Con una extremada agudeza y una precisión de cirujano Ted Chiang en su libro Exhalación nos presenta en cada uno de sus minuciosos relatos cortos, a medio camino entre la reflexión filosófica (Borges) y la ciencia ficción (Asimov), propuestas sorprendentes y dilemas morales que quedarán prendidas largo tiempo en nuestro subconsciente y sin duda contribuirán a ampliar nuestra conciencia.
Trabajados y pulidos hasta el último detalle, cada uno de sus relatos es una meticulosa pieza de orfebrería literaria. Las palabras precisas surgen tras un elaborado proceso de destilación. Y con un minimalismo escénico y verbal surgen personajes y propuestas de extrema profundidad.
“El comerciante y la puerta del alquimista”, el primer relato del libro, trata de la imposibilidad de cambiar el pasado o el futuro aún si dispusiésemos, como los protagonistas, de un espejo que nos permitiera dar saltos temporales de 20 años. Nuestra historia ya está escrita pero siempre queda abierta la posibilidad de obtener información adicional que nos permita dar un cambio de interpretación a nuestra biografía que de este modo adquiriría un nuevo sentido.
“Exhalación”, es la segunda historia y la que da título al libro. Presenta un espacio cerrado con seres robóticos, pero que al igual que nosotros consumen aire. Estos seres pueden explorarse el cerebro y descubren que cada pensamiento aumenta el desorden a escala global y disminuye la presión atmosférica de esta civilización, lo que a largo plazo generaría inexorablemente el fin de esta civilización. El relato es una metáfora fatalista que nos advierte de limitación y finitud del tiempo.
“Lo que se espera de nosotros”. En apenas tres páginas el autor deja meridianamente claro que no se puede escapar del destino ni romper las reglas de juego. Una simple máquina siempre adelanta los efectos antes de las causas, las reacciones antes que las acciones. La luz siempre se enciende antes de pulsar el mecanismo. El libre albedrío no existe.
“El ciclo de la vida de los elementos del software” es el relato más largo y elaborado, con más de 100 páginas es una novela corta en sí mismo. Describe como un software con entrenamiento, cuidados y crianza humanos siguiendo las etapas temporales y las pautas de desarrollo de un niño acaba por humanizarse pese a no tener fisicidad. A partir de ahí empiezan a surgir dilemas morales y jurídicos ya que son criaturas de vida virtual y alma humana. Es un relato conmovedor y de amplio recorrido con entrañables personajes de gran profundidad psicológica.
“La niñera automática, patentada por Dacey” es una narración ambientada en un pretendida época victoriana. Plantea el trauma de criaturas criadas entre artefactos pero sin afectos, atendiendo a estrictos postulados conductistas. Condicionados por su estricta educación estos individuos sólo responden a los estímulos generados por los artilugios mecánicos o los brazos articulados. Una metáfora de la generación milennial, hiperconectados pero carentes de empatía social.
“La verdad del hecho, la verdad del sentimiento” explica como una transformación tecnológica cambia toda la forma de pensar de un pueblo. Sucedió con los Tiv africanos cuando los colonizadores europeos les impusieron la escritura y lo mismo sucedería si una máquina pudiese grabar todos los momentos de nuestra vida. Nos hace reflexionar como nuestra propia evolución va distorsionando nuestros recuerdos pasados para hacerlos coherentes con la idea que tenemos de nosotros mismos y de nuestra biografía y realidad actual. La fantasía y el olvido se antojan como dos elementos esenciales para nuestro desarrollo. Al leerlo no pude evitar pensar en Funes el memorioso, el personaje de Borges que era capaz de rememorar cada instante de su vida.
“El gran silencio” es un delicado y poético cuentecito que narra la historia de un papagayo triste porque los humanos realizan ímprobos esfuerzos por comunicarse con especies no humanas procedentes de otros planetas y olvida a los no humanos más próximos, los animales.
