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domingo, 8 de septiembre de 2019

BANDERAS

Paseando por el mercado de Budapest me asaltó un tipo de Transilvania. Su tienda era todo un homenaje al independentismo más rancio. El hombre no contaba con que la bandera asturiana que yo portaba es la más grande y a la vez la más pura de todas las europeas. Se lleva muy dentro del corazón y no compite con ninguna otra porque es la madre de todas las demás. Asturias -Covadonga, El Prerrománico, La Cruz de la Victoria- es el origen, el refugio y el alma de los valores de Occidente y de España. Comenzaba allí una nueva Reconquista...

martes, 20 de marzo de 2018

FACE YOUR FEARS, LIVE YOUR DREAMS

Ciertos episodios esta tarde me han hecho recordar este viejo póster que lucía hace más de 3 lustros en el salón de mi casa de estudiante en Cardiff. "Enfrentate con tus miedos, vive tus sueños", decía... O lo que es lo mismo, amplia horizontes, lee, siente y, sobre todo, viaja y viaja; físicamente o con tu mente.
No existe mayor placer que el de conocer.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

EO, EO, EO, VAYA SAN MATEO

Tenía clase aquel Patrol. Recio, robusto, con su culo rematado por una enorme rueda, cubierta por una lona. El mismo que nos transportó en la primera excursión a los Picos de Europa repleto de mochilas, latas de fabada y vajillas de arcopal, o el que nos conducía esa tarde por angostas caleyas más allá de los confines de Gijón en busca del último merendero por descubrir o de la sidra más auténtica.

