Setenil de las Bodegas con una población de unos 3.000 habitanates es el último pueblo blanco que encontramos en la ruta de la sierra de Cádiz.
Está formado geológicamente por el tajo del rio Guadalporcún, nace entre las rocas y parece abrazarlas. Las viviendas se acomodan en las cuevas, templadas por el invierno y frescas por el verano, conformando un tipo pelculiar de arquitectura conocida como abrigo entre las rocas.
Las calles, a distintos niveles, son auténticos desfiladeros que se adaptan a la fisonomía de la roca con algún punto donde el cielo parece querer caer encima de nosotros como en la calle conocida como cueva de las sombras.
Las cuevas parece ser que ya estaban habitadas desde épocas prehistóricas, el pueblo fue también un baluarte imortante para el reino Nazarí de Granada hasta su caida en 1484 ( 8 años antes de la la reconquista definitiva del reino )y en épocas más recientes fue refugio de bandoleros..
De finales del siglo XV quedan en pie restos de la fortaleza así como la torre del homenaje y la iglesia de Santa María de la Encarnación construida sobre la antigua mezquita mayor.
En este entramado singular hay calles de sol y otras de sombra y privilegiados miradores que permiten contemplar magníficas panorámicas.
Setenil es un lugar de escondites, recobecos y sorpresas. Un capricho de la naturaleza y una arquitectura que se ha adaptado a la misma durante generaciones para crear un pueblo singular con una estampa única.
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sábado, 20 de marzo de 2021
jueves, 18 de marzo de 2021
EL MONASTERIO DE PIEDRA
De viaje a Zaragoza, y tras mucho dudar, decidí dedicar un día a visitar el Monasterio de Piedra. Ya lo conocía y temía humillar esos borrosos e idílicos recuerdos que uno asocia con su niñez. Al visitarlo, a mediados de los 80, me había parecido el lugar más hermoso que uno pueda tan siquiera imaginar.
Ya de adulto, y tras haber visitado cascadas tan imponentes como Iguazú, Niágara o Gullfoss temía que el escenario real no estuviese al nivel de las imágenes que mi cerebro proyectaba y eso supondría degradar mi niñez, mancillar mi pasado.
Y, evidentemente cosas cambiaron. El largo recorrido por la nacional de Zaragoza a Calatayud, única via disponible en aquel entonces, mientras mi padre cantaba una canción sobre una tal Dolores se me hizo interminable en aquel primer viaje. Para colmo en el pueblo nadie parecía saber nada de la ínclita Dolores. En esta ocasión el rápido viaje por la autovía me pareció un corto paseo, y en Calatayud no solo pude apreciar la guarida de la acogedora Dolores sino unos extraordinarios edificios de estilo mudejar. No cabe duda de que me apliqué en el estudio de la historia del arte en el Bachillerato y de algo debía de servir.
El extraordinario zigzaguear entre los pueblecitos de montaña entre los que destacaría Nuévalos me pareció en ambos casos apasionante, y finalmente el impacto de las cataratas no me defraudó en absoluto.
Esa perfecta armonía que los monjes cistercienses lograron entre lo natural y lo humano para tratar de encontrar plenitud y trascendencia en el mundo real cuando paseaban o meditaban alrededor del monasterio continuaba igual de vigente no sólo que cuando conocí el lugar treinta años atrás, sino igual que casi mil años cuando el conjunto fue diseñado y construido. Son lugares inmortales, inmunes al paso del tiempo.
Ya de adulto, y tras haber visitado cascadas tan imponentes como Iguazú, Niágara o Gullfoss temía que el escenario real no estuviese al nivel de las imágenes que mi cerebro proyectaba y eso supondría degradar mi niñez, mancillar mi pasado.
Y, evidentemente cosas cambiaron. El largo recorrido por la nacional de Zaragoza a Calatayud, única via disponible en aquel entonces, mientras mi padre cantaba una canción sobre una tal Dolores se me hizo interminable en aquel primer viaje. Para colmo en el pueblo nadie parecía saber nada de la ínclita Dolores. En esta ocasión el rápido viaje por la autovía me pareció un corto paseo, y en Calatayud no solo pude apreciar la guarida de la acogedora Dolores sino unos extraordinarios edificios de estilo mudejar. No cabe duda de que me apliqué en el estudio de la historia del arte en el Bachillerato y de algo debía de servir.