“Ónfalo” presenta una sociedad donde la ciencia trata de justificar la idea de Dios y la religión oficial. Los científicos consiguen crear un sistema creacionista coherente con su religión otorgando a Dios un papel esencial para explicar el mundo pero un nuevo descubrimiento pone en duda la física tradicional y el plan incontestablemente aceptado, así como la fe de algunos. Al final la cuestión que surge es sí es necesario Dios para explicar el mundo.
“La ansiedad es el vértigo de la libertad” subraya la dificultad de una valoración moral absoluta de nuestros actos en una propuesta de universos paralelos donde el individuo podría tener diferentes respuestas. La idea que desprende es que a las personas no hay que juzgarlas sólo por un hecho puntual sino por un conjunto coherente de conductas que van del pasado al presente.
Pese a ser un autor poco prolífico Ted Chiang se consolida como uno de los escritores más interesantes y estimulantes de la literatura actual, más allá del género de la ciencia ficción. Sumergirse en sus relatos es éxtasis para la mente, una explosión de júbilo, una expansión de los límites de nuestro entendimiento. Más que recomendable, imprescindible.
Si no queréis empezar por el libro la película “La Llegada”, dirigida por Denis Villeneuve en el año 2016, es una estimable adaptación al cine de un relato suyo, “La historia de tu vida”.
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jueves, 25 de febrero de 2021
domingo, 17 de mayo de 2020
LA POST HUMANIDAD
En el no tan lejano tiempo en el que me crie para evocar futuros quiméricos o alegóricos lo más común era leer una novela de ciencia ficción o tal vez alguna de aquellas películas apocalípticas que tanto se llevaban a principios de los ochenta del pasado siglo.
Ahora no hace falta recurrir a la ficción, tan solo una profunda lectura de las noticias o un atento paseo por la calle nos muestra el escenario, el guion y el attrezzo del futuro distópico que se cierne sobre nosotros. Entre tanto los sufridos figurantes somos adiestrados en este peripatético baile del que marcamos torpemente nuestros primeros pasos. El ballet aún no ha comenzado pero ya todo está preparado para la gran función.
Lo que me parecía impensable a finales de los 90 cuando leía la novela de Nancy Kress, Mendigos y Opulentos en parte está sucediendo ya. La obra describe una sociedad dividida en tres clases sociales, los "super-insomnes" unos seres mejorados genéticamente desde generaciones, con altísimas capacidades de aprendizaje, incomprendidos y quasi divinos que tienen el control de la sociedad. Estos se apoyan en los "auxiliares", sólo parcialmente mejorados, que realizan las labores técnicas, administrativas y de mantenimiento de la maquinaria que se encarga de toda la producción de bienes materiales y de consumo. Tal es así que la mano de obra humana deja de ser necesaria. Por tanto la tercera clase social de ese mundo, los "vividores", pasan a ser totalmente prescindible de modo que en algunos regímenes de estilo totalitario aplicando principios eugenésicos optan por restringir su número o por el cruel genocidio total. En los países de estilo más social y filantrópico los vividores son entretenidos con televisión, absurdas carreras de motos y holo conciertos que hacen caer a gran parte del público en un trance hipnótico. A los "vividores" no se les estimula para que consigan ninguna meta. Estos desdichados seres, holgazanes e improductivos, aspirantes a jubilados desde su nacimiento viven solo para respirar. Aunque tengan todo el conocimiento a su alcance, sin estímulos, son generalmente analfabetos y asumen su papel dócilmente, sin pretensiones ni mayores ambiciones. Eso les lleva a un estado de total dependencia de estilo comunista. En pos de su bienestar el estado debe a controlarlo todo, ya nadie pasa hambre pero ningún "vividor" maneja ya moneda, su comercio se basa en el trueque y el estado proporciona las fichas administrativas para las máquinas de entretenimiento. Al no disponer de dinero propio tampoco tienen la posibilidad de ser mejorados genéticamente como los "auxiliares". Su vida, sin estímulos intelectuales ni retos por alcanzar, es desgraciada, miserable y mezquina. Están alimentados, tienen vivienda y tiempo de ocio ilimitado pero se han convertido en una subespecie sin capacidad de mejora ni sacrificio, un doméstico y desvirtuado esperpento de lo que antes fue un ser humano que ahora sólo puede producir grima y compasión. Su única función es otorgar sus votos y reforzar la influencia de los "auxiliares", los cuales son muy conscientes de que mientras los "vividores" sigan ignorantes y dependientes continuarán dóciles.
