Simbu, iluminado, recio e imponente, otra autentica joya. A la vuelta espectacular cena en el barco y fiesta con chilabas.Tras navegar toda la noche amanecemos en Edfna !Qué temprano sale el sol aquí!. Desembarcamos y cogemos la calesa para ver el recio templo dedicado al dios Horus. Tras una fugaz visita de nuevo optamos por el coche de caballos para regresar al barco. La circulación es caótica. Chocamos contra otro vehículo de tracción animal, tras el susto por fin llegamos al destino. El cochero quiere un euro de propina. Se lo doy y me exige otro. Me niego y me llama catalán. !En perfecto castellano!. Al fin llego al barco y me relajo tomando el sol en la terraza. Tira un poco de viento y no me decido a pegarme un chapuzón en la piscina.A eso de las tres de la tarde llegamos a Esna y el barco se detiene para esperar turno para la esclusa. A pesar de que Ramadan me lo desaconseja, supongo que por temor a que me pierda o me retrase y el barco pierda su turno para pasar la esclusa, salí a explorar Esna. El pueblo es menos turístico que otros, huele mal pero tambien tiene vendedores que te paran y policías que vigilan por todos lados. Los comerciantes te convencen para que entres en su tienda para que mires "!Sin agobiar!, !Sin agobiar!" pero si sales sin comprar nada te cogen por el brazo y te muestran algo "!Más barato!" "!Más barato!", y nunca te dejan tranquilo.Subí al barco ya casi cuando iniciábamos la maniobra de la esclusa ! Ingeniosa obra de ingeniería!. Tenemos que bajar 8 metros de desnivel y noto un hormigueo en los pies.Tras cruzar la presa iniciamos la marcha a Luxor.Son casi las 10 de la noche cuando anclamos en la milenaria ciudad, antigua capital del Egipto faraónico. Desembarqué para estirar los pies y encontré un punto mucho más desarrollado y ruidoso que los anteriores. Paré en una terraza a tomar un te con menta y reparé en que habia menos gente vestida del modo tradicional y un estupendo paseo fluvial al borde del Nilo, se respiraba una atmosfera mas occidental. Vi el maravilloso templo de Luxor iluminado, en pleno centro de la ciudad y me retiré a descansar.Tras dormir unas pocas horas me levanté a las 5,30 de la madrugada y aun adormilado me dispuse a desayunar cuando un crío esta a punto de vomitarme los playeros. Me enteré que los vómitos y la diarréa estaban haciendo estragos entre parte del pasaje. La comida egipcia es deliciosa pero fuerte y muy especiada y el agua corriente no es potable. Afortunadamente yo me encontraba pleno de energías para realizar todo el apretado programa que me quedaba por delante.El templo de Karnak es un enorme complejo de obeliscos columnas y estatuas a mayor gloria del los faraones más famosos. Sus dimensiones apabullan. El de Luxor a 3 kilómetros es más grácil y armonioso y en él se pueden observar superpuestos los restos de una mezquita y de una iglesia copta. El tiempo apremiaba porque por la tarde volaba al Cairo y aun debia de visitar el Valle de los Reyes.Cruzamos el Nilo en barca y un autobús esperaba al otro lado. Tras un trayecto que no se hace largo llegue a una desolado monte. El paisaje es lunar. Solo piedra y ni una gota de vegetación, pese a ser invierno y al frio del amanecer, el sol pega fuerte en las horas centrales del dia ( debe ser un infierno en verano ).Elejí para visitar las 3 tumbas que me parecieron más interesantes. Increibles las galerias de 200 o 300 mts excavadas en la roca para concluir en un amplio espacio interior. Mas que cuevas artificiales son auténticos palacios en la roca.De camino al barco visité al templo de Deir al Bahaire ( en honor a Hacheput ), auténticamente incrustado en el recio monte.Comí en el barco y por la tarde partí del coqueto y superprotegido ( los controles policiales son tremendos en todo Egipto ) aeropuerto de Luxor hacia El Cairo, donde me encuentro en el momento de escribir estas líneas.En cuanto tenga tiempo escribiré una nueva bitacora explicando todas mis experecias en la fascinante capital egipcia.
