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sábado, 2 de mayo de 2020

LA NUEVA NORMALIDAD

Mi hábitat, cálido y acogedor, súbitamente se fugó para emerger un territorio hostil e irreconocible. Un espacio deshabitado de abrumador silencio, despojado del murmullo de otros semejantes, del rugido del motor de una camioneta o el chirrido de los frenos de un coche, del taconeo de las pisadas, del tintineo de las monedas en los bolsillos de los paseantes, de las risotadas de los niños en los parques, de la cautivante fragancia que desprendía la jovencita al pasar, del nauseabundo hedor del contenedor de la basura que removía el indigente, del agradable olor a chocolate de la churrería o del peculiar aroma del fermento de la sidra con serrín de las sidrerías. Un lugar donde las palomas aguardaban en vano por niños que las persiguieran, las gaviotas ya no tenían restos de comida en las terrazas a los que acechar, los regalos de los escaparates no llegarían a tiempo para el día del padre y, en unas calles desiertas, los furtivos caminantes ya no necesitaban zigzaguear para evitar el chocar con otras personas. El desagradable y ronco eco del sonido de la emisora del coche patrulla era lo único que impregnaba aquel angustioso ambiente.
Gijón, igual que otras tantas poblaciones de España y del mundo, era una ciudad desahuciada que ya no olía, ni sentía que carente de pulso y razón agonizaba provocando una desoladora sensación de malestar. De repente volvieron a salir los niños y pude observarlo todo de otro modo. Y es así cómo, tras este brusco y despiadado paréntesis, fui capaz de mirar a mi ciudad, con los mismos ojos un niño que tras una transitoria ceguera vuelve a ver el mundo. Con el mismo entusiasmo que mi sobrino Yago sentía cuando con poco más de dos años veía los pictogramas del Puerto Deportivo, “prohibido bañarse”, “cuidado resbala”, “prohibido aparcar” y se deleitaba al comprender que aquellos dibujos tenían algún significado. Con la misma sorpresa que le producía la rugosidad de la corteza del tronco al acercar la mano al árbol. Con la misma atención con la que seguía el movimiento de las palomas cuando las cebaba o las perseguía. Con la mismo espíritu aventurero que demostraba cuando exploraba una cercana casa en ruinas y se asustaba al ver los cristales rotos, las caras a medio terminar de los grafiteros o los amarillentos recordatorios de comunión de una librería abandonada. Alegría, sorpresa, susto, todo emociones a flor de piel, así fue como vi Gijón en aquel momento.
Me percaté del florecer de las plantas, de la colonia de patitos que habían colonizado el estanque de la plaza de Europa, de la fisonomía de los edificios, de las grietas en el suelo por la que emerge una fila de sufridas hormigas, de la gente que se cruza, de las casonas que resistían entre los altos bloques de pisos, de los miradores, de las cornisas, de las columnas en forma cariátides, de los letreros de caligrafías imposibles y de otros muchos hitos del paisaje urbano en los que, pese a pasar delante de ellos casi a diario, nunca había reparado. Por un momento me creí capaz de oler los sonidos y escuchar los colores. La sinestesia, esa maravillosa capacidad que los niños tienen y los adultos hemos perdido por completo.
Me sorprendió el resonar del bote de las pelotas en el Paseo de Begoña, los niños corriendo, el avance de los ciclistas o la marabunta de personas moviéndose en el Muro. En esos primeros instantes de mi vuelta a la calle disfruté paseando con el mismo placer y regocijo que experimento cuando viajo a un lugar lejano y exótico por primera vez. Sin embargo el cielo violáceo me hizo ver que anochecía y debía de volver pronto a casa. Algo me produjo cierto desasosiego y malestar, me invadió sensación de desconcierto y nostalgia, ecos de una profunda tristeza que no pudieron acallar los aplausos desde los balcones.
Entonces caí en la cuenta de que lo que hace para cada uno de nosotros maravilloso este mundo es precisamente nuestra propia capacidad para reconocerlo e interpretarlo sin cortapisas. La aspiración es encontrar la plenitud en él según nuestra particular vision del mismo, la cual está condicionada por nuestras propias vivencias previas, nuestros orígenes y peripecias, nuestra jerga, lenguaje o idioma, nuestra escala de valores, nuestros miedos o fobias, nuestros particulares talentos, gustos e intereses, nuestras liturgias, nuestro tiempo de duelo, nuestro propio modo de sentir, nuestro ritmo vital. Cada individuo es un particular microcosmos único e inimitable. Por tanto debemos mirar el mundo siempre como algo poliédrico, especial e insólito. Muchos pretenden acotar o descifrar la realidad por nosotros o determinar lo que está bien o lo que está mal, quiénes son los buenos o los malos o que es importante o no. Entiendo que dejarse influir por esas interferencias no es vivir una vida plena, ni tomar conciencia de lo que sucede. Sin perjudicar nunca a los demás cada uno tiene que elegir su propia realidad, a qué va que poner más énfasis y cuáles son sus prioridades.
Recuerdo cuando de la mano de mi sobrina Aitana de entonces apenas tres años, paseaba por el bonito pueblo de Manly, cerca de Sidney. Nada podía ser más perfecto, surferos en la interminable playa, un luminoso día, cuidadas casitas, una amplia costanera, y, por supuesto, el murmullo de la gente local, las fugaces conversaciones acá y allá, un sonido comprensible para ambos (sobre todo para ella que es bilingüe) pero sin la armonía y musical calidez del primer y familiar idioma. Detrás de nosotros oímos, al fin, una pareja de españoles que conversaban. Hablan ñol!!!- Me dijo emocionada Aitana.
Temo que la pomposa nueva normalidad sea la excusa para imponernos una nueva realidad. Detestaría vivir un esplendoroso nuevo mundo tecnológico que nunca hablará mi idioma nativo y en el que siempre sería forastero. Abominaría un lugar donde los algoritmos, los técnicos anónimos y la autocracia se convirtieran en los censores de mi pensamiento. Deseo decidir sin interferencias, arropado por mi familia y mis recuerdos, fiel a mis orígenes y mis raíces, en armonía con el tiempo y espacio donde me he criado y las experiencias que me han tocado vivir. Quiero el mundo de antes, aunque ahora sea capaz de mirarlo con unos nuevos ojos.

domingo, 5 de abril de 2020

EL VERDADERO RELATO DEL NUEVO MUNDO FELIZ

El emocionante viaje concluyó abruptamente.
La curiosidad fue cercenada y los cerebros lobotomizados por los sicarios informativos de las palancas de trasmisión del nuevo régimen.
La realidad ya no era real. Lo real era lo que el “gran amo” emitía por las pantallas. ¿Y cómo no amar al amo? El mismo era la hermosura y la lozanía. El proporcionaba sólo belleza en las pantallas. En ellas no había ni luto ni muerte, ni sufrimiento ni dolor, tampoco nostalgia. En las pantallas sólo había felicidad y distracción, recreo y algarabía por tiempo ilimitado. Todo era tan maravilloso en el mundo de las pantallas que no estaba permitido ser desdichado en ellas. Lo cierto es tampoco había posibilidad de otro mundo más allá de unas paredes imposibles de traspasar.
¿O sí la había?
Un mundo que ya no es plano sino complejo, que no es una sombra en una pantalla, que tiene matices y destellos. Un mundo que huele y que sabe, que transpira, que vive y que lucha y que también muere. Un mundo donde hay disidencia.
Disidencia en el salón, en el baño y en la cocina.
Disidencia en el supermercado, en el banco y en la farmacia.
Disidencia en la laberíntica complejidad de nuestra mente que nunca podrá ser arrebatada por la pobre aunque suprema superficialidad del impostado amo.
Disidencia en un pensamiento que construye, deconstruye, profundiza, viaja y tiene avidez por conocer mucho más allá de las absurdas verdades impuestas por quienes apenas conocen el significado de tan primorosa palabra.
Disidencia también dentro de mi cuerpo que palpita y ansia por impregnarse de la auténtica fragancia del mundo, tan asombrosa y rica en matices, que desea catar la vida a sorbos y que tampoco ha eludido nunca una buena batalla. La resonancia de mis pisadas al caminar se convierten ahora en un constante toque a rebato a la disidencia.
Disidencia de casta, de tribu, de familia y de linaje.
Disidencia, siempre, disidencia.
Yo he elegido ser un disidente y encantado pagaré el peaje de hielo del desprecio y del desdén. Porque, al contrario de los otros, el corazón del disidente aún palpita y, aunque en el exterior haga frio, el ardor, la pasión y la clarividencia proporcionan una inconmensurable y verdadera, si, VERDADERA, calidez interior.
La verdad no existe. La verdad es una búsqueda, un viaje. Si nos privan de eso y los amos nos proporcionan las verdades absolutas nos están privando del propio regocijo de emocionarse, de descubrir, del placer mismo de vivir.