El extraordinario zigzaguear entre los pueblecitos de montaña entre los que destacaría Nuévalos me pareció en ambos casos apasionante, y finalmente el impacto de las cataratas no me defraudó en absoluto.
Esa perfecta armonía que los monjes cistercienses lograron entre lo natural y lo humano para tratar de encontrar plenitud y trascendencia en el mundo real cuando paseaban o meditaban alrededor del monasterio continuaba igual de vigente no sólo que cuando conocí el lugar treinta años atrás, sino igual que casi mil años cuando el conjunto fue diseñado y construido. Son lugares inmortales, inmunes al paso del tiempo.
Otra vez fue maravilloso deslizarme entre gruta Iris por detrás de las cascadas y luego contemplar la llamada Cola de Caballo. No importa que en Islandia atronaran con más contundencia; estas sonaban más delicadas.
Los hilos de agua adornaban las rocas convirtiendo al tosco rio Piedra en filigrana, en una delicada pieza de orfebrería. El reflejo de sus aguas mansas en otras zonas del recinto proyectaban una versión enbellecida de la naturaleza circundante.
El nombre de los saltos, Baño de Diana, Caprichosa o Iris o la historia de la iglesia gótica parcialmente arrasada por el fuego y de la que aún se conserva un magnífico claustro y un estimable calefactorio son ya anécdotas que tal vez acabe olvidando pero la delicada atmósfera del Monasterio de Piedra es uno de esos parajes hermosos que uno debe de conservar en su memoria para refugiarse en él cuando todo comience a desmoronarse a nuestro alrededor. Inolvidable e imprescindible.
Los hilos de agua adornaban las rocas convirtiendo al tosco rio Piedra en filigrana, en una delicada pieza de orfebrería. El reflejo de sus aguas mansas en otras zonas del recinto proyectaban una versión enbellecida de la naturaleza circundante.
El nombre de los saltos, Baño de Diana, Caprichosa o Iris o la historia de la iglesia gótica parcialmente arrasada por el fuego y de la que aún se conserva un magnífico claustro y un estimable calefactorio son ya anécdotas que tal vez acabe olvidando pero la delicada atmósfera del Monasterio de Piedra es uno de esos parajes hermosos que uno debe de conservar en su memoria para refugiarse en él cuando todo comience a desmoronarse a nuestro alrededor. Inolvidable e imprescindible.
miércoles, 3 de mayo de 2017
LISBOA

El sol bañaba la plaza del Comercio. El día, recién llegados de latitudes más septentrionales, nos resultaba demasiado caluroso y húmedo. Aquel atrayente y vetusto tranvía amarillo se convirtió en la mejor opción para visitar las colinas que configuran la fisonomía lisboeta. Fue montar en el y empezar a sentir su acariciador y suave traquetreo. Era sorprendente ver como el ya centenario electrico, en un admirable ejercicio de equilibrio, conseguía zigzaguear por imposibles callejuelas. Las esquinas de algunas de aquellas casas de celeste azulejo y crepuscular belleza estaban limadas para facilitar el paso del tranvía. La dignidad de aquellas hermosas, decadentes y atemporales viviendas resistiendo el paso del tiempo era absolutamente sobrecogedora. Desde la ventana se veía a una nodriza africana de uniforme paseando el hijo de algún hacendado lusitano o unos simpáticos pilluelos tratando del coger el tranvía en marcha, maniobra especialmente peligrosa dada la estrechez de las calles.
Tras una ensoñación que duró 90 minutos para mi reloj y no se ya si un instante o toda una eternidad para mi alma, estabamos de vuelta en la plaza del Comercio. Una parada en una terraza nos ayudó a reponer fuerzas. Algunos oportunistas insistieron vendernos esa otra clase de chocolate o unas Ray Ban de imitación.Obstinadamente rehusamos y pedimos una cerveza portuguesa. Nos sirvieron una Bock, algo amarga pero muy refrescante.