Me temo que la época post humanista en la que ya hemos puesto pie también tiene muchos paralelismos con el anterior relato pero también con lo que H.G Wells profetizaba para el futuro en su novela La máquina del Tiempo. Un mundo polarizado, de "elois", elfos bien formados habitantes de un paisaje idílico, y "morkocks", seres violentos deformes y fotofóbicos, moradores de un tenebroso subsuelo que entregan sin resistencia ni atisbos de remordimiento a sus propios compañeros como alimento para alimento de los aristocráticos "elois".
Mejor aún, un lugar donde los “eternos” ocultos en una burbuja a la que llaman Vortex ubicada en un remoto valle ponen a volar ídolos de barro lanzando mensajes carentes de sutileza para que los “brutos” se muevan a su antojo, tal y como sucedía en la película Zardoz dirijida por John Boorman y protagonizada por Sean Conery. Sin embargo en esta sociedad los "eternos", condenados a una insufrible inmortalidad, guardianes de los datos de todo el conocimiento de la humanidad y sometidos a una Inteligencia artificial que toma las decisiones por ellos, son las verdaderas víctimas. Crecen aburridos en una sociedad viciada éticamente donde se medita pero ya no se sueña y donde muchos han caído en una permanente apatía.
No sé si el mundo llegará en las próximas décadas a los límites de los sombríos horizontes descritos en estas obras pero lo cierto es que hemos llegado a un punto de inflexión y todo lo que hemos conocido hasta este momento se descompone vertiginosamente. El verdadero drama no lo supone, la, muchas veces forzada, lucha de clases (todos sufren y son perdedores en este juego) sino el desarraigo que supone para todos despojarnos de aquello que nos humaniza, el desasosiego de tener que reinventarnos y la pérdida de identidad. Todos somos individuos corrientes, pero a la vez no tenemos nada de corrientes, nuestro legado genético es único y debemos luchar por aferrarnos al papel que nos corresponde. El de actor y observador subjetivo que da sentido a la escena y que con su simple mirada consciente puede cambiar el devenir de las cosas, así como los electrones pueden comportarse como ondas o como partículas según sean observados o no.
Hace un par de años visité Dubai, una metrópolis hecha en pleno desierto en apenas dos décadas. Una mega ciudad con el edificio más alto del mundo, pasarelas con aire acondicionado entre una tupida red de rascacielos, áreas recreativas con canales que pretenden sin éxito imitar a los de Venecia, grandes acuarios, una pseudo-estación de esquí con nieve artificial dentro de un gran centro comercial o un paseo marítimo que se despliega en forma de gran palmera. Sin embargo el antiguo zoco, embrión de la ciudad, hoy no es más que un menguado museo. Todos los dependientes, taxistas, jardineros, recepcionistas y obreros son mercenarios, forasteros en un entorno de cartón piedra carente de poso y profundos cimientos. Simplemente un paraíso del consumismo más inmediato. Nada que ver con mis lejanos recuerdos de Tanger o Estambul, ciudades con palpitantes zocos y bazares, grandes palacios en contraste con otros edificios que se descomponen. Antiguas iglesias que han pasado a ser mezquitas testimonio del paso de varias civilizaciones. Intrincadas callejuelas en las que perderse y en la que los buscavidas siempre pondrán tu paciencia e incluso tu integridad a prueba, pero lugares que palpitan por cada uno de los poros de sus antiguos muros plenos de vigorosa humanidad.
