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martes, 11 de febrero de 2014

LA RUTA DE LAS XANAS

El desfiladero de las xanas se encuentra entre los concejos asturianos de Santo Adriano, Proaza y Quirós, su punto de inicio no está muy distante del de la ruta del oso y podemos considerarla un auténtico monumento paisajístico que capta como pocos la belleza de este rincón del norte de España.

Su nombre hace honor a las xanas, hadas de lasfuentes en la mitología astur.



La senda fue tallada en la roca, en un antiguo proyecto para conectar por carretera, allá por los años 30 del pasado siglo, los pueblos de Pedroveya, Rebollada y Dosango con el valle del Trubia.

El proyecto se abandonó, pero los trabajos y perforaciones en la roca permitieron hablitar la senda.


La ruta no es excesivamente larga ni exigente, apenas 4 kilómetros, sin embargo es sumamente entretenida y variada.

 En nuestro caminar hacia Pedroveya, iremos atravesando varios túneles esculpidos en la piedra, puentes y una gran variedad de paisajes.


Tras una pequeña garganta de piedra y un túnel comienzan los precipicios y los mayores desniveles, que así y todo nunca llegan a ser excesivos.

El paisaje es muy pedregoso y es asombroso ver los arbolillos colgantes suspendidos en el vacío por capricho de la naturaleza. El cauce del río se escucha de fondo porque la fuerza del torrente es brutal, pero la densidad de la masa forestal impide ver una sola gota de agua blanca.

El sendero dibuja las laderas de la montaña y llega a la parte mas escarpada y emocionante del desfiladero.

 La senda sale del estrecho y se interna en un espeso bosque lleno de vida, donde todo suena a cuento y magia.

El camino recorre el bosque y atraviesa el río de las Xanas por un rústico puente de madera. En las orillas del arroyo crecen saucen, olmos, hayas, castaños y avellanos, convirtiendo la arboleda en una jungla de troncos.




Finalmente se sale a un territorio abierto de prados de siega y con aires de valle alpino.

 Tras recorrerlo llegaremos al pueblo de Pedroveya y al final de nuestra travesía.

Allí podemos recuperarnos del esfuerzo comiendo una excelente fabada casera en Casa Generosa, un lugar con tanto caracter y autenticidad como la propia travesía.



 

lunes, 29 de octubre de 2012

CASCADAS DE ONETA



En el occidente asturiano encontramos el pequeño y remoto concejo de Villayón de fisonomía montañosa aflorando también diversos valles en varias direcciones conformados por los afluentes y subafluentes del Navia.
Perdido en las montañas se encuentra el pueblecito de Oneta, que es la via de acceso a unas fabulosas y poco conocidas cascadas
Desde Oneta, la ruta transcurre al principio entre prados y tierras de cultivo. Enseguida el camino se estrecha e inicia un empinado descenso que conduce a la cascada de la Firbia
La travesía que lleva a las cascadas no tiene pérdida, además es una ruta especialmente sugerente que en primer lugar nos conduce a hacia la cabecera del barranco
 
Los ríos asturianos se han especializado en dejarnos imágenes inolvidables. Obligados a salvar enormes desniveles, ofrecen una gran capacidad erosiva, excavando a su paso multitud de hoces, cañones y desfiladeros
Algunos, como el del Diablu, tienen gran profundidad y peligrosos remolinos en su interior. De pronto, la corriente se precipita verticalmente por una altura entorno a los quince metros, formando una cascada de espectacular belleza.
Se trata de la cascada de la Firbia El sonido constante, de gran potencia acústica, viene acompañado de un efecto eólico que impresiona, ráfagas continuadas de aire que son el resultado invisible de esta gran caída de agua barranco abajo.
 

Nos encontramos, pues, en una localización privilegiada para apreciar esa relación estrecha entre el paisaje asturiano y su etnografía relacionada con el agua. Las paredes del roquedo se nos muestran densamente cubiertas de musgos y helechos. La cascada está rodeada de robles, abedules y castaños y en su margen derecho se encuentra un canal que en la antigüedad abastecía a varios molinos.
 