Una delicia justo antes de toparnos con otra auténtica maravilla, el mirador de Santa Justa, Torre Eiffel en miniatura, encantador artefacto decimononico cuya mayor utilidad es permitir contemplar a los turistas fantásticas vistas del Tajo, los barrios antiguos de Lisboa y las ruinas del convento de Carmo, edificio semi derruido, sin reconstruir desde el terremoto de 1755 y verdadero homenaje al Portugal de antes del cataclismo, ese menguado pueblo de navegantes visionarios que puso sus factorías comerciales en Goa, Malaca, Macao o Belo Horizonte. Tras bajar la colina empezamos a deambular sin rumbo fijo hasta que, tras subir la enésima cuesta, nos encontramos con la Se.
Habíamos llegado al barrio más pintoresco del Lisboa, la Alfama. El bullicio y el colorido volvían a confundirnos. Paseamos y compramos unos recuerdos hasta que, subitamente, la noche cayó sobre la ciudad. De repente el vital y concurrido barrio quedó en total soledad. Tan solo los tendales con ropa aún fresca nos advertían de que las ruinosas y desvencijadas casas aún seguían estando habitadas, pero la gente parecía haber desaparecido. Por entre las empinadas y estrechas callejuelas nos topamos con una pequeña taberna. A pesar de que exteriormente no era más que otro achacoso edificio el hambre apretaba y decidimos entrar. Nada más traspasar la puerta una atmósfera mágica nos envolvió. El lugar, sin ser lujoso, era realmente acogedor. una señora de mediana edad de porte aristocrático nos invitó a tomar asiento. El comedor no tenía más de 10 mesas. Las laterales estaban ocupadas, así que pasamos a ocupar una de las centrales. Nos sugirieron unos entrantes y vino de Oporto y de segundo elegimos bacalao. Aún no habíamos empezado a degustar tan deliciosos manjares cuando un angelical sonido se metió hasta el fondo de mis entrañas sacudiendo mi alma y mi cuerpo. Nuestra anfitriona de madura y espiritual belleza cantaba para nosotros. Era una canción triste y envolvente que hablaba de bohemios embriagados de pasión en busca de paraisos perdidos. Era el FADO, un destino ya marcado al que unos soñadores inconformistas trataban de enfrentarse con las desiguales armas que les proporcionaba Orfeo. Después escuchamos una oronda africana de alma castigada, cargada de profundidad y de arte, desde entonces me volví completamente fadista y el desgarro y la saudade me dan lucidez y tristeza, fuerza y melancolía, amor y desamparo pero, sobre todo, dolorosa clarividencia.
Tras esa mágica revelación la introspeción, el sentimiento duradero y profundo y la emoción contenida se convirtieron en motores de mi vida aunque este torbellino interior manque, lastime y a veces me queme por dentro.Con ese estado de ánimo era el momento de tomar un tawny, subir al rufianesco Barrio Alto y perderse en la noche lisboeta.
lunes, 27 de abril de 2015
NEUSCHWANSTEIN, EL CASTILLO DEL REY LOCO.
En una época en la que los reinos desaparecían y los
castillos ya no tenían ningún valor defensivo, un soñador, un atormentado
personaje de otra época decide construir una fortaleza de estilo medieval.
Se trata del castillo de Neuschwanstein, enclavado en un paisaje de
ensueño solo accesible tras una buena caminata a pie (más de media hora por una empinada cuesta desde el punto donde me dejó autobús) o en carretas de caballo
habilitadas. Una edificación singular en la que pude sentir el escalofriante halo de la tragedia y el misterio.
Para ir entrando en situación, antes de llegar al castillo recomiendo acercarse por un sendero hasta el puente de Maria o Marienbrücke,
una espectacular pasarela sobre el barranco del Póllat que tiene las
mejores vistas del Castillo y los alrededores. A mediados del siglo XIX
se construyó un puente de madera que años más tarde fue sustituido por
uno de metal. Pasear a casi 100 metros de altura hizo que me sintiera completamente sumergido en el paisaje alpino, feliz de experimentar el vértigo de contemplar la armonía de la edificación y la naturaleza desde un mirador único.
El visionario personaje al que me refería anteriormente y que decide emprender la construcción de Neuschwanstein no puede ser más
controvertido, se trata de Luis II de
Baviera (1845-1886), un rey querido por el pueblo y despreciado por la
burguesía, que nunca encontró la paz ni
el cariño familiar, ni su lugar en el mundo, excesivo, dotado de una
sensibilidad infinita pero con un lado oscuro y aterrador.