viernes, 1 de diciembre de 2017

LA GRANJA PECUARIA

Aún resonaban ecos totalitarios en las aulas de la escuela masculina donde me eduqué. El que fuese caudillo reposaba desde hacía unos pocos años en un famoso valle pero su escalofriante espectro aún se paseaba por nuestro colegio.En cuanto apareció nuestro maestro, don José Durán, todos nos levantamos y nos pusimos en pié.
Así permanecimos hasta que el se acomodó en su mesa. En posición marcial, con gesto de respeto y derechos como velas (el solía utilizar otra expresión más cuartelesca). A don José sin duda le hubiese gustado que le hiciésemos el recibimiento con el brazo en alto y cantando viejos himnos pero, como él decía, los nuevos aires libertarios estaban corrompiendo absolutamente todas las instituciones y la docencia ya no era ni sombra de lo que había sido.
Aquel día todos estábamos especialmente nerviosos, había programada una excursión a la granja pecuaria. No éramos más que unos chavales impúberes de apenas 12 años y cualquier cambio en nuestra rutina suponía un gran acontecimiento.
Allí en la granja, según nos había anticipado don José, contemplaríamos a unos impresionantes sementales que, destinados a labores procreadoras, habitaban una especie de harem vacuno, lo máximo de la virilidad. Don Fabián, antiguo ganadero, viejo amigo suyo, y, ahora, el encargado de atender las visitas de la granja nos explicaría lo que representa un toro en nuestra cultura, así como el arte de cubrir y alumbrar las hembras en busca de los ejemplares más diestros para el mantenimiento de la estirpe.
Mientras pasaba lista un antiguo profesor del centro, ya retirado y de apellido autóctono, digamos Valdés, irrumpió en el aula. Todos nos volvimos a levantar. El señor Durán aprovechó para loar las gestas de su admirado colega en lejanas estepas, según él luchando en una gloriosa cruzada contra el mal. En nuestra impresionable inocencia todos nos sentimos muy orgullosos de que alguien tan heroico nos acompañase en nuestra pequeña expedición.
En el amplio y destartalado hall del colegio nos esperaba para despedirnos en una especie de ceremonia ritual, el director, don Máximo, un enciclopédico erudito a punto de jubilarse que prestaba poca atención a sus obligaciones académicas y que solía esconderse del convulso y desde hacía pocos años, también cambiante, mundo exterior tras sus gruesas gafas.
Ningún autobús nos esperaba a la puerta. Como verdaderos expedicionarios herederos de las hazañas de Cortés o Pizarro haríamos a pie los aproximadamente diez kilómetros que nos separaban de nuestro objetivo.
Salimos de la ciudad y nos internamos por polvorientos senderos. El calor húmedo se empezó a pegar a las camisetas y nuestras flacuchas piernas aún sin cubrir de vello notaban el fuerte ritmo marcado por los dos veteranos líderes. Según Durán en esos momentos se sentía como un pastor de ovejas obsesionado por cuidar de su rebaño.
A mediodía, tras más de dos horas de caminata, los eximios profesores decidieron hacer un alto en un merendero. Curiosamente todos traíamos suficientes vituallas en nuestras mochilas excepto nuestros preclaros guías, confiados en que el buen Dios, al que se solían mostrar muy devotos, proveería. Y no fue Dios el que proporcionó el nutritivo maná sino algunos estudiantes, no se si muy desganados o más bien con argumentos académicos poco convincentes y muy necesitados de pasar el curso.Afortunadamente no descubrieron que mi bocadillo, por la azarosa coincidencia de regentar mi familia un restaurante y tener aquel día demasiado producto cortado, estaba relleno de gloriosas hebras de jamón ibérico. Bien sabía que el cerdo ibérico era otro de sus animales fetiche. Mi estrategia de apartarme en un discreto rincón a realizar mi almuerzo me salvó, sin duda, de un ayuno forzoso.
Trascurrió demasiado tiempo y decidí acercarme al resto del grupo. Todos mis compañeros estaban impacientes y nerviosos. Algunos jugaban a ojo de buey, cuchillo y tijera. Otros charlaban a voces produciendo un gran estruendo con sus gritos. Los insignes maestros, tras terminar de comer habían desaparecido en el interior de la cantina del merendero, justo al lado de la gran terraza donde nos encontrábamos, según ellos para tomar un café. Habíamos recibido órdenes precisas de no entrar pero ya hacía más de media hora de aquello. Bermejo, uno de mis compañeros, osado de puro inconsciente, decidió internarse en el fondo del edificio. Los encontró despidiéndose de dos pintarrajeadas mujerzuelas a las que ellos llamaban bellas señoritas.Tras un brutal bofetón a Bermejo por su atrevimiento reemprendimos la marcha.
La pausa había sido demasiado larga y eso nos dejaba muy justos de tiempo para llegar al lugar a la hora convenida pero los señores Durán y Valdés eran hombres de palabra y desde luego el grupo cumpliría.
Tras un interminable sprint por angostas caleyas, cansados y sudorosos, llegamos a las puertas de la granja.Nos esperaba un joven de bata blanca. Don Fabián se había jubilado. Noté la cara de decepción de don José. La disertación fue técnica y tediosa. Nos pasaron por diversos laboratorios y básicamente ahondaron en los secretos de la reproducción in vitro. Solo al final nos enseñaron algunos animales. Eran francamente impresionantes. Totalmente especializados en labores reproductivas sus testículos tenían una hipertrofia tal que los hacía semejantes a balones de fútbol colgándoles casi hasta el suelo.Bermejo, alocadamente locuaz, como siempre, le preguntó a nuestro joven anfitrión, si veríamos a los toros interactuar con las hembras. El científico nos explicó que esas técnicas ya no se utilizaban, se limitaban a recoger el esperma en una bolsa especial para, tras fertilizarlo con el óvulo adecuado, introducirlo en una vaca ya seleccionada. Román, otro compañero aún más imprevisible y temerario que Bermejo quiso saber como se entretenían entonces los animales. El joven investigador, con una sonrisa burlona, contestó que la mayor parte del tiempo se entretenían entre ellos. Fue un momento doloroso. El mítico animal había sido corrompido, envilecido y humillado.Aún era peor, sin compañeras ni profesoras como referente nuestro futuro podría ser tan difícil, oscuro y siniestro como el de los desafortunados toros de la granja pecuaria.
El regreso al colegio, con una ligera llovizna al principio que luego remitió para dar paso a un rojizo y espeluznante atardecer, fue triste y extraño. A Durán no le quedaron fuerzas ni para dar el merecido castigo a Román y Bermejo. Ya casi a las puertas del colegio se empezó a sentir realmente mal y todos vimos como una ambulancia lo llevaba al hospital.
Un infarto mantuvo alejado de las aulas a don José todo el resto del curso. Le sustituyó la señorita Virginia, recién diplomada y de voluptuosa y escultural belleza. Su desparpajo fue una auténtica inspiración para nosotros y los oscuros nubarrones se disiparon mágicamente.La siguiente excursión la hicimos a ENSIDESA, el director no nos esperaba en el hall de la escuela pero si un flamante autobús y por entre las enrejilladas escaleras de la fábrica, Bermejo, Román y luego otros muchos dijeron ver la más recóndita intimidad de nuestra nueva profesora apenas si cubierta por una brevísima lencería de color rosa pálido.Definitivamente los tiempos habían cambiado. Ahora si que teníamos algo bueno que admirar.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

EO, EO, EO, VAYA SAN MATEO

Tenía clase aquel Patrol. Recio, robusto, con su culo rematado por una enorme rueda, cubierta por una lona. El mismo que nos transportó en la primera excursión a los Picos de Europa repleto de mochilas, latas de fabada y vajillas de arcopal, o el que nos conducía esa tarde por angostas caleyas más allá de los confines de Gijón en busca del último merendero por descubrir o de la sidra más auténtica.