Se acababa el verano del 97 y yo celebraba la conclusión de mis exámenes en la facultad de derecho. Gonzalo, aunque no lo sabía entonces, exprimía al máximo sus últimos meses de soltería. Se notaba la proximidad del otoño y la noche se nos echó encima casi sin darnos cuenta, demasiado pronto para nuestra sed de destilados y aventuras.
De vuelta al centro de Gijón nos encontramos los bares casi vacíos. En parte era previsible, el verano agonizaba y las altivas madrileñas con sus sugerentes modelitos se habían ido pero dónde estaban las bellezas autóctonas, todos esos rostros familiares que cada fin de semana decoraban las barras de nuestros locales favoritos. De repente caímos en la cuenta de que era la víspera de San Mateo. Oviedo estaba en fiestas y todo el mundo estaría allí. Tan solo 30 kilómetros nos separaban de la diversión y ese era nuestro destino.
A pesar de su juventud, Gontxo, acostumbrado a hacer el Gijón – Bilbao cada fin de semana, ya era en aquella época un conductor avezado. Al llegar al centro de Oviedo tuvo que hacer uso de toda su pericia al volante para introducir su portentoso vehículo en el claustrofóbico parking de La Escandalera, inagurado en los años 70 y concebido más para utilitarios que para todo terrenos.
Nada más salir palpamos de inmediato la inconfundible atmósfera de una ciudad en fiestas. La gente iba en oleadas y nosotros tratábamos de seguirles sin demasiado criterio. Entre sidras y tapas pasamos de la noche a la madrugada, de la risa a la carcajada y de la diversión al desenfreno. Me vienen a la mente imágenes inconexas. Primero nuestros simiescos bailes sin camisa en el Pub El Mono Desnudo, no se todavía si tratando de homenajear el nombre del local o de echar por tierra todas las teorías evolucionistas que el antropólogo Desmod Morris propone en el libro del mismo nombre. Más tarde me veo en lo alto de una empinada escalera gritando puta Oviedo. Un montón de gente se aproxima a nosotros con actitud amenazadora, nos escurrimos entre la multitud y echamos a correr.
Afortunadamente hace 10 años, tal vez para compensar nuestra falta de madurez, yo tenía las piernas más ligeras y Gontxo algunos kilos de menos. Conseguimos dejar atrás a nuestros perseguidores y nos paramos sofocados en una plazoleta. Allí, relajado, comencé a orinar contra una estatua. Solo cuando había iniciado el acto me di cuenta que se trataba de una escultura de Ana Ozores, la regenta. Siempre he tenido un gran respeto por la aristocracia pero ahora no era el momento de parar. Esta buguesa soñadora era en realidad una mujer anodina, cobarde, convencional y frustrada, tanto como caer en los afectados brazos de la patética caricatura del galán, Alvaro Mesía.
Aún estaba inmerso en estas reflexiones literarias cuando Gonzalo me arrastró a otro local. No recuerdo su nombre ni nada de lo que le dije, pero si parte de lo que pasó. Tres Happy Dent de menta pueden ser de gran ayuda para un borracho. Cuando ella se fue me costó encontrar a Gontxo en la oscuridad del local. Pronto me di cuenta que a él tampoco le habían ido tan mal las cosas en mi ausencia. Aún visitamos algunos otros sitios de marcha antes de poner punto y final a la noche. En ellos la misma oscuridad, la misma masificación, el mismo calor, el mismo griterío, la misma estupidez y las mismas copas de siempre.
Cerca del parking, y en plena calle, nos encontramos con algunos chiringuitos en los que aún era posible pedir comida. No teníamos hambre y empezaba a lloviznar levemente, pero estábamos convencidos de que el pepito sería el antídoto ideal para contrarrestar tantas copas. El hombre que nos lo sirvió era viejo, cadavérico y sin dientes. Nos daba conversación y continuamente se carcajeaba con nuestras ocurrencias. También se rió cuando le dijimos que cogeríamos el coche de vuelta a Gijón. Ya sentado en el coche aún pensaba en sus negras encías y sus enigmáticas ojeras.
Pese a que ambos conocíamos bien Oviedo nos costó orientarnos. Habían cortado varias calles y no encontrábamos la salida correcta. Tras algunas intentonas fallidas, al fin, embocamos la autopista. El contratiempo había puesto nervioso a Gonzalo que subía el volumen de la música y descargaba su furia contra el pedal del coche. No habíamos salido del carril de aceleración y ya circulábamos al doble de la velocidad permitida. De repente vislumbramos un corsa blanco. Iba mucho más despacio que nosotros y Gontxo frenó en seco. En ese momento las ruedas patinaron y perdió el control sobre el coche. ¡Gontxo que nos la pegamos !!!!- Grité.
Durante unos segundos interminables fuimos de un lado a otro de la calzada mientras Gonzalo trataba de enderezar el volante. Me di cuenta de que todo era inútil. Nos íbamos a pegar una hostia de puta madre. No tenía argumentos sólidos para invocar compasión divina, el viejo sin dientes, la última persona que había visto, me recordaba a Caronte, la autopista encharcada la laguna Estigia, traté de relajar los músculos y confiar en la solidez del vehículo.
Entonces impactamos con una de las enormes farolas que iluminaban la vía. La arrancamos de cuajo y quedó cruzada en medio de la carretera. El vehículo salió rebotado hacia más allá del arcén y, todavía sin control, saltaba entre los pedruscos y la maleza, aunque felizmente cada vez más despacio.Fue un arbusto justo al borde de un terraplén lo que nos frenó definitivamente.Gonzalo estaba enrabietado y trataba de arrancar el coche desde la cuneta para continuar viaje. En vano traté de disuadirle, de explicarle que el Patrol estaba destrozado, que habíamos circulado muchos metros sobre tres ruedas. Solo cuando vio salir humo del motor pareció reaccionar. ¡Va a explotar! ¡Dios mío!- Gritó mientras saltaba del vehículo.
En realidad era improbable que estallase pero no tenía objeto permanecer en el automóvil. Mientras me bajaba comprobé con alivio que todos mis miembros respondían perfectamente. Los dos estábamos ilesos y podríamos volver a visitar Toledo por nuestro propio pie.Ya amanecía. En el exterior chispeaba y aunque el coche estaba destrozado el C.D. seguía funcionando. La canción Morir de Amor de Camilo Sexto sonaba a todo volumen. Curiosa banda sonora para un momento tan surrealista.
El golpe nos había quitado toda la tontería de repente pero me preocupaba pensar que Gonzalo no pasaría un eventual test de alcoholemia. Me mojé la cara con algo de agua estancada en la cuneta. Animé a Gonzalo a hacer lo mismo e incluso a enjuagarse la boca con ella. Se negó. ¡ No beberé agua del charco!- Decía. En esas estábamos cuando apareció la guardia civil. ¡Que desgracia! ¡Pudimos habernos matado!- Me lamenté de forma melodramática.
Los agentes eran dos tipos veteranos y no se si nuestros desvalimiento o aquella sobreactuación les conmovió de alguna manera pero el caso es que, tras revisar los papeles del coche, de una forma paternalista nos tranquilizaron y llamaron a un taxi sin hacer ni siquiera el preceptivo test de alcoholemia al conductor. Mientras nos alejamos contemplamos por última vez el Patrol. El brutal golpe había transformado el robusto y elegante todo terreno en un caótico conjunto de hierros en forma de acordeón.
Gontxo me contó que aún permaneció un par de días al borde del terraplén antes de que una grúa se lo llevase para siempre. Gracias viejo amigo. Te recordaremos siempre. Nos has salvado la vida.