Partimos a Abu Simbel a las 4 de la madrugada, en el camino por el desierto un rojizo amanecer donde el ocre de cielo y tierra parecen fundirse en el horizonte.Tras tres horas de viaje formando un curioso convoy escoltados por policías de paisano, sin duda por ir de incógnito y no alterar a los turistas, lástima del detalle de la metralleta al hombro, llegamos al recinto de los templos rescatados de las aguas del Nilo y ahora sobre el nivel del lago Nasser.Al salir del autobús un gélido viento me hacía sentir frio incluso con el forro polar. Lo compensó la maravilla de los 4 grandes colosos esculpidos en granito que enmarcan el templo de Ramses. Rápidamente saqué unas fotos y me introduje en él. Me impresionaron sus dimensiones y el detalle de los bajorrelieves donde se describen las victorias militares del gran faraón. El templo de Nefertiti, que visité a continuación, sigue la misma estructura pero es mas diminuto pero muy bello y armonioso igualmente.Concluímos la visita a eso de las 10 justo cuando comenzaba a notarse calor ( los cambios de temperatura en Egipto son súbitos y bruscos, al menos en invierno ). Poco despues de mediodía estábamos de vuelta en Assuan. Allí contemplamos la gran presa que sostiene 500 kilómetros de agua embalsada, que forma el mayor lago artificial del mundo y que provee de agua y electriciadad a todo Egipto.A sugerencia de Ramadán, un ex futbolista cairota reciclado a guia turístico, montamos en faluca para visitar un auténtico poblado Nubio. Caravanas de camellos se divisaban por nuestro margen derecho, el gran rio transmitía una gran sensacion de paz y sosiego, la misma que encontramos en el pueblo donde la gente se obstina en siguir viviendo al modo tradicional y criar cocodrilos en los estanques. Ya muy avanzada la tarde regresamos a la motonave y continuamos la navegación. En la noche nos esperaba la contemplación del templo de Kom-Simbu, iluminado, recio e imponente, otra autentica joya. A la vuelta espectacular cena en el barco y fiesta con chilabas.Tras navegar toda la noche amanecemos en Edfna !Qué temprano sale el sol aquí!. Desembarcamos y cogemos la calesa para ver el recio templo dedicado al dios Horus. Tras una fugaz visita de nuevo optamos por el coche de caballos para regresar al barco. La circulación es caótica. Chocamos contra otro vehículo de tracción animal, tras el susto por fin llegamos al destino. El cochero quiere un euro de propina. Se lo doy y me exige otro. Me niego y me llama catalán. !En perfecto castellano!. Al fin llego al barco y me relajo tomando el sol en la terraza. Tira un poco de viento y no me decido a pegarme un chapuzón en la piscina.A eso de las tres de la tarde llegamos a Esna y el barco se detiene para esperar turno para la esclusa. A pesar de que Ramadan me lo desaconseja, supongo que por temor a que me pierda o me retrase y el barco pierda su turno para pasar la esclusa, salí a explorar Esna. El pueblo es menos turístico que otros, huele mal pero tambien tiene vendedores que te paran y policías que vigilan por todos lados. Los comerciantes te convencen para que entres en su tienda para que mires "!Sin agobiar!, !Sin agobiar!" pero si sales sin comprar nada te cogen por el brazo y te muestran algo "!Más barato!" "!Más barato!", y nunca te dejan tranquilo.Subí al barco ya casi cuando iniciábamos la maniobra de la esclusa ! Ingeniosa obra de ingeniería!. Tenemos que bajar 8 metros de desnivel y noto un hormigueo en los pies.Tras cruzar la presa iniciamos la marcha a Luxor.Son casi las 10 de la noche cuando anclamos en la milenaria ciudad, antigua capital del Egipto faraónico. Desembarqué para estirar los pies y encontré un punto mucho más desarrollado y ruidoso que los anteriores. Paré en una terraza a tomar un te con menta y reparé en que habia menos gente vestida del modo tradicional y un estupendo paseo fluvial al borde del Nilo, se respiraba una atmosfera mas occidental. Vi el maravilloso templo de Luxor iluminado, en pleno centro de la ciudad y me retiré a descansar.Tras dormir unas pocas horas me levanté a las 5,30 de la madrugada y aun adormilado me dispuse a desayunar cuando un crío esta a punto de vomitarme los playeros. Me enteré que los vómitos y la diarréa estaban haciendo estragos entre parte del pasaje. La comida egipcia es deliciosa pero fuerte y muy especiada y el agua corriente no es potable. Afortunadamente yo me encontraba pleno de energías para realizar todo el apretado programa que me quedaba por delante.El templo de Karnak es un enorme complejo de obeliscos columnas y estatuas a mayor gloria del los faraones más famosos. Sus dimensiones apabullan. El de Luxor a 3 kilómetros es más grácil y armonioso y en él se pueden observar superpuestos los restos de una mezquita y de una iglesia copta. El tiempo apremiaba porque por la tarde volaba al Cairo y aun debia de visitar el Valle de los Reyes.Cruzamos el Nilo en barca y un autobús esperaba al otro lado. Tras un trayecto que no se hace largo llegue a una desolado monte. El paisaje es lunar. Solo piedra y ni una gota de vegetación, pese a ser invierno y al frio del amanecer, el sol pega fuerte en las horas centrales del dia ( debe ser un infierno en verano ).Elejí para visitar las 3 tumbas que me parecieron más interesantes. Increibles las galerias de 200 o 300 mts excavadas en la roca para concluir en un amplio espacio interior. Mas que cuevas artificiales son auténticos palacios en la roca.De camino al barco visité al templo de Deir al Bahaire ( en honor a Hacheput ), auténticamente incrustado en el recio monte.Comí en el barco y por la tarde partí del coqueto y superprotegido ( los controles policiales son tremendos en todo Egipto ) aeropuerto de Luxor hacia El Cairo, donde me encuentro en el momento de escribir estas líneas.En cuanto tenga tiempo escribiré una nueva bitacora explicando todas mis experecias en la fascinante capital egipcia.
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