El monarca, confidente de Sisi emperatriz, con una inusitada y
escandalosa admiración por el compositor Wagner, pésimo gestor, extenuado por no llegar a alcanzar nunca lo que se supone que debería de representar un rey, se refugia en un mundo
interior que es el que tratará de recrear en el castillo. Una obra de unos 20 años
que coincidirá más o menos con el periodo de su reinado, que va desde la
adolescencia a la cuarentena cuando fallece prematuramente y en
extrañas circunstancias.
El castillo, a imagen y semenjanza del monarca, representa un mundo atormentado, promiscuo, un
tanto aberrante pero muy sofisticado y lleno de riqueza visual.
El rey, especialemente en su última y oscura etapa, cuando el deterioro físico y psicológico era más que evidente, inspiró la leyenda de la Bella y
la bestia, un personaje atormentado y huidizo que se escondía en un lejano
castillo hechizado pero que desgraciadamente tal vez tenga más similitud con nuestro
contemporáneo Michel Jackson y su
estrafalario Neverland.
El vulgarmente conocido como rey Loco proyecta así una
construcción de ensueño rodeada por un hermoso paisaje, que compone un decorado
que no deja indiferente.
El ambicioso proyecto de Luis II de Baviera comenzó a tomar
forma en 1869 con el encargo del diseño del castillo a un escenógrafo teatral
que, según las ideas del rey, proyectó un espacio más estético que funcional con
guiños a todos sus iconos y fantasías; allí se homenajean desde los personajes
alegóricos más importantes de las obras de su querido Wagner a héroes de la
época medieval.
A pesar del aspecto medieval con el que se construyó el
castillo, éste incorporó numerosas modernidades para la época. Contaba con
calefacción central de aire caliente, luz eléctrica, agua corriente caliente y
fría, desagües automáticos e incluso una línea telefónica.
El castillo cuenta con 200 habitaciones entre las que destacan
llamativas estancias como la Sala del Trono (creado para glorificar el
reinado de la gracia de Dios y recargado de símbolos
religiosos y opulencia máxima para el lugar donde debería de haber
estado el trono del monarca con las mejores vistas panorámicas del paisaje alpino bávaro, incluido el vecino
castillo de Hohenschwangau, lagos y montañas), un lugar con más de 13 metros de altura y marmoles de carrara que seguro hizo suspirar al rey loco y a mi me dejó completamente anonadado. Otra sala llamativa es la de los Cantores (donde destacan numerosas pinturas murales de la leyenda de Parzifal y un espléndido escenario con arcos) y que a pesar de su gran tamaño y su escenario no estaba dedicada
a acoger fiestas de la corte. También podemos destacar el dormitorio del rey y la capilla,
realizados en estilo neogótico.
Imaginario, estrafalario y poético el castillo supone el exponente máximo de la
arquitectura romántica de final del siglo XIX caracterizada por su gran
eclépticismo y la superposición de distintos estilos arquitectónicos. Mientras paseaba por él una descarga de saudade y melancolía sacuidió mi alma, una de sus fachadas me recordó trajo a la mente el castillo de Sintra, de ingrato recuerdo para mi, con el que comparte estilo arquitectónico y el mismo espíritu dramático y torturado.
El monarca entregó su alma en el desmesurado proyecto pero este constituyó un sueño efímero ya que Luis II sólo llegó a habitarlo aproximadamente 100 días. Cuatro meses después de retirarse a vivir a su anhelado refugio (al que aún le quedaban muchas piezas por rematar y que aún hoy en día continúa inconcluso), el monarca perecío ahogado en un cercano lago en muy extrañas circunstancias.
El rey bávaro pretendía que tras su muerte Neuschwanstein, reflejo de su propia
intimidad, permaneciera siempre oculto de los ojos curiosos de los intrusos,
pero, paradojas del destino, abre al público en 1886, tan solo unas semanas
después de la muerte del rey, y dado su interés y relativa cercanía a Munich
(sólo a 130 kilómetros de la capital Bávara) recibe actualmente más de un millón de
visitantes al año. Aún peor, este castillo fue usado como inspiración y modelo para que el que se construyó en Disneylandia un siglo después.
Una muchedumbre profana diariamente la memoria del rey loco, que desazonado contemplará desde el más alla como escrutan los lugares más recónditos de su alma. El angustiado monarca no encontrará la paz ni después de muerto, trágico destino el suyo.