miércoles, 30 de agosto de 2017

HÍPICO

Pocas costumbres tan arraigadas entre los auténticos gijoneses como el hípico. Impecable pasarela de todo lo mejor de este Gijón del alma. Y además de caballos y apuestas, el placer de estar arropado por los amigos más incondicionales. La experiencia de los más asiduos y cierta dosis de fortuna confabularon para que obtuviésemos el premio en la gemela de la séptima serie pero el mejor premio es compartir jornadas como esta.

jueves, 23 de febrero de 2017

EL BAUL DE LA SABIDURÍA

Acabando la adolescencia tuve la suerte de recibir el legado de un sabio.
Don Francisco Vizoso un catedrático de latín que había fijado su residencia en el hotel durante años se jubilaba y volvía para su casa en Galicia. Por problemas de espacio en su nuevo domicilio dejaba 3 pesadas baules que decidió no trasladar; en ellas encontré toda una ventana al mundo y a la vida.
Las maletas estaban llenas de libros, y no cualquier clase de libros, eran las lecturas seleccionadas de un humanista. Entre ellos "La agresión el pretendido mal" de Konrad Lorenz, el primero que leí, subrayado y comentado por el maestro Vizoso. De la etnología pasé a la antropología (Desmond Morris) y todo ello despertó mi interés por pueblos y culturas diferentes y por los viajes fantásticos en los confines de la civilización (Heirrich).

Según fui descargando la maleta de libros quise llenarla de experiencias y vivencias; recorrer todos aquellos paisajes que había recreado en mi mente con la ambición de tratar de conocer la esencia de la naturaleza humana más allá de los diferentes colores y costumbres.
El reto es un devenir sin fin que jamás podré concluir, un desasosiego, una maldición.
Las maletas, ahora vacías de libros, parecen inconsistentes. Añoro aquella época donde todo lo imaginable era posible y aquel primer viaje que emprendí sin moverme de mi habitación...