Lo cierto es que los seres humanos hemos cedido nuestro papel de protagónistas para convertirnos en pasivos consumidores de experiencias en entornos edulcorados y riesgo cero donde el algoritmo decide qué dirección debemos de seguir o que es lo que debe de hacernos felices. En los últimos años hemos perdido gran parte de nuestra capacidad para improvisar y, sobre todo, para experimentar.
Una carretera provista de determinados aparatos de medida podrá informar de los puntos en los que hay mayor circulación para un programa decida por nosotros que ruta debemos tomar para evitar atascos. Sin embargo una carretera nunca podrá tener la sensación de estar “atascada”.
Es por ello de que no se deber perder nunca la capacidad de probar, degustar, curiosear, tantear, ensayar, perdernos, cometer errores, sacar conclusiones de ellos y seguir luchando. La intuición y los mapas de papel deben dirigir nuestro rumbo, por encima de las geolocalizaciones.
Nuestro destino debe de estar muy por encima de convertirnos en esclavos de las redes de datos o criaturas incapaces de digerirlos tal y como le sucedía a Funes el Memorioso en el cuento de Borges. Una infinita memoria sólo puede ser útil vivir en un permanente presente o revivir cada minuto del pasado, por eso la humanidad es mucho más que fríos datos y estadísticas. La capacidad de conmovernos con los paisajes de la ruta, de disfrutar de una caricia en el camino, de llorar cuando le duele a los otros, de ser humilde lavandera en el azul Chefchaouen o apurado ejecutivo en el abarrotado Shibuya, de rebelarnos y de poner orden al caos es lo que nos hace humanos. La vida y la posibilidad de percibir toda la gama de sensaciones y sentimientos es un acto indelegable. Bregar y experimentar es una opción, la otra diluirnos en la irrelevancia.
Ahora no hace falta recurrir a la ficción, tan solo una profunda lectura de las noticias o un atento paseo por la calle nos muestra el escenario, el guion y el attrezzo del futuro distópico que se cierne sobre nosotros. Entre tanto los sufridos figurantes somos adiestrados en este peripatético baile del que marcamos torpemente nuestros primeros pasos. El ballet aún no ha comenzado pero ya todo está preparado para la gran función.
Lo que me parecía impensable a finales de los 90 cuando leía la novela de Nancy Kress, Mendigos y Opulentos en parte está sucediendo ya. La obra describe una sociedad dividida en tres clases sociales, los "super-insomnes" unos seres mejorados genéticamente desde generaciones, con altísimas capacidades de aprendizaje, incomprendidos y quasi divinos que tienen el control de la sociedad. Estos se apoyan en los "auxiliares", sólo parcialmente mejorados, que realizan las labores técnicas, administrativas y de mantenimiento de la maquinaria que se encarga de toda la producción de bienes materiales y de consumo. Tal es así que la mano de obra humana deja de ser necesaria. Por tanto la tercera clase social de ese mundo, los "vividores", pasan a ser totalmente prescindible de modo que en algunos regímenes de estilo totalitario aplicando principios eugenésicos optan por restringir su número o por el cruel genocidio total. En los países de estilo más social y filantrópico los vividores son entretenidos con televisión, absurdas carreras de motos y holo conciertos que hacen caer a gran parte del público en un trance hipnótico. A los "vividores" no se les estimula para que consigan ninguna meta. Estos desdichados seres, holgazanes e improductivos, aspirantes a jubilados desde su nacimiento viven solo para respirar. Aunque tengan todo el conocimiento a su alcance, sin estímulos, son generalmente analfabetos y asumen su papel dócilmente, sin pretensiones ni mayores ambiciones. Eso les lleva a un estado de total dependencia de estilo comunista. En pos de su bienestar el estado debe a controlarlo todo, ya nadie pasa hambre pero ningún "vividor" maneja ya moneda, su comercio se basa en el trueque y el estado proporciona las fichas administrativas para las máquinas de entretenimiento. Al no disponer de dinero propio tampoco tienen la posibilidad de ser mejorados genéticamente como los "auxiliares". Su vida, sin estímulos intelectuales ni retos por alcanzar, es desgraciada, miserable y mezquina. Están alimentados, tienen vivienda y tiempo de ocio ilimitado pero se han convertido en una subespecie sin capacidad de mejora ni sacrificio, un doméstico y desvirtuado esperpento de lo que antes fue un ser humano que ahora sólo puede producir grima y compasión. Su única función es otorgar sus votos y reforzar la influencia de los "auxiliares", los cuales son muy conscientes de que mientras los "vividores" sigan ignorantes y dependientes continuarán dóciles.