Una muchedumbre profana diariamente la memoria del rey loco, que desazonado contemplará desde el más alla como escrutan los lugares más recónditos de su alma. El angustiado monarca no encontrará la paz ni después de muerto, trágico destino el suyo.
martes, 11 de febrero de 2014
LA RUTA DE LAS XANAS
El desfiladero de las xanas se encuentra entre los concejos asturianos de Santo Adriano, Proaza y Quirós, su punto de inicio no está muy distante del de la ruta del oso y podemos considerarla un auténtico monumento paisajístico que capta como pocos la belleza de este rincón del norte de España.
Su nombre hace honor a las xanas, hadas de lasfuentes en la mitología astur.
La senda fue tallada en la roca, en un antiguo proyecto para conectar por carretera, allá por los años 30 del pasado siglo, los pueblos de Pedroveya, Rebollada y Dosango con el valle del Trubia.
El proyecto se abandonó, pero los trabajos y perforaciones en la roca permitieron hablitar la senda.
La ruta no es excesivamente larga ni exigente, apenas 4 kilómetros, sin embargo es sumamente entretenida y variada.
En nuestro caminar hacia Pedroveya, iremos atravesando varios túneles esculpidos en la piedra, puentes y una gran variedad de paisajes.
Tras una pequeña garganta de piedra y un túnel comienzan los precipicios y los mayores desniveles, que así y todo nunca llegan a ser excesivos.
El paisaje es muy pedregoso y es asombroso ver los arbolillos colgantes suspendidos en el vacío por capricho de la naturaleza. El cauce del río se escucha de fondo porque la fuerza del torrente es brutal, pero la densidad de la masa forestal impide ver una sola gota de agua blanca.
El sendero dibuja las laderas de la montaña y llega a la parte mas escarpada y emocionante del desfiladero.
La senda sale del estrecho y se interna en un espeso bosque lleno de vida, donde todo suena a cuento y magia.
El camino recorre el bosque y atraviesa el río de las Xanas por un rústico puente de madera. En las orillas del arroyo crecen saucen, olmos, hayas, castaños y avellanos, convirtiendo la arboleda en una jungla de troncos.
Finalmente se sale a un territorio abierto de prados
de siega y con aires de valle alpino.
Tras recorrerlo llegaremos al pueblo de Pedroveya y al final de nuestra travesía.
Allí podemos recuperarnos del esfuerzo comiendo una excelente fabada casera en Casa Generosa, un lugar con tanto caracter y autenticidad como la propia travesía.
Su nombre hace honor a las xanas, hadas de lasfuentes en la mitología astur.
La senda fue tallada en la roca, en un antiguo proyecto para conectar por carretera, allá por los años 30 del pasado siglo, los pueblos de Pedroveya, Rebollada y Dosango con el valle del Trubia.
El proyecto se abandonó, pero los trabajos y perforaciones en la roca permitieron hablitar la senda.
La ruta no es excesivamente larga ni exigente, apenas 4 kilómetros, sin embargo es sumamente entretenida y variada.
En nuestro caminar hacia Pedroveya, iremos atravesando varios túneles esculpidos en la piedra, puentes y una gran variedad de paisajes.
Tras una pequeña garganta de piedra y un túnel comienzan los precipicios y los mayores desniveles, que así y todo nunca llegan a ser excesivos.
El paisaje es muy pedregoso y es asombroso ver los arbolillos colgantes suspendidos en el vacío por capricho de la naturaleza. El cauce del río se escucha de fondo porque la fuerza del torrente es brutal, pero la densidad de la masa forestal impide ver una sola gota de agua blanca.
El sendero dibuja las laderas de la montaña y llega a la parte mas escarpada y emocionante del desfiladero.
La senda sale del estrecho y se interna en un espeso bosque lleno de vida, donde todo suena a cuento y magia.
El camino recorre el bosque y atraviesa el río de las Xanas por un rústico puente de madera. En las orillas del arroyo crecen saucen, olmos, hayas, castaños y avellanos, convirtiendo la arboleda en una jungla de troncos.
Finalmente se sale a un territorio abierto de prados
de siega y con aires de valle alpino.Tras recorrerlo llegaremos al pueblo de Pedroveya y al final de nuestra travesía.
Allí podemos recuperarnos del esfuerzo comiendo una excelente fabada casera en Casa Generosa, un lugar con tanto caracter y autenticidad como la propia travesía.
miércoles, 7 de noviembre de 2012
ESTAMBUL, PUENTE DE CIVILIZACIONES.