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PD: Si he de ser sincero comencé a escribir con el afán de acercaros al mundo de la etnología y la antropología pero reflexionando sobre el texto que acabo de publicar, no se si sugeriros precisamente lo contrario.

lunes, 7 de noviembre de 2016

LA TRIPULACIÓN

«Se buscan hombres para viaje peligroso. Sueldo escaso. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. No se asegura el regreso. Honor y reconocimiento en caso de éxito». Y ante la dificultad los tripulantes siempre aparecen... son conocidos como el Nucleo Duro.

jueves, 27 de octubre de 2016

LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ

Con dolor veo como el viento se lleva a una generación entera, un modo de vida, tradiciones pegadas a la tierra y gratos recuerdos de mi infancia en interminables veranos en la aldea.
Aquellos paraísos perdidos donde jugaba libre y despreocupadamente y que se esconden en los lejanos meandros de mi memoria envueltos de misterio y de magia desaparecen irremediablemente.
Ya no podré buscar refugio ni amparo en ellos cuando las cosas se compliquen, este mundo desaparece al igual que las gentes que evocaban aquellos momentos.
Y ante la pérdida de la última de su estirpe, esa que pensaba que iba a sobrevivir siempre, un profundo sentimiento de desorientación, orfandad y desarraigo me invade.
Lo que El Viento se Llevó era una de las películas favoritas de mi abuela, con la que tanto me gustaba hablar del cine de la época dorada, otra cosa que ya no podré hacer a partir de ahora.
Tanto Escarlata como ella eran dos mujeres avanzadas, valientes, supervivientes e independientes. No se me ocurre mejor homenaje que esta clásica secuencia para recordarla con el cariño intacto de aquel niño que fui y que aún no he dejado de ser del todo.


martes, 18 de octubre de 2016

LIDERAZGO

Emplear un poco de tiempo en reflexionar sobre el rumbo personal o profesional siempre es un ejercicio saludable, mejor si es de la mano de Miguel Morán, uno de los personajes más divertidos e interesantes de Gijón. Colaborador con prestigiosas universidades americanas y grandes multinacionales pero siempre muy arraigado a su tierra... este año ha elegido a 20 aprendices para que desde la humildad construyan la mejor visión de si mismos. Toda una suerte y un reto poder formar parte de este grupo de elegidos durante los proximos 6 meses.



viernes, 10 de octubre de 2014

MIS NUEVAS HISTORIAS DE VIEJOS CAFÉS



Ayer volví al Dindurra y entre sus columnas y baldosas centenarias experimenté de nuevo el placer indescriptible de degustar una consumición en el marco incomparable de un café de época. Templos del refinamiento y la elegancia, auténticos oasis de calma y sosiego donde todo fluye a un ritmo distinto. Son los legatarios y guardianes de antiguas liturgias y tradiciones, mientras todo el resto se destruye a ritmo vertiginoso por la apisonadora de la globalización que despersonaliza locales y lobotomiza cerebros.


Estos viejos cafés son los heroicos supervivientes de la picota de los Starbucks y otras siniestras franquicias de similar pelaje, todos clones de si mismos, donde nada es genuino ni espontáneo y todo demasiado artificial y previsible. En los Starbucks no existen oscuros rincones que cuenten historias extraordinarias ni empleados que formen parte de la leyenda del local y sus camareros robóticos, a fuerza de ser uno mismo, ya no conocen ni su propio nombre.

Y, fue ayer, en el Dindurra, donde me vi poseído por una suerte de hechizo, que sorbo a sorbo, me hizo perder la noción del tiempo y el espacio, traslandándome a distintos lugares y épocas más allá de los surcos y meandros de mi frágil memoria.


Sucedió así, sin más, el camarero posó la taza de humeante café y el primer trago me supo a la romántica Lisboa.  A mi lado estaba Pessoa, sentado a la terraza de A Brasileira, los dos tomábamos el sol y distraidamente contábamos azulejos o veíamos a los tranvías pasar.  Yo era feliz, si miraba a la izquierda sentía la alegría desbordante del enamoramiento, si miraba a la derecha mi otro heterónimo sentía el placer de la vieja camaradería y la sólida amistad, finalmente miraba al frente y veía a una niña que representaba la paz y la calidez de la familia. Igual que mis tres viajes a Lisboa en tres épocas tan distintas de mi vida y con acompañantes y sentimientos tan diferentes.
De vuelta a la realidad revolví de nuevo la taza del negro café y sentí aromas del Cairo, un nubio de tez oscura fumaba una pipa de agua en la mesa de en frente. Mas allá, en su rincón favorito del  El-Fishawi, Naguib Mahfuz trataba de concentrarse en la escritura, inmune al ajetreo y al gran bullicio del cercano mercado de Khan Al-Khalili . Yo dejaba pasar el tiempo, era joven, estaba sólo, mi ingenuidad era mucha y mi curiosidad y ganas de aventura estaban intactas.