Me temo que la época post humanista en la que ya hemos puesto pie también tiene muchos paralelismos con el anterior relato pero también con lo que H.G Wells profetizaba para el futuro en su novela La máquina del Tiempo. Un mundo polarizado, de "elois", elfos bien formados habitantes de un paisaje idílico, y "morkocks", seres violentos deformes y fotofóbicos, moradores de un tenebroso subsuelo que entregan sin resistencia ni atisbos de remordimiento a sus propios compañeros como alimento para alimento de los aristocráticos "elois".
Mejor aún, un lugar donde los “eternos” ocultos en una burbuja a la que llaman Vortex ubicada en un remoto valle ponen a volar ídolos de barro lanzando mensajes carentes de sutileza para que los “brutos” se muevan a su antojo, tal y como sucedía en la película Zardoz dirijida por John Boorman y protagonizada por Sean Conery. Sin embargo en esta sociedad los "eternos", condenados a una insufrible inmortalidad, guardianes de los datos de todo el conocimiento de la humanidad y sometidos a una Inteligencia artificial que toma las decisiones por ellos, son las verdaderas víctimas. Crecen aburridos en una sociedad viciada éticamente donde se medita pero ya no se sueña y donde muchos han caído en una permanente apatía.
No sé si el mundo llegará en las próximas décadas a los límites de los sombríos horizontes descritos en estas obras pero lo cierto es que hemos llegado a un punto de inflexión y todo lo que hemos conocido hasta este momento se descompone vertiginosamente. El verdadero drama no lo supone, la, muchas veces forzada, lucha de clases (todos sufren y son perdedores en este juego) sino el desarraigo que supone para todos despojarnos de aquello que nos humaniza, el desasosiego de tener que reinventarnos y la pérdida de identidad. Todos somos individuos corrientes, pero a la vez no tenemos nada de corrientes, nuestro legado genético es único y debemos luchar por aferrarnos al papel que nos corresponde. El de actor y observador subjetivo que da sentido a la escena y que con su simple mirada consciente puede cambiar el devenir de las cosas, así como los electrones pueden comportarse como ondas o como partículas según sean observados o no.
Hace un par de años visité Dubai, una metrópolis hecha en pleno desierto en apenas dos décadas. Una mega ciudad con el edificio más alto del mundo, pasarelas con aire acondicionado entre una tupida red de rascacielos, áreas recreativas con canales que pretenden sin éxito imitar a los de Venecia, grandes acuarios, una pseudo-estación de esquí con nieve artificial dentro de un gran centro comercial o un paseo marítimo que se despliega en forma de gran palmera. Sin embargo el antiguo zoco, embrión de la ciudad, hoy no es más que un menguado museo. Todos los dependientes, taxistas, jardineros, recepcionistas y obreros son mercenarios, forasteros en un entorno de cartón piedra carente de poso y profundos cimientos. Simplemente un paraíso del consumismo más inmediato. Nada que ver con mis lejanos recuerdos de Tanger o Estambul, ciudades con palpitantes zocos y bazares, grandes palacios en contraste con otros edificios que se descomponen. Antiguas iglesias que han pasado a ser mezquitas testimonio del paso de varias civilizaciones. Intrincadas callejuelas en las que perderse y en la que los buscavidas siempre pondrán tu paciencia e incluso tu integridad a prueba, pero lugares que palpitan por cada uno de los poros de sus antiguos muros plenos de vigorosa humanidad.