Para encontrar la segunda cascada hemos de acompañar al río en su agradable descenso entre pozas y pequeños saltos de agua.
Aunque la cascada más accesible y visitada es la de Firbia,por debajo de ésta existen otras dos de menor altura aunque no menos bellas: la Ulloa y la Maseirua. En el entorno inmediato de éstas la vegetación sigue siendo exhuberante, con una frondosa cubierta de fresnos y alisos
Con esas impresionantes imágenes en la retina emprendimos el camino de vuelta, entre valles y montañas siempre verdes.

lunes, 20 de octubre de 2008

DOLIA



Siguiendo la estela de mi primo César, incombustible aventurero, el otro día me acerqué a Dolia, un remoto pueblo perdido en el corazón de la Asturias rural del que nunca había oído hablar antes. Accedimos al lugar desde la villa de Grado, por una estrecha y mal señalizada carretera de montaña de unos 30 kilómetros. El viaje en coche se hizo bastante cómodo, el día era muy soleado, el puerto tendido y el trazado no excesivamente sinuoso.
A ambos lados de la carretera imponentes montañas y algún diminuto y languideciente pueblecito, sin apenas actividad. Nos encontrábamos en una zona de bajísima densidad de población, relativamente virgen, apenas modificada por la acción del hombre.
La antigua calzada romana de la Mesa, cuyo itinerario aún hoy se puede seguir a pie, es una opción alternativa al coche, ideal para aquellos que quieran recrearse en un lugar cargado de belleza e historia. El camino romano fue durante siglos la principal vía de comunicación entre Asturias y la meseta, por donde los romanos transportaban el oro hacia el sur y en la ruta aún se encuentran multitud de referencias a esa época. El mismo pueblo de Dolia (tinaja en latín) al que nos dirigíamos era un punto estratégico en la ruta e incluso, siglos después, en el medievo, sus habitantes estaban exentos de impuestos a cambio de proveer de alimento y morada a los exahustos viajeros.
En Dolia planeábamos encontrarnos con Kike, amigo de la infancia de mi primo, carismático e infatigable, capaz de, frisando los cincuenta, romper amarras con una vida de éxito y al estilo de Paul Gaugain, abandonar la confortable civilización y lanzarse a vivir sus sueños.
Kike había comprado la mayor parte del pueblo, unas 20 casas casi todas de piedra, convirtiéndolo en su particular reino y refugio, arrastrando con él a su familia, contagiada de su desbordante entusiasmo. La mayor parte de la restauración la había efectuado el propio Kike haciendo de sufrido albañil, peón o ebanista cuando en realidad toda su vida se había dedicado a la banca.
Su espíritu inquieto, su innata habilidad, su afición por el bricolage y la carpintería y su identificación con el proyecto de reconstrucción del lugar, han permitido que en 25 meses y sin apenas ayuda, el pueblo haya podido resurgir del abandono y del olvido.
Cada dificultad la convertía en un reto personal, empleando grandes dosis de ingenio en adaptar pequeños vehículos 4x4 con los que poder transportar nuevas vigas de madera para los desvencijados techos de las casas por los estrechos caminos que había entre las viviendas o de esfuerzo vaciando las antiguas cuadras buscando darles la altura suficiente para convertirlas en confortables apartamentos.
Llegamos al pueblo, bellamente encajado entre las cercanas laderas del monte y con forma de tinaja como indica su nombre latino, a eso de las 4 de la tarde del pasado miércoles. El día aún parecía más luminoso a esa altura, con ese sol de otoño que acaricia y no daña. A nuestro alrededor, la imponente estampa de una interminable sucesión de abruptas montañas y tendidos valles, casi completamente despoblados, teñido todo de ese cromatismo ocre y rojizo tan característico de la época.
Advertido por César, Kike nos esperaba junto una antigua pared de piedra, con gran alegría dio un salto para saludar a su viejo amigo. Tras un fuerte apretón de manos y con su característica vivacidad pasó a mostrarnos con orgullo sus preciosas y preciadas posesiones.
Empezó por una casa de escaleras de piedra y dos alturas enmarcada por una esquina de madera ensamblada, según las técnicas tradicionales, sin usar puntas. En sus estancias superiores había ubicado la vistosa y acristalada recepción del complejo rural que estaba desarrollando y un pequeño comedor. La parte inferior la había convertido en un coqueto bar. Saliendo del edificio por la parte posterior nos encontramos entre dos pequeñas viviendas de piedra ya completamente habilitadas interiormente como apartamentos rurales compuestas de salón, cocina y dos habitaciones con estilo rústico y atmósfera tradicional pero todas las comodidades necesarias ( baño, cocina, neveras, micro-ondas, TV con pantaña plana ) y magníficas vistas a las hermosas montañas que enmarcaban el lugar.
Más allá muchas más viviendas en pleno proceso de restauración. De entre ellas destacaba la más grande y ambiciosa, con una amplia y luminosa galería, en cuyos bajos está proyectado un relajante complejo termal de inspiración romana.
Al fondo estaba la iglesia, con originales arcos de piedra en su interior, que también será objeto de una próxima restauración, y una amplia zona de juegos en lo que vendría a ser la plaza principal del pueblo. Asimismo y salpicados entre las construcciones de piedra, hórreos, paneras, viejos carros del país, antiguos aperos de labranza y otros elementos que nos retrotraían a un pretérito y fascinante mundo rural.
Antes de despedirnos de Kike, aún nos invitó a tomar un refresco en el pequeño bar y nos emplazó a volver en la próxima primavera a recorrer a pie alguna de las numerosas sendas que rodean el pueblo, con impresionantes vistas y desde las que se pueden observar, lobos, osos, rebecos y jabalíes. No faltaremos a la cita.