Se acababa el verano del 97 y yo celebraba la conclusión de mis exámenes en la facultad de derecho. Gonzalo, aunque no lo sabía entonces, exprimía al máximo sus últimos meses de soltería. Se notaba la proximidad del otoño y la noche se nos echó encima casi sin darnos cuenta, demasiado pronto para nuestra sed de destilados y aventuras.
De vuelta al centro de Gijón nos encontramos los bares casi vacíos. En parte era previsible, el verano agonizaba y las altivas madrileñas con sus sugerentes modelitos se habían ido pero dónde estaban las bellezas autóctonas, todos esos rostros familiares que cada fin de semana decoraban las barras de nuestros locales favoritos. De repente caímos en la cuenta de que era la víspera de San Mateo. Oviedo estaba en fiestas y todo el mundo estaría allí. Tan solo 30 kilómetros nos separaban de la diversión y ese era nuestro destino.
A pesar de su juventud, Gontxo, acostumbrado a hacer el Gijón – Bilbao cada fin de semana, ya era en aquella época un conductor avezado. Al llegar al centro de Oviedo tuvo que hacer uso de toda su pericia al volante para introducir su portentoso vehículo en el claustrofóbico parking de La Escandalera, inagurado en los años 70 y concebido más para utilitarios que para todo terrenos.
Nada más salir palpamos de inmediato la inconfundible atmósfera de una ciudad en fiestas. La gente iba en oleadas y nosotros tratábamos de seguirles sin demasiado criterio. Entre sidras y tapas pasamos de la noche a la madrugada, de la risa a la carcajada y de la diversión al desenfreno. Me vienen a la mente imágenes inconexas. Primero nuestros simiescos bailes sin camisa en el Pub El Mono Desnudo, no se todavía si tratando de homenajear el nombre del local o de echar por tierra todas las teorías evolucionistas que el antropólogo Desmod Morris propone en el libro del mismo nombre. Más tarde me veo en lo alto de una empinada escalera gritando puta Oviedo. Un montón de gente se aproxima a nosotros con actitud amenazadora, nos escurrimos entre la multitud y echamos a correr.
Afortunadamente hace 10 años, tal vez para compensar nuestra falta de madurez, yo tenía las piernas más ligeras y Gontxo algunos kilos de menos. Conseguimos dejar atrás a nuestros perseguidores y nos paramos sofocados en una plazoleta. Allí, relajado, comencé a orinar contra una estatua. Solo cuando había iniciado el acto me di cuenta que se trataba de una escultura de Ana Ozores, la regenta. Siempre he tenido un gran respeto por la aristocracia pero ahora no era el momento de parar. Esta buguesa soñadora era en realidad una mujer anodina, cobarde, convencional y frustrada, tanto como caer en los afectados brazos de la patética caricatura del galán, Alvaro Mesía.
Aún estaba inmerso en estas reflexiones literarias cuando Gonzalo me arrastró a otro local. No recuerdo su nombre ni nada de lo que le dije, pero si parte de lo que pasó. Tres Happy Dent de menta pueden ser de gran ayuda para un borracho. Cuando ella se fue me costó encontrar a Gontxo en la oscuridad del local. Pronto me di cuenta que a él tampoco le habían ido tan mal las cosas en mi ausencia. Aún visitamos algunos otros sitios de marcha antes de poner punto y final a la noche. En ellos la misma oscuridad, la misma masificación, el mismo calor, el mismo griterío, la misma estupidez y las mismas copas de siempre.
Cerca del parking, y en plena calle, nos encontramos con algunos chiringuitos en los que aún era posible pedir comida. No teníamos hambre y empezaba a lloviznar levemente, pero estábamos convencidos de que el pepito sería el antídoto ideal para contrarrestar tantas copas. El hombre que nos lo sirvió era viejo, cadavérico y sin dientes. Nos daba conversación y continuamente se carcajeaba con nuestras ocurrencias. También se rió cuando le dijimos que cogeríamos el coche de vuelta a Gijón. Ya sentado en el coche aún pensaba en sus negras encías y sus enigmáticas ojeras.
Pese a que ambos conocíamos bien Oviedo nos costó orientarnos. Habían cortado varias calles y no encontrábamos la salida correcta. Tras algunas intentonas fallidas, al fin, embocamos la autopista. El contratiempo había puesto nervioso a Gonzalo que subía el volumen de la música y descargaba su furia contra el pedal del coche. No habíamos salido del carril de aceleración y ya circulábamos al doble de la velocidad permitida. De repente vislumbramos un corsa blanco. Iba mucho más despacio que nosotros y Gontxo frenó en seco. En ese momento las ruedas patinaron y perdió el control sobre el coche. ¡Gontxo que nos la pegamos !!!!- Grité.
Durante unos segundos interminables fuimos de un lado a otro de la calzada mientras Gonzalo trataba de enderezar el volante. Me di cuenta de que todo era inútil. Nos íbamos a pegar una hostia de puta madre. No tenía argumentos sólidos para invocar compasión divina, el viejo sin dientes, la última persona que había visto, me recordaba a Caronte, la autopista encharcada la laguna Estigia, traté de relajar los músculos y confiar en la solidez del vehículo.
Entonces impactamos con una de las enormes farolas que iluminaban la vía. La arrancamos de cuajo y quedó cruzada en medio de la carretera. El vehículo salió rebotado hacia más allá del arcén y, todavía sin control, saltaba entre los pedruscos y la maleza, aunque felizmente cada vez más despacio.Fue un arbusto justo al borde de un terraplén lo que nos frenó definitivamente.Gonzalo estaba enrabietado y trataba de arrancar el coche desde la cuneta para continuar viaje. En vano traté de disuadirle, de explicarle que el Patrol estaba destrozado, que habíamos circulado muchos metros sobre tres ruedas. Solo cuando vio salir humo del motor pareció reaccionar. ¡Va a explotar! ¡Dios mío!- Gritó mientras saltaba del vehículo.
En realidad era improbable que estallase pero no tenía objeto permanecer en el automóvil. Mientras me bajaba comprobé con alivio que todos mis miembros respondían perfectamente. Los dos estábamos ilesos y podríamos volver a visitar Toledo por nuestro propio pie.Ya amanecía. En el exterior chispeaba y aunque el coche estaba destrozado el C.D. seguía funcionando. La canción Morir de Amor de Camilo Sexto sonaba a todo volumen. Curiosa banda sonora para un momento tan surrealista.
El golpe nos había quitado toda la tontería de repente pero me preocupaba pensar que Gonzalo no pasaría un eventual test de alcoholemia. Me mojé la cara con algo de agua estancada en la cuneta. Animé a Gonzalo a hacer lo mismo e incluso a enjuagarse la boca con ella. Se negó. ¡ No beberé agua del charco!- Decía. En esas estábamos cuando apareció la guardia civil. ¡Que desgracia! ¡Pudimos habernos matado!- Me lamenté de forma melodramática.
Los agentes eran dos tipos veteranos y no se si nuestros desvalimiento o aquella sobreactuación les conmovió de alguna manera pero el caso es que, tras revisar los papeles del coche, de una forma paternalista nos tranquilizaron y llamaron a un taxi sin hacer ni siquiera el preceptivo test de alcoholemia al conductor. Mientras nos alejamos contemplamos por última vez el Patrol. El brutal golpe había transformado el robusto y elegante todo terreno en un caótico conjunto de hierros en forma de acordeón.
Gontxo me contó que aún permaneció un par de días al borde del terraplén antes de que una grúa se lo llevase para siempre. Gracias viejo amigo. Te recordaremos siempre. Nos has salvado la vida.