Una gota cayó sobre la mesa y me sacó de mi abstracción, observé como se deslizaba por el mármol igual que los canales que que surcan otros mármoles en la plaza de San Marcos de Venecia. La desconchada arcada del Florian me protegía del sol y desde allí contemple el mismo espectáculo que hizo suspirar a Casanova. ¡¡Que feliz y despreocupada era mi alma entonces!! Hasta me parecía armoniosa la música hortera del piano y las hordas de turistas japoneses no me resultaban especialmente molestas.



Nuevamente presté atención al café, y otra vez volví, por un instante al presente, le agregué un poco de azúcar y adquirió un sabor dulce, igual que el que me solía tomar con pastelitos de almendra en la terraza del Argana en Marrackech, mirador y vigía de la plaza Jamaa el Fna, un lugar lleno de color y vida, punto de encuentro de contadores de historias, vendedores de pintorescos productos y encantadores de serpientes. Anteriores viajes me habían hecho mas cauto pero no tanto como para resistirme a enrollarme una serpiente al cuello a sugerencia de uno de los hipnotizadores de animales.



Pero el dulzor de mi boca desapareció, levanté la vista del periódico y me vi rodeado de estudiantes, al fondo había un busto de Heminway y a través de las cristaleras veía la plaza del Castillo. Estaba en el Iruña, muy cerca del hotel La Perla, donde solía alojarme cuando iba a visitar a mi hermana a Pamplona, entusiasta estudiante de periodismo en la ciudad en aquella época; cuantas cosas han cambiado desde entonces...
Volví a concentrarme en la lectura del periódico. En el diario había un artículo que homenajeaba al difunto Paco Umbral. De repente el escritor cobró vida y se dirigió a mí con un vaso de whisky en la mano. Estábamos al abrigo del lugar más intelectual de Madrid, el café Gijón, confidente de conspiraciones políticas y tertulias literarias.  Umbral me aseguraba, con su refinada grosería, que su secreto infalible para seducir a las ninfas era que sus lefas estaban siempre bien perfumadas. Imposturas de viejo loco, pensé, aunque tal vez estuviese más cuerdo que lo que yo podía prever en aquel momento.

Según cerré el periódico la estampa del escritor se diluyó, y de nuevo en el Dindurra, apuré el último sorbo de café y me pedí un chupito, tenía un gusto familiar, sabía a nostalgia y a tango. En el Tortoni de Buenos Aires hay un busto adosado a la pared que homenajea a Gardel y una mesa que sigue presidiendo el espectro de Borges, el inquietante poeta ciego,  creador de paradojas e incertidumbres, igual que los recuerdos que tengo asociados con ese lugar, primero calor y euforia y súbitamente sólo abandono y melancolía.


Un escalofrío recorrió mi cuerpo y me trajo de nuevo al mundo real, tomé otro trago e inmediatamente me tranquilicé y del tango pasó a sonar el vals. El mismo que escuchaba aquella fría tarde invernal en el café Prückel de Viena,  un lugar limpio y claro, de techo alto y grandes ventanales donde todo el mundo leía, tomaba dulces y permanecía un largo tiempo. En el cercano mercadillo vendían vino caliente y las luces de Navidad de la plaza eran por si mismas todo un gran espectáculo. Apetecía quedarse allí y languidecer todo el largo día, se estaba a resguardo y desde el lugar se podía ver confortablemente el mundo pasar, incluso si el día era gélido y lluvioso.