Estambul, antigua Constantinopla, fue capital de Bizancio (el impero romano de Oriente) hasta que cayó en manos de los otomanos en 1453. Enclavada entre Europa y Asia, es la ciudad más poblada de Turquía y la tercera mayor de Europa con unos 12 millones de habitantes. La megalópolis es un gran hervidero de personas y mercancías siempre al borde del caos, con grandes y espaciosas avenidas repletas de tráfico alrededor de sus impresionantes monumentos arquitectónicos.
Perdida entre las callejuelas de la ciudad vieja se encuentra el Gran Bazar, su austero diseño exterior y sus discretas entradas no invitan a pensar en lo que realmente nos encontraremos dentro, 64 calles interiores, 16 patios y más de 4000 tiendas donde trabajan unas 20.000 personas ofertando artículos de joyería, orfebrería, alfombras y todos los productos y calidades imaginables, verdaderos o de imitación. Lleva abierto desde 1455 cuando lo inauguró Mehmed II, por lo que, además de ser uno de los más grandes, es posiblemente el bazar más antiguo del mundo. Conviene entrar al lugar cargado de paciencia y dispuesto a regatear con firmeza, en el fragor de la lucha alguno de los comerciantes nos ofrecerá un té para aliviar la tensión, allí empezaremos a palpar el verdadero espíritu de esta ciudad milenaria.
A unos 10 minutos a pie del bazar y tras pasar por la plaza donde está el obelisco, antiguo hipódromo romano, no nos pasará desapercibida La Mezquita Azul, la más importante de la ciudad, inaugurada en el año 1617 durante el mandato de Mustafá I.
Causó revuelo desde su construcción ya que se le dotó de 6 minaretes igual que a la de la Meca, ciudad Santa del Islam. Finalmente a la de la ciudad de Mahoma se le agregó uno más para marcar la diferencia.Al penetrar en el patio de la Mezquita Azul no nos quedará ninguna duda sobre la conveniencia de su nombre, los de 20.000 azulejos azules traídos desde Nicea que adornan la cúpula y la su parte superior le confieren un brillo azulado y una luz especial.
Ya en el interior del edificio sorprende la iluminación proporcionada por más de 200 vidrieras y de las lámparas de araña que cuelgan del techo.
Toda la concurrida parte monumental suele ser frecuentada por los vendedores de te. Este tipo de comerciantes tradicionales son muy habituales por las calles de Estambul, igual que los que venden simit, las deliciosas roscas de pan de sésamo que acompañan la bebida. Es costumbre tomarlo de merienda junto con el té. No sería mala idea hacer un alto en el camino y alimentarnos con este apetitoso manjar antes de iniciar la visita a Santa Sofía, al fondo de la foto.

Santa Sofía es el símbolo de Estambul, construida durante el mandato de Justiniano entre los años 532 y 537 es la obra cumbre del arte bizantino. Cuando la ciudad es conquistada en 1453 y pasa a formar parte del Imperio Otomano fue convertida en mezquita, dotándola de cuatro minaretes y en 1935 tuvo su última gran transformación pasando a ser un museo.
El interior de Santa Sofía es impresionante, ya no sólo por las descomunales dimensiones de la sala principal y la cúpula, sino por lo original de su atmósfera con la iluminación difusa, los enormes medallones decorativos que esconden los frescos cristianos de la época anterior y las columnas monolíticas que logran que experimentemos una sensación de sobrecogimiento.
Sorprende asimismo su excelente estado de conservación tras casi 1500 años de vida y múltiples transformaciones, el imponente edificio sigue resistiendo al tiempo y mostrándonos su fascinante historia.

Si hay realmente único en Santa Sofía son sus mosaicos, los mejores del periodo bizantino que posteriormente sirvieron de referencia para todo el arte ortodoxo posterior.
A la entrada solo hay que levantar la vista para ver el mosaico bizantino más famoso del mundo, el Cristo pantocrátor, situado encima de la puerta principal.
Pero además, en la segunda planta podemos disfrutar de una interesante colección de mosaicos en muy buen estado. En la fotografía podemos observar uno de mis favoritos en el que se representan a Jesucristo, la Virgen María y Juan Bautista.