lunes, 24 de abril de 2017

PROTOCOLO ZOMBI

El vecino pasa absorto, sin verme cuando me cruzo con él en la escalera.
Camino de Oviedo el chico del asiento número 8 dormita en el ALSA con los auriculares puestos, ajeno a la primorosa rubia que le hace ojitos.
Llego a la capital dispuesto a hacer unas gestiones y me encuentro con que el operario de la oficina está ausente por un ERE, su compañero abrumado hace un sickie y el único ente que presta asistencia a los usuarios es una siniestra máquina fabricada en Corea con la que, por supuesto, no consigo realizar ningún trámite.
De vuelta en Gijón decido ir a cenar a mi restaurante favorito y observo como la pareja de la mesa del fondo celebra un simulacro de cena romántica a mayor gloria del móvil y los selfies. La fría dictadura de la pantalla arruina cualquier atisbo de complicidad o de calor humano y el iphone 7 acaba convirtiéndose en el prioritario foco de atracción de la velada, algo en parte lógico, ofrece mejor rendimiento, mayor autonomía y más posibilidades que la mayoría de los comensales.
Y caigo en la cuenta que todo lo que veo a mi alrededor son vidas fallidas, falta de entusiasmo, evasión en realidades paralelas, conformismo y sedación generalizada, nadie parece disfrutar con el mundo real y la pasión se derrocha de la forma más grotesca y absurda.
En vez de afrontar los retos con ilusión y valentía muchos se estancan en una permanente queja. La viciosa comodidad se impone en su día a día pero esto no genera más que insatisfacción y una falsificación de lo que debería de ser. Un mundo de ensoñación donde muchos acaban por no reconocer ni al rostro que se refleja en su espejo cuando se cepillan los dientes.
Desde luego estamos al borde del apocalipsis. El mundo tal y como lo habíamos concebido hasta ahora está a punto de colapsar. Ruego a los señores del gobierno que reconsideren su postura y tomen muy en serio la amenaza zombi.
¡¡Estamos rodeados de muertos vivientes y es necesario que el protocolo zombi se active cuanto antes!!



lunes, 20 de marzo de 2017

LA FUENTE DE LA JUVENTUD


Hacia 1520 un envejecido Ponce de León, próspero y asentado en la recién creada colonia de Puerto Rico tras años de conquistas y exploraciones, cae hechizado por los encantos de una jovencísima nativa.
Turbado por la pasión y ansioso por alargar el escaso tiempo vital del que disponía, con mucha suerte un exiguo puñado de años, determina, siguiendo la estela de antiguas leyendas contadas por los nativos, empuñar de nuevo su arcabuz y emprender la búsqueda de la fuente de la eterna juventud.
Jamás la encontrará, pero en su exploración coloniza y conquista para la Corona de Castilla el territorio de la Florida, toda una proeza para un anciano que, predestinado a morir con un vulgar hombre anónimo, pasa a convertirse en una leyenda para la posteridad.
Océanos de tiempo después, otro aventurero español, más joven que Ponce pero igualmente angustiado por el paso del tiempo, rastrea en la frontera entre Perú y Bolivia, tal y como ya había hecho en otros tantos lugares del mundo del Mar Muerto a Benarés, el paradero de un científico alemán, huidizo superviviente de la Segunda Guerra Mundial y conocido como Doctor Mefistófeles, proveedor de filtros y pócimas rejuvenecedoras desarrolladas por el infame Josef Mengele, y conocedor de la ubicación de las fuentes.
Tres almas le entregaría el afligido viajero al doctor por reverdecer el fulgor juvenil a un rostro que sutilmente comenzaba ya a marchitarse por su excesiva exposición al sol en los inquietos días y a los destellos de las luces en las confusas noches.
Estafado por el enésimo chamán, delirante y afectado por el mal de las alturas, cae en una suerte de trance místico donde alcanza a comprender que el personaje que busca no existe. Mefistófeles no es más que el último eco de una leyenda absurda que durante años había atormentado su alma y consumido su tiempo, su energía y sus ahorros.
Desesperado abandona la perdida isla del lago Titicaca donde había ido a dar con sus huesos en su última exploración. Tras varias horas en barco llega a Puno. No se detiene en el acogedor puerto turístico y pronto se interna en las enmarañadas callejuelas de la ciudad. Deambula sin rumbo sorteando, vendedores ambulantes, mujeres de coloridos trajes y originales sombreros, motos, tuk-tuks y ladronzuelos cuando, súbitamente, sus ojos se tropiezan con los de ella e inmediatamente experimenta una vibración en su interior. Siente un chispazo y algo comienza a arder dentro de sus entrañas; una llamarada, una energía, un pálpito, un ímpetu incontenible. El rubor de su cara hace que esta brille de nuevo como antaño y al ritmo de la centelleante música, al menos por una noche, se siente insolentemente joven de nuevo.
Y entonces se percata. La juventud se encuentra agazapada en el meandro más profundo del alma, esa que torpemente pretendía entregar al demoniaco Mefistófeles. La búsqueda, la insatisfacción, la curiosidad y el no haber claudicado nunca le habían mantenido preparado. Al avivarse tras el estímulo adecuado una energía interior cosió, entrelazó y dio sentido a un heterogéneo amasijo de imágenes, de sabores, de aromas, de lugares; a todo un periplo vital rico y lleno de emociones. Y así es como se volvió plena e insaciablemente joven para siempre.

viernes, 10 de octubre de 2014

MIS NUEVAS HISTORIAS DE VIEJOS CAFÉS



Ayer volví al Dindurra y entre sus columnas y baldosas centenarias experimenté de nuevo el placer indescriptible de degustar una consumición en el marco incomparable de un café de época. Templos del refinamiento y la elegancia, auténticos oasis de calma y sosiego donde todo fluye a un ritmo distinto. Son los legatarios y guardianes de antiguas liturgias y tradiciones, mientras todo el resto se destruye a ritmo vertiginoso por la apisonadora de la globalización que despersonaliza locales y lobotomiza cerebros.


Estos viejos cafés son los heroicos supervivientes de la picota de los Starbucks y otras siniestras franquicias de similar pelaje, todos clones de si mismos, donde nada es genuino ni espontáneo y todo demasiado artificial y previsible. En los Starbucks no existen oscuros rincones que cuenten historias extraordinarias ni empleados que formen parte de la leyenda del local y sus camareros robóticos, a fuerza de ser uno mismo, ya no conocen ni su propio nombre.

Y, fue ayer, en el Dindurra, donde me vi poseído por una suerte de hechizo, que sorbo a sorbo, me hizo perder la noción del tiempo y el espacio, traslandándome a distintos lugares y épocas más allá de los surcos y meandros de mi frágil memoria.


Sucedió así, sin más, el camarero posó la taza de humeante café y el primer trago me supo a la romántica Lisboa.  A mi lado estaba Pessoa, sentado a la terraza de A Brasileira, los dos tomábamos el sol y distraidamente contábamos azulejos o veíamos a los tranvías pasar.  Yo era feliz, si miraba a la izquierda sentía la alegría desbordante del enamoramiento, si miraba a la derecha mi otro heterónimo sentía el placer de la vieja camaradería y la sólida amistad, finalmente miraba al frente y veía a una niña que representaba la paz y la calidez de la familia. Igual que mis tres viajes a Lisboa en tres épocas tan distintas de mi vida y con acompañantes y sentimientos tan diferentes.
De vuelta a la realidad revolví de nuevo la taza del negro café y sentí aromas del Cairo, un nubio de tez oscura fumaba una pipa de agua en la mesa de en frente. Mas allá, en su rincón favorito del  El-Fishawi, Naguib Mahfuz trataba de concentrarse en la escritura, inmune al ajetreo y al gran bullicio del cercano mercado de Khan Al-Khalili . Yo dejaba pasar el tiempo, era joven, estaba sólo, mi ingenuidad era mucha y mi curiosidad y ganas de aventura estaban intactas.



Una gota cayó sobre la mesa y me sacó de mi abstracción, observé como se deslizaba por el mármol igual que los canales que que surcan otros mármoles en la plaza de San Marcos de Venecia. La desconchada arcada del Florian me protegía del sol y desde allí contemple el mismo espectáculo que hizo suspirar a Casanova. ¡¡Que feliz y despreocupada era mi alma entonces!! Hasta me parecía armoniosa la música hortera del piano y las hordas de turistas japoneses no me resultaban especialmente molestas.