miércoles, 2 de julio de 2008

EN LAS ENTRAÑAS DE LA TIERRA



Nunca me había sumergido tan profundamente en el interior de mi tierra asturiana como lo hice la pasada semana.
La visita al pozo Santiago, lugar trágico y legendario, tan exuberantemente generoso cuando ofrece sus frutos como extremadamente cruel cuando se cobra su sangriento tributo, fue un paseo por las negras entrañas donde se recoge ese carbón que sacó a nuestra región del aislamiento allá a finales del siglo XIX cambiando el estilo de vida del campesino tradicional que habría de afrontar desde entonces nuevos retos y problemas, tal y como relata Armando Palacio Valdés en su obra La Aldea Perdida.
El nuevo escenario de esas cuencas preñadas de tesoros fósiles se volvía así industrial y urbano, de dureza extrema, riesgo constante y completamente de espaldas a la naturaleza.
Este medio tan singular condicionó, sin duda, la personalidad del individuo, sus valores y su manera de afrontar la vida y también la muerte. Pero, según pude comprobar, no hay mejor forma de entender el descaro y la altanería de un minero que descendiendo al interior de una mina.
Nos montamos en un tembloroso ascensor metálico abierto por los lados al que los mineros llaman jaula y tras un claustrofóbico e interminable viaje hacia las profundidades de la tierra nos plantamos a 500 metros bajo el nivel del suelo.
Provistos del botas, mono, casco y autorrescatador ( aparato mecánico colgado al cinto que permite respirar 30 minutos en caso de falta de oxígeno ) bajamos en la galería quinta en medio de la oscuridad más absoluta y donde sólo la luz de la linterna acoplada en nuestro casco nos permitía atisbar el húmedo y caluroso entorno. Una vez aclimatados al medio iniciamos la marcha.
El túnel en el que nos encontrábamos era relativamente amplio en su inicio pero a medida que nos acercábamos al lugar de extracción del carbón se iba volviendo más estrecho y sinuoso.
Raul, nuestro anfitrión era un joven y cordial ingeniero con alta responsabilidad en el pozo que aprovechaba el paseo para supervisar la mampostería que sostenía el túnel o dar instrucciones a los sufridos mineros y mineras ( tiznado de carbón y en lo más profundo de la mina pude contemplar más de un rostro femenino ) que realizaban el mantenimiento de la zona.
En nuestro trayecto salvamos varios desniveles por estrechísimos pasajes que parecían conducirnos a un abismo de oscuridad e imposibles pasadizos en los que inevitablemente golpeábamos el casco contra el techo.
Entre vagonetas, vías que sortear, humedades y filtraciones de los ríos subterráneos, grupos de mineros que aparecían en cualquier rincón e indescriptibles ingenios, máquinas y cintas ( alguna de las cuales hubo de pararse unos segundos para que pudiéramos continuar ) fuimos avanzando hasta la rampla o taller de explotación propiamente dicho.
Esta claro que la mina es un lugar para gente joven y en buena forma física pues, tras casi dos horas de caminata, llegué al lugar con la boca seca ( el aire se hace irrespirable por momentos ), la cara negra ( el polvillo negro se impregna por todos los poros de tu cuerpo ) y las piernas y la espalda doloridas ( la marcha había de hacerse en posiciones forzadas ).
En la actualidad la figura del picador con el martillo de aire comprimido realizando el trabajo a base de fuerza tiende a desaparecer a favor de nuevas técnicas menos penosas con el apoyo de moderna maquinaria. Tal y como pudimos observar potentes y compactas estructuras mecanizadas penetran hasta las capas de extracción sustituyendo a la mampostería tradicional de modo el carbón se puede extraer mediante imponentes y ruidosos tambores rotatorios dotados de picos que arrancan el carbón de la beta en grandes pedazos.
Sin embargo la dureza del trabajo y del entorno es obvia, tanto es así que al salir de nuevo al exterior, tras otro largo paseo por una nueva galería hasta la jaula, sentí un leve mareo. Después de más de tres horas en el interior de la mina había perdido la noción del día y la noche, necesitaba beber y refrescarme.