Estaba completamente traspuesto cuando el camarero del Dindurra se acercó y me entregó la cuenta, no obstante pronto reaccioné. Me levanté y salí por la puerta giratoria hacia el paseo de Begoña. En la calle los niños seguían jugando como siempre, igual que yo lo había hecho allí 30 años atrás, porque aunque muchas cosas sucedan dentro las paredes de los viejos cafés, estos siguen inmunes al paso del tiempo. Las paredes de piedra son mas resistentes que nuestra piel quebradiza,  los clientes. Los atuendos cambian pero los muros resisten y al final todo sigue igual.

sábado, 29 de marzo de 2014

DOLOROSO EPÍLOGO

Desde que todo acabó me siento muy perdido. No sé que busco porque me he quedado sin referencias. He probado diferentes distracciones, viajar,  redecorar mi casa, invertir… pero nada material me consuela, ni me alivia. Tampoco los besos que me animas a que robe a la noche me van a saber a nada, lo sé, y por el momento ni me lo planteo, no me siento con ánimos.

Antes de que tu buscases otros mares, tu llenabas todo mi horizonte futuro. Un Bali que ya nunca conoceremos juntos o rincones de París que jamás te podré mostrar. Caricias en el salón que no nos daremos. Confidencias y susurros al oído que no escucharé. Tu mirada ya no se juntará con la mía, ni tu risa contagiosa alegrará mi semblante. Fernandito, así lo pensábamos llamar, ya no existirá o tendrá unos nuevos papás y durante mucho tiempo en las reuniones familiares habrá una silla vacía y un hueco que no podré llenar.

Me quedo, no obstante, con toda la pasión y todos los besos y abrazos que hemos compartido, los muchos y buenos momentos que hemos vivido juntos y que se han metido sin remedio por todos los rincones de mi cuerpo y los surcos de mi corazón y que por más que me esfuerce nunca conseguiré sacar del todo. Escucharé fado y lloraré abrazado a mis recuerdos y esa angustia será mi compañera y mi consuelo durante mucho tiempo.

No se si esto es amar según tu lenguaje, siempre me reprochabas que no te lo decía con suficiente frecuencia, aunque creía demostrártelo, pero es absolutamente lo que siento y lo que he sentido siempre por ti.

Te echaré muchísimo de menos y otros muy próximos a mi se que también lo harán, aunque nunca lo demostrarán más que con un gesto, una sutil mirada o un esbozo de sonrisa, que, como nuestras fotografías, se quedará congelada en el tiempo…