Nuevamente presté atención al café, y otra vez volví, por un instante al presente, le agregué un poco de azúcar y adquirió un sabor dulce, igual que el que me solía tomar con pastelitos de almendra en la terraza del Argana en Marrackech, mirador y vigía de la plaza Jamaa el Fna, un lugar lleno de color y vida, punto de encuentro de contadores de historias, vendedores de pintorescos productos y encantadores de serpientes. Anteriores viajes me habían hecho mas cauto pero no tanto como para resistirme a enrollarme una serpiente al cuello a sugerencia de uno de los hipnotizadores de animales.



Pero el dulzor de mi boca desapareció, levanté la vista del periódico y me vi rodeado de estudiantes, al fondo había un busto de Heminway y a través de las cristaleras veía la plaza del Castillo. Estaba en el Iruña, muy cerca del hotel La Perla, donde solía alojarme cuando iba a visitar a mi hermana a Pamplona, entusiasta estudiante de periodismo en la ciudad en aquella época; cuantas cosas han cambiado desde entonces...
Volví a concentrarme en la lectura del periódico. En el diario había un artículo que homenajeaba al difunto Paco Umbral. De repente el escritor cobró vida y se dirigió a mí con un vaso de whisky en la mano. Estábamos al abrigo del lugar más intelectual de Madrid, el café Gijón, confidente de conspiraciones políticas y tertulias literarias.  Umbral me aseguraba, con su refinada grosería, que su secreto infalible para seducir a las ninfas era que sus lefas estaban siempre bien perfumadas. Imposturas de viejo loco, pensé, aunque tal vez estuviese más cuerdo que lo que yo podía prever en aquel momento.

Según cerré el periódico la estampa del escritor se diluyó, y de nuevo en el Dindurra, apuré el último sorbo de café y me pedí un chupito, tenía un gusto familiar, sabía a nostalgia y a tango. En el Tortoni de Buenos Aires hay un busto adosado a la pared que homenajea a Gardel y una mesa que sigue presidiendo el espectro de Borges, el inquietante poeta ciego,  creador de paradojas e incertidumbres, igual que los recuerdos que tengo asociados con ese lugar, primero calor y euforia y súbitamente sólo abandono y melancolía.


Un escalofrío recorrió mi cuerpo y me trajo de nuevo al mundo real, tomé otro trago e inmediatamente me tranquilicé y del tango pasó a sonar el vals. El mismo que escuchaba aquella fría tarde invernal en el café Prückel de Viena,  un lugar limpio y claro, de techo alto y grandes ventanales donde todo el mundo leía, tomaba dulces y permanecía un largo tiempo. En el cercano mercadillo vendían vino caliente y las luces de Navidad de la plaza eran por si mismas todo un gran espectáculo. Apetecía quedarse allí y languidecer todo el largo día, se estaba a resguardo y desde el lugar se podía ver confortablemente el mundo pasar, incluso si el día era gélido y lluvioso.

Estaba completamente traspuesto cuando el camarero del Dindurra se acercó y me entregó la cuenta, no obstante pronto reaccioné. Me levanté y salí por la puerta giratoria hacia el paseo de Begoña. En la calle los niños seguían jugando como siempre, igual que yo lo había hecho allí 30 años atrás, porque aunque muchas cosas sucedan dentro las paredes de los viejos cafés, estos siguen inmunes al paso del tiempo. Las paredes de piedra son mas resistentes que nuestra piel quebradiza,  los clientes. Los atuendos cambian pero los muros resisten y al final todo sigue igual.

sábado, 29 de marzo de 2014

DOLOROSO EPÍLOGO

Desde que todo acabó me siento muy perdido. No sé que busco porque me he quedado sin referencias. He probado diferentes distracciones, viajar,  redecorar mi casa, invertir… pero nada material me consuela, ni me alivia. Tampoco los besos que me animas a que robe a la noche me van a saber a nada, lo sé, y por el momento ni me lo planteo, no me siento con ánimos.

Antes de que tu buscases otros mares, tu llenabas todo mi horizonte futuro. Un Bali que ya nunca conoceremos juntos o rincones de París que jamás te podré mostrar. Caricias en el salón que no nos daremos. Confidencias y susurros al oído que no escucharé. Tu mirada ya no se juntará con la mía, ni tu risa contagiosa alegrará mi semblante. Fernandito, así lo pensábamos llamar, ya no existirá o tendrá unos nuevos papás y durante mucho tiempo en las reuniones familiares habrá una silla vacía y un hueco que no podré llenar.

Me quedo, no obstante, con toda la pasión y todos los besos y abrazos que hemos compartido, los muchos y buenos momentos que hemos vivido juntos y que se han metido sin remedio por todos los rincones de mi cuerpo y los surcos de mi corazón y que por más que me esfuerce nunca conseguiré sacar del todo. Escucharé fado y lloraré abrazado a mis recuerdos y esa angustia será mi compañera y mi consuelo durante mucho tiempo.

No se si esto es amar según tu lenguaje, siempre me reprochabas que no te lo decía con suficiente frecuencia, aunque creía demostrártelo, pero es absolutamente lo que siento y lo que he sentido siempre por ti.

Te echaré muchísimo de menos y otros muy próximos a mi se que también lo harán, aunque nunca lo demostrarán más que con un gesto, una sutil mirada o un esbozo de sonrisa, que, como nuestras fotografías, se quedará congelada en el tiempo…

martes, 25 de marzo de 2014

ALGO MÁS QUE UN VUELO

Justo se acababan de conocer en el avión. El destino les había colocado en dos asientos contiguos en el vuelo que unía Madrid con Nueva York, donde los dos, él y ella, habían planeado por separado pasar unos días haciendo turismo.
Comenzaron la protocolaria charla de desconocidos, generalmente breve e insulsa, con el ánimo de terminar pronto y echar una cabezada. Sin embargo, pronto comenzaron a brotar las palabras y a fluir las frases. Y así, en el transcurso de las 8 horas de vuelo pasaron de la cordial sonrisa o el aséptico consejo sobre que lugar visitar, ( - ¡Mejor Macy´s que Twenty First Century!;  cenar en Elly ´s Stardust, ¡Imprescindible¡- ), a la risa cómplice o a las confidencias íntimas sobre amores, desamores y los distintos laberintos por los que les había llevado la vida, para al final acabar siempre en el punto de inicio, solos, desorientados y cada vez más agotados.
Cuando estaban a punto de aterrizar en el JFK ya carcajeaban y se reían de sus presuntas desdichas. En realidad, ninguno de los dos, sobre todo ella, era aún tan viejo ni tan desdichado y compartidas sus penas parecían desaparecer.
El avión se posó en tierra. Tocaba despedirse y ninguno sabía como hacerlo, cuál era la frase adecuada, la palabra precisa o el gesto oportuno, y por eso decidieron quedarse juntos, no sólo para compartir la visita a la gran manzana, sino para siempre.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

RECORDAR SEGÚN FUNES

Ayer domingo, demolido, castigado por otra noche de sábado sin sentido de la que, tal vez por fortuna, ya no podía recordar absolutamente nada, de nuevo volví a pensar en su suave y embriagadora mirada y me recreé recordando toda nuestra historia, ya tan lejana en el tiempo pero tan fresca en mi memoria.
Según Borges sólo un tal Funes, ya fallecido y conocido como el memorioso, tenía derecho a conjugar el verbo recordar, por lo visto aquel tipo era capaz de reproducir cada último detalle o experiencia de su vida o recordar, palabra por palabra, libros enteros que había leído una sola vez.
Borges concluía que Funes estaba atrapado en sus recuerdos, pues era incapaz de abstraerse, crear conceptos o hacer generalizaciones ( el perro que recordaba a las 5,15 era para él distinto del mismo perro a las 6,15 ).Esta situación me resulta extrañamente familiar.
Cuando pienso en nuestros momentos juntos me sucede exactamente lo mismo. El beso de las 3 y 42 minutos sabía distinto que el de la 3 y 45. Su aroma aún me embriagaba más a las 10 y 28 que a las 9 y 45. La emoción era distinta cuando me esperaba con el vestido rojo que cuando lo hacía con el azul. Su sonrisa era diferente cada vez, pues tenía matices y timbres infinitos.No fue lo mismo pasear con ella por Salamanca que por Oxford. Londres con ella resultaba luminoso, Madrid ordenado y Bangkok cercano, familiar y apacible. En cada momento y lugar sentía una indescriptible paz y ternura.Cada instante con ella era único, transcendente y digno de permanecer grabado para siempre en mi mente. En mi recuerdo están cada escorzo, cada matiz, cada caricia, cada palabra, y ahí deben de seguir.Puedo recordar días enteros con ella y sentir de nuevo su magia oriental, que importa si ahora hay largas noches para olvidar.