Tras una buena ducha y aún habiéndome frotado a fondo, un cerco de carbón se acumulaba alrededor de mis ojos ( sólo al final del día acabó por depositarse en los lagrimales y desaparecer ), al estornudar expulsaba una especie de ceniza, tenía un hambre voraz y, sobre todo, muchísima sed.
La gentileza de HUNOSA ( gracias Ubaldo ) hizo que todo el malestar cesase súbitamente tras una abundante comida en un coqueto restaurante del centro de Mieres.
Al salir del local para reemprender mis obligaciones vespertinas sentí gran placer con pequeños goces que nunca antes había valorado, el frescor del aire puro al ser aspirado, la sensación de libertad por encontrarme ante un amplio espacio abierto, la animosa alegría que experimentaba al contemplar la gloriosa luz del sol. Comprendí entonces por qué los mineros quieren exprimir la vida al instante sin pensar demasiado en el abismo de oscuridad que implacablemente les depara el mañana.

viernes, 23 de mayo de 2008

OUTDOOR TRAINING



Atrapados en nuestras agobiantes agendas y endiabladas rutinas, a veces, es difícil encontrar un momento de respiro que nos permita conocer mejor nuestro entorno más cercano y a nosotros mismos.
Un cambio radical de escenario o de actitud mental no ha de ir precedido necesariamente de un pesado vuelo internacional o del inevitable jet lag.
A una media hora de Oviedo se encuentra la tranquila y acogedora aldea de Cofiño, peculiar paraje de indescriptible belleza encajado entre la Sierra del Sueve y los Picos de Europa, donde el mundo fluye a otros ritmo, el aire es más fresco y el paisaje nos regala un sin fin de inolvidables instantáneas.
Confortablemente alojados en un impecable hotel rural y tras una apetitosa cena, original pero contundente ( odio esa nueva cocina que siempre te deja con hambre ), iniciamos una serie de actividades que desentumecieron nuestros músculos y nuestra mente y nos alejaron del confortable sedentarismo en el que solemos parapetarnos.
Rodeados de un círculo de compañeros y a punto de perder el equilibrio resultaba natural entrar en contacto físico, la inercia de los acontecimientos nos llevó a vernos manteados avanzando en forma de gusano o realizando saltos de fe a la espera de que nuestros compañeros nos recogieran antes de dar con nuestros maltrechos huesos en el suelo, todo según un programa perfectamente diseñado pero donde nada parecía forzado y entre el regocijo y diversión ( incluso yo, que no simpatizo con las actividades físicas extremas ), de todos los participantes.
Sin darnos cuenta nos dieron casi las tres de la mañana y nos retiramos a dormir.
Tras las emociones previas y arropado por la paz del entorno, me fue fácil conciliar un sueño profundo y reparador, sin duda, necesario dado lo que nos esperaba el día siguiente.
Tras un rápido desayuno partimos hacia Arriendas a primera hora de la mañana.
En el amplio entorno que rodea la escuela de piragüismo, y divididos en varios equipos de unas 5 personas, realizamos otra serie de pruebas en equipo donde la estrategia primó sobre la habilidad y la fuerza, la naturalidad sobre el encorsetamiento y la actitud positiva y el buen humor sobre la competitividad extrema.
Hacer relevos con una aleta de submarinista, tirar con arco con los ojos tapados o saltar por entre cuerdas imposibles fueron tan solo algunos de los retos planteados.
A media mañana el sol lucía radiante y aún quedaba la guinda de la jornada, el descenso del Sella.
Entre palada y palada, festiva de agüadillas y chapuzones, un poco de sudor y alguna lágrima, pero de risa, en el zizagueante (dado las dificultades que, cómo piragüista novato, tuve para hacerme con el control de la embarcación) descenso fluvial en canoa de Arriondas a Toraño dónde dimos por concluida una jornada inolvidable.