Lo cierto es que los seres humanos hemos cedido nuestro papel de protagónistas para convertirnos en pasivos consumidores de experiencias en entornos edulcorados y riesgo cero donde el algoritmo decide qué dirección debemos de seguir o que es lo que debe de hacernos felices. En los últimos años hemos perdido gran parte de nuestra capacidad para improvisar y, sobre todo, para experimentar.
Una carretera provista de determinados aparatos de medida podrá informar de los puntos en los que hay mayor circulación para un programa decida por nosotros que ruta debemos tomar para evitar atascos. Sin embargo una carretera nunca podrá tener la sensación de estar “atascada”.
Es por ello de que no se deber perder nunca la capacidad de probar, degustar, curiosear, tantear, ensayar, perdernos, cometer errores, sacar conclusiones de ellos y seguir luchando. La intuición y los mapas de papel deben dirigir nuestro rumbo, por encima de las geolocalizaciones.
Nuestro destino debe de estar muy por encima de convertirnos en esclavos de las redes de datos o criaturas incapaces de digerirlos tal y como le sucedía a Funes el Memorioso en el cuento de Borges. Una infinita memoria sólo puede ser útil vivir en un permanente presente o revivir cada minuto del pasado, por eso la humanidad es mucho más que fríos datos y estadísticas. La capacidad de conmovernos con los paisajes de la ruta, de disfrutar de una caricia en el camino, de llorar cuando le duele a los otros, de ser humilde lavandera en el azul Chefchaouen o apurado ejecutivo en el abarrotado Shibuya, de rebelarnos y de poner orden al caos es lo que nos hace humanos. La vida y la posibilidad de percibir toda la gama de sensaciones y sentimientos es un acto indelegable. Bregar y experimentar es una opción, la otra diluirnos en la irrelevancia.
domingo, 5 de abril de 2020
EL VERDADERO RELATO DEL NUEVO MUNDO FELIZ
El emocionante viaje concluyó abruptamente.
La curiosidad fue cercenada y los cerebros lobotomizados por los sicarios informativos de las palancas de trasmisión del nuevo régimen.
La realidad ya no era real. Lo real era lo que el “gran amo” emitía por las pantallas. ¿Y cómo no amar al amo? El mismo era la hermosura y la lozanía. El proporcionaba sólo belleza en las pantallas. En ellas no había ni luto ni muerte, ni sufrimiento ni dolor, tampoco nostalgia. En las pantallas sólo había felicidad y distracción, recreo y algarabía por tiempo ilimitado. Todo era tan maravilloso en el mundo de las pantallas que no estaba permitido ser desdichado en ellas. Lo cierto es tampoco había posibilidad de otro mundo más allá de unas paredes imposibles de traspasar.
¿O sí la había?
Un mundo que ya no es plano sino complejo, que no es una sombra en una pantalla, que tiene matices y destellos. Un mundo que huele y que sabe, que transpira, que vive y que lucha y que también muere. Un mundo donde hay disidencia.
Disidencia en el salón, en el baño y en la cocina.
Disidencia en el supermercado, en el banco y en la farmacia.
Disidencia en la laberíntica complejidad de nuestra mente que nunca podrá ser arrebatada por la pobre aunque suprema superficialidad del impostado amo.
Disidencia en un pensamiento que construye, deconstruye, profundiza, viaja y tiene avidez por conocer mucho más allá de las absurdas verdades impuestas por quienes apenas conocen el significado de tan primorosa palabra.
Disidencia también dentro de mi cuerpo que palpita y ansia por impregnarse de la auténtica fragancia del mundo, tan asombrosa y rica en matices, que desea catar la vida a sorbos y que tampoco ha eludido nunca una buena batalla. La resonancia de mis pisadas al caminar se convierten ahora en un constante toque a rebato a la disidencia.
Disidencia de casta, de tribu, de familia y de linaje.
Disidencia, siempre, disidencia.
Yo he elegido ser un disidente y encantado pagaré el peaje de hielo del desprecio y del desdén. Porque, al contrario de los otros, el corazón del disidente aún palpita y, aunque en el exterior haga frio, el ardor, la pasión y la clarividencia proporcionan una inconmensurable y verdadera, si, VERDADERA, calidez interior.