sábado, 25 de septiembre de 2010

HISTORIA DE UN ADIOS

Aquello parecía el cierre de una etapa. Hacía un gélido frío en Ámsterdam cuando lleno de dudas volé desde Schipol al aeropuerto del Norte, previa escala en Madrid.
La sala de espera de los Rodeos, menos concurrido que el aeropuerto del Sur, el cual solía utilizar cuando venía directamente de mi tierra, ofrecía mejores vistas y más sosiego. Esta vez ni siquiera me impacienté por la espera.
Algo había cambiado en el paisaje y la ilusión se terminaba igual que el frescor de un otoño que languidecía marchitaba los brotes que la primavera había traído perfumados y frescos.
Llegó como siempre agradable y cariñosa pero se había acabado la frescura de antaño, el destello de sus ojos se había apagado, su sonrisa, de la que ahora se sentía tan orgullosa parecía más artificial que nunca, su energía se había evaporado, por el cansancio del trabajo según me dijo.
Tan solo unos meses juntos y ya sentía el hastío y el desgaste de toda una eternidad.
Elegimos un magnífico y apartado restaurante francés para cenar, El Refugio de María, en el frondoso valle de la Orotava. Fue una desapasionada velada en una casa rústica con un trato exquisito. Ya ni recuerdo que cenamos pero de lo que estoy seguro es de que pedimos vino del país en vez de una especialidad francesa, siempre lo hacíamos así.
La conversación fue fluida pero carente de pasión, oíamos palabras sin escuchar sentimientos, ya no nos susurrábamos nada al oído, nos mirábamos y ya no nos veíamos, le acariciaba la mano y ya no sentía su ternura, olía su perfume y ya no quedaba impregnado de su hechizo. En ese momento supe que estaba todo perdido. Nada podía reprocharle, simplemente éramos dos burbujas que se separaban como pompas de jabón volando cada una en busca de su destino, sin dañarse pese a al fragilidad de sus estructuras.
Disciplinadamente traté de cumplir el protocolo marcado para el fin de semana.
El viernes por la mañana ella trabajaba y me acerqué en autobús a La Laguna, que aún no había tenido la oportunidad de conocer de día. Su zona histórica me pareció francamente interesante, edificios de piedra y miradores, antiguas iglesias y una torre a la que subí por una estrecha escalera.
A la bajada paré a tomar un café en una terraza cercana al mercado viejo, estaba fresco y tuve que refugiarme en el interior del local, no era un lugar acogedor, lúgubre y oscuro, no obstante hice algo de tiempo leyendo los periódicos locales. Mientras los ojeaba me di cuenta de que sabía más de lo que yo mismo me imaginaba sobre la vida política y social de la isla. Incluso empezaban a interesarme sus pequeñas reivindicaciones y batallas. Demasiado tarde, sin duda.
Por fin ella llegó, fuimos a comer a La Casa Encantada, un sitio estupendo, volvimos a pedir un buen vino de la tierra y una sama con unas papitas arrugadas. Siempre me había gustado salir a comer con ella. Era una liturgia con la que ambos llegábamos a sentir gran complicidad. Aunque de una forma distinta, menos profunda, llegué a disfrutar de nuevo de su conversación y su compañía, tal vez sólo porque intuía que esta sería la última vez.
Paseamos por la zona antigua y vimos que en un entoldado estaban presentando vinos de la zona, entramos y allí se encontró con unas amigas, chicas muy simpáticas que yo ya conocía bien. Uno de los productores nos invitó a visitar su bodega, a ella le encantó, le gustaba ese mundo por tradición familiar. Quedamos en ir todos juntos al día siguiente.
No madrugamos. Era sábado y la visita estaba prevista para el mediodía. Desayunamos con calma y cogimos el coche, paramos para recoger a las dos amigas que nos acompañarían y pusimos rumbo a la bodega.
Sin estar distantes parecíamos distanciados, ni en la mesa nos sentamos juntos. Yo me fijé más en los antiguos toneles y en la plantación de alrededor del edificio dónde me las arreglé para sacarme fotografías. Ella se quedó más tiempo con sus amigas en la terraza.
De allí fuimos todos juntos a un guachinche y después a una remota playa en un acantilado. Me esforzaba por hablar y sonreír pero a diferencia de otras ocasiones y de la inmejorable predisposición de nuestras acompañantes llegué a encontrarme extraño y aislado, ajeno a todo. Me sentí muy aliviado cuando pensó que sería mejor no salir de marcha esa noche. Estaba agotado psicológicamente.
Al día siguiente fuimos a una tranquila playa del sur, frente a unas casitas blancas y un tenderete donde vendían cerveza. Fue la última vez que hicimos algo juntos y pese a que estaba algo fresco nos dimos un largo baño. Me dejaba llevar, el final era irremediable pero no sufría, simplemente veía que nuestro tiempo juntos se extinguía.
Ya en casa vimos un rato la televisión, antes de acostarnos hablamos, todavía conseguimos sonreír una última vez juntos, tal vez un reflejo del pasado.
Al día siguiente me acercó hasta el aeropuerto. Tras facturar la maleta le pregunté si no le parecía que vivíamos en dos mundos demasiado opuestos. No me respondió nada convincente. Al coger el avión supe que ya no volvería nunca más a la isla.
Pronto me enteré que ella también tenía la decisión tomada.