jueves, 29 de septiembre de 2005

LA PRIMERA MARCHA A COVADONGA

Hay lugares a los que la naturaleza ha bendecido con un hechizo y embrujo especial, parajes con duende en los que realidad y fantasía se confunden, reflejo de la divinidad y camino de la trascendencia. Enclaves en los que, según tradiciones ancestrales, han acontecido todo tipo de hechos milagrosos, cargados de mitología y leyenda.
El santuario de Covadonga, orgullo y emblema de nuestra tierra, es, como bien sabemos los asturianos, uno de esos puntos elegidos.Lo que desconocía hasta el pasado fin de semana es el bucolismo, la magia y el poder inspirador de las ancestrales sendas que conducen a la santa cueva.
Saliendo desde el monte de Deva en Gijón iniciamos el pasado viernes el camino a pie a Covadonga.Los primeros kilómetros discurrieron por los alrededores de Gijón, los caminos estaban cuidados y la belleza del entorno resultaba innegable, pero en el ambiente aún se palpaba la cercanía de la gran ciudad.
Una parada en el merendero casa Pepito nos dio la energía necesaria para enfrentarnos a las empinadas rampas con las que nos encontramos justo después de dejar atrás el pueblo de Peón. Fue esta la principal dificultad de la jornada pues el descenso se hizo muy cómodo y antes de que nos diésemos cuenta ya estábamos tomando otro culín en Grases. Allí nos quedamos un buen rato saboreando la espectacular sidra “El Traviesu” que rompía en el vaso formando burbujas como si se tratase de champán. Habíamos salido a la 1,30 de la tarde y a pesar de las paradas no habían dado aún las 8. Era la primera etapa y nos lo queríamos tomar con calma, habíamos recorrido unos 19 kms y apenas quedaba uno para nuestro destino final, Amandi.
Los dueños de la casa rural El Puente de Amandi, donde nos alojamos, resultaron ser extraordinariamente amables y agasajadores. La casa, limpia y cuidada, también era agradable y acogedora. Casualmente nuestro anfitrión, un señor de cierta edad, era un asiduo de la ruta a Covadonga y conocía todos los secretos del camino. De su cajón sacó unos antiquísimos mapas que amarilleaban por los bordes pero de un detalle y precisión increíbles. De nuevo con una botella de sidra que corrió de su cuenta repasamos cruces de caminos y posibles lugares donde avituallarnos.
Tras una breve y refrescante ducha nos acercamos al restaurante La Regatina, que estaba a pocos metros, donde entre otras cosas sirvieron la tortilla más grande que he visto en toda mi vida. No la pudimos acabar y la mitad que sobró nos la envolvieron. Serviría de provisiones para el día siguiente. Tras un paseo por las inmediaciones de la iglesia para bajar la cena volvimos a la casa rural donde dormimos como niños.Si buena fue la tortilla, mejor fue el bizcocho que la señora del alojamiento rural nos tenía preparado para el desayuno.
Nos costó abandonar un lugar tan agradable pero ya eran casi las 10 y ese día nos quedaban 36 kilómetros por delante.No mucho después y tras dejar atrás el pueblo de Lugás y una mansión amurallada pudimos disfrutar de uno de los parajes más maravillosos del camino. El río a un lado, la arboleda cubriéndonos y el verdor por todas partes. La escasa luz que se filtraba entre los árboles hacía que el paisaje se difuminase y nada pareciese real. Estábamos deambulando por un lugar de cuento habitado por xanas, duendes y seres mitológicos.