La verdad no existe. La verdad es una búsqueda, un viaje. Si nos privan de eso y los amos nos proporcionan las verdades absolutas nos están privando del propio regocijo de emocionarse, de descubrir, del placer mismo de vivir.
La curiosidad fue cercenada y los cerebros lobotomizados por los sicarios informativos de las palancas de trasmisión del nuevo régimen.
La realidad ya no era real. Lo real era lo que el “gran amo” emitía por las pantallas. ¿Y cómo no amar al amo? El mismo era la hermosura y la lozanía. El proporcionaba sólo belleza en las pantallas. En ellas no había ni luto ni muerte, ni sufrimiento ni dolor, tampoco nostalgia. En las pantallas sólo había felicidad y distracción, recreo y algarabía por tiempo ilimitado. Todo era tan maravilloso en el mundo de las pantallas que no estaba permitido ser desdichado en ellas. Lo cierto es tampoco había posibilidad de otro mundo más allá de unas paredes imposibles de traspasar.
¿O sí la había?
Un mundo que ya no es plano sino complejo, que no es una sombra en una pantalla, que tiene matices y destellos. Un mundo que huele y que sabe, que transpira, que vive y que lucha y que también muere. Un mundo donde hay disidencia.
Disidencia en el salón, en el baño y en la cocina.
Disidencia en el supermercado, en el banco y en la farmacia.
Disidencia en la laberíntica complejidad de nuestra mente que nunca podrá ser arrebatada por la pobre aunque suprema superficialidad del impostado amo.
Disidencia en un pensamiento que construye, deconstruye, profundiza, viaja y tiene avidez por conocer mucho más allá de las absurdas verdades impuestas por quienes apenas conocen el significado de tan primorosa palabra.
Disidencia también dentro de mi cuerpo que palpita y ansia por impregnarse de la auténtica fragancia del mundo, tan asombrosa y rica en matices, que desea catar la vida a sorbos y que tampoco ha eludido nunca una buena batalla. La resonancia de mis pisadas al caminar se convierten ahora en un constante toque a rebato a la disidencia.
Disidencia de casta, de tribu, de familia y de linaje.
Disidencia, siempre, disidencia.
Yo he elegido ser un disidente y encantado pagaré el peaje de hielo del desprecio y del desdén. Porque, al contrario de los otros, el corazón del disidente aún palpita y, aunque en el exterior haga frio, el ardor, la pasión y la clarividencia proporcionan una inconmensurable y verdadera, si, VERDADERA, calidez interior.
La verdad no existe. La verdad es una búsqueda, un viaje. Si nos privan de eso y los amos nos proporcionan las verdades absolutas nos están privando del propio regocijo de emocionarse, de descubrir, del placer mismo de vivir.
domingo, 5 de mayo de 2019
MR NOBODY
En ajedrez un jugador está en zugzwang si cualquier movimiento permitido supone empeorar su situación… En muchas ocasiones tengo la sensación de en nos encontramos esa posición de la partida desde que nuestro corazón empieza a palpitar.
Sin embargo, cuando todo se detiene, todo es posible. Sospecho que es la temporalidad nos vuelve intrascendentes pero parece demasiado arrogante para un simple humano el tratar de burlar a Cronos en busca de la anhelada trascendencia.
Petulante o no, y aun conociendo del riesgo de acabar perdido en un auténtico laberinto, soy de los que piensa que sería demasiado triste claudicar sin intentarlo.
La vidas posibles de Mr Nobody es una película de imágenes hermosas, de momentos trascendentes, que rompe la cronología clásica y está envuelta de sensibilidad y romanticismo. Tal y como yo entiendo que ha de ser una vida plena, con muchos caminos y biografías posibles, con un final abierto, llena de claroscuros, meandros y flash backs, surcada de micro historias y posibilidades. Y con la única esperanza de que este ovillo de sensaciones encuentre una armonía final.