viernes, 11 de septiembre de 2009

VIAJE AL ABISMO

Ranón me ha dado más de un disgusto y llegué a Barajas con mucha antelación para coger el enlace a Londres. Entretuve la espera charlando con unas chicas gallegas que también iban una temporada al Reino Unido, pero ellas sólo por un mes. Al mediodía embarcábamos en el avión pero aún estuvimos casi dos horas esperando a que el aparato despegase. Nos dijeron que había una avería en el circuito del aire acondicionado. Evidentemente nadie se lo creyó pero confiamos en que no iniciaríamos el viaje sin haber solucionado convenientemente el problema cualquiera que este fuese. A eso de las dos de la tarde despegamos por fin. Tenía asiento de ventanilla pero no veía más que nubes, así y todo, el trayecto se me hizo corto.
Nada más aterrizar en Gatwick noté tensión, demasiada policía, incluso para el Reino Unido, y me extrañó el desconcierto, que yo, en mi ignorancia achaqué a la obsolescencia y mala organización del aeropuerto.Para acceder a la estación de autobuses se debía bajar varios niveles por una laberíntica rampa y para llegar a la taquilla de nuevo había escaleras. Me acerqué al mostrador. La chica que me atendió parecía distraída. Le pedí un billete para Cardiff y me sonrió de forma artificial. Aunque los británicos son peculiares y nunca dejarán de sorprenderme, se palpaba que sucedía algo especial. Todo el mundo estaba conectado a una frecuencia que yo era incapaz de sintonizar. Mientras esperaba por el autobús telefoneé a mi casa. Mi padre parecía especialmente contento por mi llamada. De un modo confuso me explicó que se había producido un atentado en Nueva York. La conversación fue corta y, desde luego, no quiso o no acertó a describirme la magnitud de la tragedia. ¡Que horror! Otro atentado, vivimos en un mundo demasiado convulso, pensé sin más.En el autobús no viajaba casi nadie y conseguí dormir buena parte del trayecto. Llegué a Cardiff cansado y ya bastante tarde.
Sergio, antiguo compañero de universidad y durante los siguientes meses de piso, me esperaba y me empezó a explicar la verdadera dimensión de lo que había pasado. Unos terroristas había estrellado unos aviones contra las torres gemelas y el pentágono. No daba crédito a lo que escuchaba. Las caras de preocupación del aeropuerto empezaban ahora a cobrar sentido. Antes de acostarme aún pude ver en la BBC imágenes de la tragedia. Rostros inocentes aparecían desfigurados entre los escombros, familias destrozadas lloraban la pérdida de sus seres queridos y héroes anónimos trataban impotentes de poner remedio a tanto mal. Lo mejor y lo peor de los seres humanos se mostraba abruptamente en aquella imágenes.
A pesar del cansancio aquella noche no pegué ojo y no precisamente porque extrañase la cama. No me quitaba de la cabeza toda aquella matanza. La sin razón golpea aleatoriamente. Me daba vértigo pensar la fina línea que separa la vida de la muerte. Cualquier pasajero pudo ser una posible víctima y coger el vuelo equivocado un viaje al abismo. ¿Qué clase de fanatismo podría llevar a cometer un acto cómo éste? No hay argumento racional ni moral que justifique el sacrificio de vidas humanas. El nombre de Alá se utiliza impunemente para dar cobertura a regímenes totalitarios, a los afanes expansionistas de crueles megalómanos, al maltrato y mutilación de mujeres, a la persecución del diferente. Ninguna religión ni ideología puede excusar comportamientos criminales. En el medievo, el Islam tolerante y avanzado de la Córdoba califal de Averroes o Avicena alcanzó unas cotas de desarrollo envidiado por los primitivos reinos cristianos de su entorno. El mal no está en la religión misma sino en la restricción de libertades, el fomento del odio, el pensamiento único y el fundamentalismo.
Los inspiradores del atentado han tenido sin duda un éxito rotundo. Desde aquel 11 de septiembre del 2001 nada ha vuelto a ser lo mismo. Ese día supuso el fin de la inocencia, las libertades, incluso en occidente, se han restringido notablemente y todos nos sentimos más desamparados. El placer de volar ya no es tan puro. En nuestro subconsciente ha quedado el poso del dolor y la incertidumbre.

jueves, 12 de marzo de 2009

GIJON EN EL RECUERDO

 Tal vez sea producto de la distancia, ya que el paso del tiempo da a nuestros recuerdos un poso brumoso y mágico, igual que el de las fotografías que amarillean; pero me da la sensación de que Gijón ha perdido gran parte de su aroma tradicional. Los barrios ya no tienen el tipismo que los caracterizaba antaño. Se han homogeneizado y unificado. Todos escuchan la misma voz y suenan a lo mismo.
Recuerdo mi infancia en el barrio del Carmen, en el singular ambiente en que me crié, entre los fogones del restaurante que regentaban mis padres, un lugar no siempre placentero, poco acogedor y ciertamente nada apropiado para un niño pero lleno de vivacidad y de singular riqueza.
Recuerdo con nostalgia a los curiosos personajes que solían frecuentar nuestro establecimiento. Eran únicos, auténticos e irrepetibles; últimos representantes de un mundo pasado que ya no volverá.
Recuerdo a un anciano que se hacía llamar Carlitos de Gijón, un cantante frustrado en su juventud que, ya viejo, pretendía ganarse la vida cantando por los bares aunque en realidad era un pobre hombre fantasioso y sin ingresos. Venía casi a diario y el trato era un menú gratis a cambio de llenar el local de clientes con su voz. Sus añejos tangos no eran ningún estímulo para atraer a nuevos clientes. En realidad se le permitía cantar un par de canciones para alimentar su ego y se le proporcionaba algo de comer para hacer lo propio con su diminuto cuerpo sólo por caridad. En agradecimiento a la habitual generosidad mis padres, siempre frenéticos y demasiado atareados, Carlitos me llevaba al circo o a ver los trenes de la cercana estación. Cuando se apeaba alguna chica joven la piropeaba elegantemente con su porte de trasnochado don Juan otoñal de traje raído.
Recuerdo a Barón, el marinero forzudo, del que hubo expuesta largo tiempo una foto en una tienda de la calle San Antonio. Stallone era a su lado un aprendiz. Su cuerpo estaba decorado con llamativos tatuajes, no tan comunes en aquel entonces, que a mí me fascinaban. Cuando soplaba sobre su dedo pulgar, de un modo circense, original y muy característico, la musculatura de su vigoroso brazo parecía hincharse aún más. Presumía de aguantar en la cubierta de un barco a menos veinte grados o de haber sufrido intentos de violación por apasionadas amazonas en exóticos países. Al llegar el mes de enero se cubria con una chaqueta para protegerse del frio aunque el insistía en que era para evitar accidentes de circulación ya de lo contrario los conductores y conductoras (enfatizaba el femenino, aunque entonces no se estilaba el lenguaje políticamente correcto) se despistaban viendo su portentosa musculatura desafiando las inclemencias meteorológicas.
Recuerdo a las pescaderas de la plaza, antes de que esta pasase a ser un edificio administrativo. Las recuerdo vender en la calle la mercancía, con su voz chillona o regateando con mi padre el precio del bocarte o de la sardina, siempre tan pintadas y descaradas, muchas veces a cargo de una abundante prole y maridos viciosos y chulescos a los que ellas proveían, en una especie de macabra competición, de toda clase de lujuriosos caprichos.
Recuerdo a Esperanza Sorribas en la cocina del restaurante, aún con sus aires de condesa arruinada que muy pronto el tiempo y la locura arrebatarían, escogiendo comida entre las sobras del día para alimentar a sus gatos y palomas. Era ingeniosa y se decía poetisa. Trataba de pagar el favor con un collar de “fantasía” para mis hermanas de mucho colorido e ínfimo coste. Les decía, cuando se lo entregaba, que las mujeres ya que no tenían nuez debían de tener avellana. Nunca llegué a entender lo que quería decir con eso. Espero algún día poder descubrirlo.
Recuerdo a “Luarca”, alcohólico, desaliñado y paupérrimo limpiabotas. Le permitían guardar la aparatosa caja de madera que utilizaba y sus betunes en el almacén del restaurante y a veces realizaba algún servicio en un rincón del bar; se esmeraba en dejar los zapatos de sus clientes bien relucientes y alguno le ofrecía dinero extra con la condición de que sólo se lo gastase en vino. El hombre hacía un gesto de resignación y corría a la barra del bar a cumplir su parte del trato.
Recuerdo a don Luis, ex combatiente de la división azul, con su sol y sombra en la mano clamando bravatas y retando a don Carlos, párroco de la iglesia y habitual a la partida de cartas de la tarde en el bar, por irreconciliables desavenencias políticas. ¡Un cura comunista!. ¡Qué gran blasfemia!. Durante años el sacerdote fue capaz de ignorar las afrentas y afortunadamente la sangré jamás llegó al río, por algo era la época de la guerra fría.
Recuerdo a Magdaleno, hijo de Magdalena, trastornado por el ruido y las malas compañías, estrellando su cuatro latas contra la luna de la peluquería de la esquina a horas intempestivas, del estruendo, del estrépito, del bullicio; de las carcajadas de algunos y de los alaridos de su madre.
Recuerdo dormirme en el mirador de mi casa, justo encima del restaurante, arrullado por los fascinantes sonidos que provenían de la calle; la llamada del afilador, los cantarines de algún sidrero, o los lejanos ecos de las discusiones entre chulos y fulanas.
No soy de los que piensa que cualquier tiempo pasado fue necesariamente mejor, el montaje era más simple y los personajes más ingenuos pero las peripecias eran mucho más descarnadas.
Recuerdo al monstruoso carbonero, al que un día descubrí robando sacos y me amenazó de muerte o el día en que unos desaprensivos prendieron fuego al carro del trapero o también del día que algún sádico decidió cortarle las orejas a la amistosa perra del garaje.
Recuerdo muchas cosas, demasiadas, para los límites de lo que sólo pretende ser una sencilla bitácora.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