sábado, 25 de septiembre de 2010

HISTORIA DE UN ADIOS

Aquello parecía el cierre de una etapa. Hacía un gélido frío en Ámsterdam cuando lleno de dudas volé desde Schipol al aeropuerto del Norte, previa escala en Madrid.
La sala de espera de los Rodeos, menos concurrido que el aeropuerto del Sur, el cual solía utilizar cuando venía directamente de mi tierra, ofrecía mejores vistas y más sosiego. Esta vez ni siquiera me impacienté por la espera.
Algo había cambiado en el paisaje y la ilusión se terminaba igual que el frescor de un otoño que languidecía marchitaba los brotes que la primavera había traído perfumados y frescos.
Llegó como siempre agradable y cariñosa pero se había acabado la frescura de antaño, el destello de sus ojos se había apagado, su sonrisa, de la que ahora se sentía tan orgullosa parecía más artificial que nunca, su energía se había evaporado, por el cansancio del trabajo según me dijo.
Tan solo unos meses juntos y ya sentía el hastío y el desgaste de toda una eternidad.
Elegimos un magnífico y apartado restaurante francés para cenar, El Refugio de María, en el frondoso valle de la Orotava. Fue una desapasionada velada en una casa rústica con un trato exquisito. Ya ni recuerdo que cenamos pero de lo que estoy seguro es de que pedimos vino del país en vez de una especialidad francesa, siempre lo hacíamos así.
La conversación fue fluida pero carente de pasión, oíamos palabras sin escuchar sentimientos, ya no nos susurrábamos nada al oído, nos mirábamos y ya no nos veíamos, le acariciaba la mano y ya no sentía su ternura, olía su perfume y ya no quedaba impregnado de su hechizo. En ese momento supe que estaba todo perdido. Nada podía reprocharle, simplemente éramos dos burbujas que se separaban como pompas de jabón volando cada una en busca de su destino, sin dañarse pese a al fragilidad de sus estructuras.
Disciplinadamente traté de cumplir el protocolo marcado para el fin de semana.
El viernes por la mañana ella trabajaba y me acerqué en autobús a La Laguna, que aún no había tenido la oportunidad de conocer de día. Su zona histórica me pareció francamente interesante, edificios de piedra y miradores, antiguas iglesias y una torre a la que subí por una estrecha escalera.
A la bajada paré a tomar un café en una terraza cercana al mercado viejo, estaba fresco y tuve que refugiarme en el interior del local, no era un lugar acogedor, lúgubre y oscuro, no obstante hice algo de tiempo leyendo los periódicos locales. Mientras los ojeaba me di cuenta de que sabía más de lo que yo mismo me imaginaba sobre la vida política y social de la isla. Incluso empezaban a interesarme sus pequeñas reivindicaciones y batallas. Demasiado tarde, sin duda.
Por fin ella llegó, fuimos a comer a La Casa Encantada, un sitio estupendo, volvimos a pedir un buen vino de la tierra y una sama con unas papitas arrugadas. Siempre me había gustado salir a comer con ella. Era una liturgia con la que ambos llegábamos a sentir gran complicidad. Aunque de una forma distinta, menos profunda, llegué a disfrutar de nuevo de su conversación y su compañía, tal vez sólo porque intuía que esta sería la última vez.
Paseamos por la zona antigua y vimos que en un entoldado estaban presentando vinos de la zona, entramos y allí se encontró con unas amigas, chicas muy simpáticas que yo ya conocía bien. Uno de los productores nos invitó a visitar su bodega, a ella le encantó, le gustaba ese mundo por tradición familiar. Quedamos en ir todos juntos al día siguiente.
No madrugamos. Era sábado y la visita estaba prevista para el mediodía. Desayunamos con calma y cogimos el coche, paramos para recoger a las dos amigas que nos acompañarían y pusimos rumbo a la bodega.
Sin estar distantes parecíamos distanciados, ni en la mesa nos sentamos juntos. Yo me fijé más en los antiguos toneles y en la plantación de alrededor del edificio dónde me las arreglé para sacarme fotografías. Ella se quedó más tiempo con sus amigas en la terraza.
De allí fuimos todos juntos a un guachinche y después a una remota playa en un acantilado. Me esforzaba por hablar y sonreír pero a diferencia de otras ocasiones y de la inmejorable predisposición de nuestras acompañantes llegué a encontrarme extraño y aislado, ajeno a todo. Me sentí muy aliviado cuando pensó que sería mejor no salir de marcha esa noche. Estaba agotado psicológicamente.
Al día siguiente fuimos a una tranquila playa del sur, frente a unas casitas blancas y un tenderete donde vendían cerveza. Fue la última vez que hicimos algo juntos y pese a que estaba algo fresco nos dimos un largo baño. Me dejaba llevar, el final era irremediable pero no sufría, simplemente veía que nuestro tiempo juntos se extinguía.
Ya en casa vimos un rato la televisión, antes de acostarnos hablamos, todavía conseguimos sonreír una última vez juntos, tal vez un reflejo del pasado.
Al día siguiente me acercó hasta el aeropuerto. Tras facturar la maleta le pregunté si no le parecía que vivíamos en dos mundos demasiado opuestos. No me respondió nada convincente. Al coger el avión supe que ya no volvería nunca más a la isla.
Pronto me enteré que ella también tenía la decisión tomada.