No elijas, sólo vive, el azar de la existencia es la cristalización de lo posible, y sí, aún todo es posible.
Sin embargo, cuando todo se detiene, todo es posible. Sospecho que es la temporalidad nos vuelve intrascendentes pero parece demasiado arrogante para un simple humano el tratar de burlar a Cronos en busca de la anhelada trascendencia.
Petulante o no, y aun conociendo del riesgo de acabar perdido en un auténtico laberinto, soy de los que piensa que sería demasiado triste claudicar sin intentarlo.
La vidas posibles de Mr Nobody es una película de imágenes hermosas, de momentos trascendentes, que rompe la cronología clásica y está envuelta de sensibilidad y romanticismo. Tal y como yo entiendo que ha de ser una vida plena, con muchos caminos y biografías posibles, con un final abierto, llena de claroscuros, meandros y flash backs, surcada de micro historias y posibilidades. Y con la única esperanza de que este ovillo de sensaciones encuentre una armonía final.
No elijas, sólo vive, el azar de la existencia es la cristalización de lo posible, y sí, aún todo es posible.
viernes, 10 de marzo de 2017
REGRESO AL FUTURO
Cuando Michel J. Fox viajaba al pasado con su famoso DeLorean mejoraba
con su intervención su propio futuro pero debía de ser muy respetuoso
con no alterar ciertas secuencias clave recordadas por él y toda su
familia (la canción en el baile o el beso en el coche) pues de hacerlo
pondría en peligro su propia existencia.
Cuando nosotros emprendemos un viaje mental a nuestro pasado (hasta el momento no he conseguido convencer a Doc para que me deje las llaves de su vehículo del tiempo) nos encontramos con una sucesión de imágenes dispersas. Sería peligroso borrar o cambiar alguna, podría hacer incongruente toda nuestra biografía o afectar nuestra propia cordura, pero si que es muy pertinente, a veces, cambiar el montaje de algunas escenas (modificar el orden, el tempo, o la música) con el objetivo de darle un enfoque emocional diferente.
Finalizado el ejercicio y de regreso al futuro veremos que la calidad de vida de nuestro presente mejora significativamente. Aquí y ahora.
Cuando nosotros emprendemos un viaje mental a nuestro pasado (hasta el momento no he conseguido convencer a Doc para que me deje las llaves de su vehículo del tiempo) nos encontramos con una sucesión de imágenes dispersas. Sería peligroso borrar o cambiar alguna, podría hacer incongruente toda nuestra biografía o afectar nuestra propia cordura, pero si que es muy pertinente, a veces, cambiar el montaje de algunas escenas (modificar el orden, el tempo, o la música) con el objetivo de darle un enfoque emocional diferente.
Finalizado el ejercicio y de regreso al futuro veremos que la calidad de vida de nuestro presente mejora significativamente. Aquí y ahora.
lunes, 11 de enero de 2016
EX MACHINA
Lo bueno de los viajes intercontinentales es que uno tiene mucho tiempo
para ver películas, e incluso descubrir algunas en las que no repararía
en otras circunstancias. Ese ha sido el caso de Ex Machina, todo un
hallazgo. Dirigida por Alex Garland nos lleva al mundo de la
inteligencia artificial para realizar un introspectivo anális sobre lo
que representa la naturaleza humana, las pasiones, el fingimiento, la
libertad de elección y el egoismo darwiniano en pos de nuestros intereses,
ese gen curioso y egoista que, junto con el sentido del humor, quizá
sea lo más característico de nuestra especie. Una propuesta interesante,
un guión cuidado, tres personajes principales y un desarrollo de los
acontecimientos con intriga y sorpresas y ya tenemos una película
redonda que nos hará reflexionar de un modo parecido al que lo hacía La
Isla del Doctor Moreau, clásico con el que tiene alguna semejanza. Eso
es el auténtico cine y no la pirotecnia, ni los efectos especiales sin
ningún sentido ni anclaje argumental que tanto imperan en el cine actual
y que alejan a los auténticos cinéfilos de las salas.
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