UNIDOS DE LA MANO















La semana pasada supuso, para mi, un soplo de esa verdadera multiculturalidad que tanto hecho en falta en Gijón.
Días de animados encuentros entre bretones, escoceses, galeses y asturianos en una auténtica celebración de las tradiciones célticas con el permiso de algún invitado inglés, brasileño o castellano donde el don de lenguas, la curiosidad y el desenfado parecían ser los atributos comunes de la mayor parte de los jóvenes invitados.
La atmósfera me llegó a recordar a mi enriquecedora etapa de estudiante en Cardiff, donde este tipo de encuentros eran cotidianos, suponiendo en mi caso el acontecimiento un genial cambio de escenario sin necesidad de salir de la ciudad, de modo que por una vez la montaña venía a Mahoma.
Así pues, y tras dos o tres divertidas jornadas llenas de sorpresas para todos; un asturiano escanciaba sidra mientras un escocés explicaba lo que significaba el Kilt en su cultura o el bretón rompía un cubito de hielo sobre la cabeza de algún inglés, llegó el acontecimiento que a todos no había reunido en la ciudad, el enlace matrimonial entre una asturiana ( en este caso mi hermana ), y un escocés.
Los británicos acudieron al evento, previsto para las 5,30 de la tarde, con su tradicional kilt realizando una especie de procesión desde el hotel donde se alojaban la mayoría hasta la iglesia de la ceremonia. Al frente de la original comitiva un personaje encantador y entrañable, Robert, gaitero de Kelzo, que con sus atemporales melodías, conseguía crear la adecuada atmósfera de contenida alegría y respeto por las arraigadas tradiciones.
Ya en la iglesia se cambio la música celta por la sacra y sólo la belleza de la novia y alguna de las invitadas conseguía restar algo de protagonismo a los vistosos trajes regionales de los escoceses.
En su sermón el sacerdote volvió a insistir en la idea de que las procedencias podían ser múltiples pero la divinidad una sola y que el orgullo por lo nuestro pero el respeto por lo ajeno debían de guiar nuestra conducta.
De nuevo en el exterior serpentinas, pétalos de rosa y nada de chabacano arroz. Más música de gaita, a veces escocesa, otras veces asturiana y un día espléndido para acompañarnos al banquete.
Desde la terraza del restaurante Bellavista magnificas puestas de sol para hacer honor a su nombre y delicioso y abundantísimo aperitivo en el que continuaron surgiendo risas y complicidades entre los invitados de las distintas procedencias.
El banquete que comenzó cerca de las 9,30 consistió en una interminable sucesión de sabrosos platos que consiguió que hasta el equipo de rugby de Aberdeen rechazase un segundo plato, por primera vez en su historia....
Tras la comida y siguiendo en este caso una tradición británica, se pasó a la lectura de discursos. El novio estuvo en su doble versión, castellano e inglés, divertido y cariñoso. Los testigos, solo en versión inglesa, fueron genialmente mordaces, tal vez por fortuna, buena parte de los invitados de España no pudieron entender nada. Su delirante gracia estaba en su ironía, pero como suele ser habitual en estos casos el novio no salió muy bien parado.
Por último hizo su intervención el hermano de la novia en un discurso sentido y emocional que fue muy aplaudido, sobre todo en su versión inglesa y por el que, debido sin duda a la extraordinaria generosidad de la gente, recibí muchas alabanzas.
Tras el trago de la lectura pude relajarme y los novios, mi hermana y Neil, pasaron a cortar la tarta.
Después del postre, que en esta ocasión fueron dos, tocaba el momento de bajar tanta comida y nos dirigimos a la zona de baile y allí nos encotramos con otra pequeña sorpresa. Louise, una delicada y jovencísima bailarina nos deleitó con una danza gaélica en toda una demostración de resistencia física, coordinación y calidad técnica.
Tras esto el convencional baile donde se mezclaron los habituales ritmos de pop españoles con los británicos y la proverbial barra libre.
Cuando a eso de las 4 de la mañana la música enlatada desapareció, de nuevo Robert, el impagable gaitero, vino en nuestra ayuda. La pureza de su música despertó de lo más profundo de nuestro interior ancestrales ritmos y sones.
Más de la mitad de los invitados ya se había ido, pero los que aún quedábamos empezamos a entrelazar con fuerza nuestros brazos, dábamos vueltas y una vez alcanzada la velocidad necesaria nos soltábamos para volver a coger de nuevo a quien tuviésemos más cerca en una suerte de enloquecido baile celta. Cuando las energías empezaban a decaer todos comenzamos a hacer un circulo y con los brazos en alto nos cogimos de la mano para bailar la danza prima mientras cantábamos el Asturias patria querida. En el centro haciendo un pequeño círculo estaban los novios y los padres de ambos. Rodeándolos un abigarrado grupo de gente de distintas edades, nacionalidades y procedencias que habían unido sus manos para celebrar algo único y especial, el imparable poder de un desbocado torrente que desborda barreras y prejuicios, la incontenible fuerza del amor.

jueves, 31 de julio de 2008

GLOBALIZADOS

Los jueves acostumbro a tomar un kebap en el turco que hay cerca de la playa. El camarero de Bangla Desh ya sabe las salsas que más me gustan y está casi tan rico como los que solía tomar en Inglaterra, donde este tipo de negocios tiene una larga tradición. Sin embargo ese día me apetecía tomar una cerveza y el dueño, estrictamente musulmán, no sirve alcohol en su local.
Decidí, pues, ir al chino que hay en la esquina. Allí entre escuálidas bellezas de ojos rasgados, probando esencias, aromas y sonidos de esa cultura milenaria desde siempre encerrada en si misma, caí en la cuenta de la gran transformación que se ha producido en nuestra sociedad en apenas una década.
Lo que a Marco Polo le costó, sufrimiento, incertidumbre, años de viaje, peligros infinitos y la incredulidad de sus coetáneos que lo acabaron tomando por loco y encerrando en una celda, hoy se puede disfrutar a cinco minutos de nuestras casas.Aún haciéndome estas reflexiones, ya en la calle, a la salida del restaurante, un fornido y sonriente africano de los que no hace tantos años causaría estupor, o al menos sorpresa, en alguna no tan apartada aldea, me ofrece con toda naturalidad las últimas novedades en DVD, todas americanas, por supuesto.
No estoy interesado y enseña la mercancía a otro transeúnte, en este caso un otoñal galán de chaleco amarillo y roída gabardina que tampoco le presta ninguna atención ya que su mirada está fija en dos desaliñadas rumanas. El buen señor parece más proclive a dejarse seducir por los soeces guiños de las dos muchachas, presumiblemente de la etnia gitana, ansiosas de dar un buen escarmiento a la, tal vez, no tan inocente vanidad del anciano.
Llego a casa todavía sonriendo y, tal y como hago todas las noches, me conecto a Internet. Entre mis contactos encuentro gente muy diversa que he conocido a lo largo de todos estos años, los hay de Grecia, Alemania, Lituania, Perú o China. La telaraña de la red consigue que las amistades no se elijan en función de criterios étnicos o geográficos. La gente se agrupa por afinidades simpatías o formas de entender el mundo.Definitivamente nuestro planeta se ha aplanado y democratizado, los lujos antes al alcance de unos pocos privilegiados hoy son accesibles para todos.
Esto nos proporciona grandes ventajas pero, a la vez, nuevas responsabilidades y retos que afrontar.El obrero chino compite con el alemán. El informático americano colabora con el hindú. Al arquitecto coreano le surge competencia en España.Las intangibles barreras que Occidente había creado para proteger su way of life caen con más estrépito que el muro de Berlín.
El proceso ya ha comenzado y lo más inteligente es sacar el máximo provecho de este nuevo entorno. No seamos tan vanidosos como mi maduro vecino y actuemos con prudencia y respeto. Las nuevas culturas tienen mucho que aportar, aprendamos humildemente todo lo bueno que nos ofrecen y descartemos solo aquello que realmente sea dañino deshonesto o cruel.Es hora de dejar de hacer lo rutinario y aburrido, vamos a tener el placer de enfrentarnos con fantásticos, desconocidos y excitantes retos. Nuevos amigos, oportunidades y horizontes nos esperan allende los mares.