Tras el mágico paseo unas empinadas y exigentes rampas nos devolvieron a la realidad y tras una larga caminata, en la que dejamos atrás Breceña, llegamos a Sietes.
El pueblo, ahora en total decadencia, es un auténtico homenaje a la hace 2 o 3 siglos, pujante Asturias rural, en la que los hórreos y las casas de piedra, granero y cobijo en los inviernos, son su auténtico símbolo. Muestra de la pasada importancia de la aldea es el edificio del casino, hoy, por supuesto, abandonado.
Después de un alto en el pueblo, con una breve parada en el Boleru de Anayo y otra en Borines para refrescarnos con las famosas aguas de sus manantiales, continuamos el largo camino hacia Millares. Allí pretendíamos homenajearnos con una buena comida pero estaban en fiestas y el único bar cerrado. Afortunadamente nos quedaba tortilla del día anterior y algo de pan que habíamos comprado en Sietes. Hacía falta llenar el estómago pues nos quedaban aún más de 10 kilómetros hasta Llames de Parres en cuyo albergue teníamos previsto dormir.
A nuestro paso ganado pastando, naturaleza salvaje, abruptos valles y la impresionante sierra del Sueve, donde Pelayo busco refugio, como telón de fondo. El trazado era rompepiernas pero tanta belleza nos ayudaba a seguir adelante pese al cansancio. Se hicieron especialmente duros los 3 últimos kilómetros.Ya casi al pie del albergue un ruido ensordecedor, una gran polvareda y 30 jinetes que nos rebasaban al trote. Me sentía un aventurero de otro tiempo.
El albergue, de estilo rústico, era bonito pero entre los ronquidos y la ebriedad de los jinetes, el ajetreo de los peregrinos y la fiesta que estaban celebrando a un kilómetro resultó imposible dormir. Al menos la cena fue magnífica. Casualmente ya era la segunda fiesta que nos encontrábamos ese día y que interfería en nuestros planes. A punto estuvimos de acercarnos hasta la romería pero realmente estábamos demasiado cansados. Desde el albergue escuchamos igualmente los grandes éxitos de José Vélez y Rafaella Carra entre otros, versioneadas con mucho entusiasmo por las orquestas Hawai Music y Hollywood Night.
Cansados emprendimos la marcha el último día con la ilusión de que estábamos a menos de 25 kilómetros de nuestro objetivo.Lo que parecía fácil se convirtió luego en titánico. El calor extenuante, el mucho cansancio acumulado, una vieja lesión de tobillo que se reproducía y el exceso de asfalto en la parte final pusieron mi capacidad de sufrimiento al límite.
A mediodía hicimos una larga parada en Villanueva, pasada la una reemprendimos la marcha pero parecíamos no avanzar, a las tres de la tarde todavía estábamos a la altura de Soto de Cangas y faltaban los 8 kilómetros más duros.
Afortunadamente cuando ya casi desfallecía empecé a atisbar la basílica y a las 5 hacía entrada en el santuario. Se preparaban para iniciar el rezo del rosario en la Santa Cueva y un coro cantaba gregoriano.
No soy una persona muy religiosa pero realmente sentí algo místico en ese instante, un profundo sentimiento de comunión con el entorno y la naturaleza, veía que formaba parte de ella. Me encontraba relajado y francamente bien y todo el cansancio parecía haber desaparecido súbitamente.Aproveché para dar junto con mis amigos un agradable paseo por el santuario, sacamos algunas fotos y ya en el último suspiro, atrapamos el último autobús de vuelta a Gijón. Repetiré.