El palacio Topkapi, también muy próximo, es el emblema de la época imperial en Estambul y con su exceso de ornamentación y riqueza trata de mostrar al exterior el poder que alcanzó Constantinopla como sede del Imperio Otomano. Desde este fastuoso palacio los sultanes gobernaron su vasto impero hasta mediados del siglo XIX cuando se trasladaron al palacio Dolmabahçe.
El palacio Topkapi ocupa una enorme extensión, y siguiendo los cánones del estilo asiático que lo caracteriza está formado por varios pabellones independientes con diversos fines, sala de armas, cocina, establos reales, tesoro. Cuatro patios interiores vertebran todo el complejo arquitectónico. El Tesoro cuenta con alguno de los objetos más valiosos del mundo, como el diamante cucharero de 88 kilates o el puñal topkapi hecho en oro con esmeraldas incrustadas. En el harem vivían de 500 a 800 mujeres perfectamente adiestradas en las habilidades amatorias.
Acabada esta visita podemos encaminarnos a la parte nueva de la ciudad, para ello necesariamente tendremos que cruzar el puente Galata, basculante y con unos 500 metros de longitud. Se encuentra ubicado en el estuario conocido como el Cuerno de Oro que es un punto de constante tránsito y lleno de vida, en el que se pesca, se camina, se venden objetos de recuerdo o se pide limosna. Al fondo se divisa la Torre Gálata.
La Galata Kulesi es una de las torres más antiguas del mundo. Desde su parte más alta se obtiene una de las mejores vistas de Estambul.
La primera torre fue construida en madera en el año 528 para servir como faro y a mediados del siglo XIV fue reconstruida por los genoveses con el nombre de Torre de Cristo, desde entonces se ha convertido en la implacable vigía de la ciudad.
Pasada la torre nos encontraremos en pleno barrio de Pera, tradicionalmente el más europeo de Estambul. La calle Istiklal de casi 2 kilómetros de largo es el lugar de referencia en esta zona. En ella se encuentran no sólo su emblemático tranvía sino también tiendas de ropa o zapatos de estilo muy actual, así como cines, teatros, bares, restaurantes, cafeterías, librerías, y también numerosos rastros y mercados de pescado fresco u otros alimentos en las calles laterales. Por la noche hay un divertido pero a veces un tanto tenebroso ambiente nocturno, con discotecas y pubs abiertos hasta las primeras horas de la mañana.El lado asiático de Estambul es el gran desconocido debido a su distancia al centro de la ciudad.
Allí podemos tomar un té en un promontorio con un parque y una terraza rodeada de una agradable zona verde mientras disfrutamos de la vista sobre sobre el Cuerno de Oro y admiramos los magníficos puentes que conectan el continente asiático con el europeo.
Este es uno de los puentes colgantes que une la parte asiática y la europea de Estambul atravesando el canal del Bósforo. Tiene una longitud más de 1000 metros y posee 6 carriles. En la ciudad hay otro puente colgante situado a unos 5 kilómetros, durante las horas punta de tráfico ambos sufren grandes atascos.
Para evitarlos podemos volver a la zona europea en barco y así tendremos la oportunidad ver la fachada de los edificios desde el agua.
La fachada más bella del Palacio Dolmabahçe se contempla precisamente desde el Bósforo. Fue el primero al estilo europeo construido en Estambul y sustituyó al palacio Topaki como residencia oficial de los sultanes en 1856. La parte más vistosa de su interior es la administrativa donde se encuentran los salones oficiales. El salón del Trono aún es utilizado en la actualidad para las recepciones del Estado.
Después de tanta visita podemos compensar con actividades más relajadas. Así al atardecer es recomendable dejarse caer por una tetería tradicional y fumar narguille o tabaco aromático de una cachimba, una costumbre que aún es posible practicar públicamente en Estambul, aunque la cantidad de establecimientos que ofrecen esta opción por desgracia está disminuyendo paulatinamente.
Ya por último, podemos rematar el día en un hammam (baño en árabe). Los baños turcos están emparentados con la tradición romana de socializar en las termas, pero su popularidad se mantiene hasta nuestra época.
Durante el siglo XVIII Estambul llegó a tener más de 150 baños. Un baño turco tradicional es una variante más húmeda de la sauna y se divide en varias partes de frío a caliente incluyendo limpieza exfoliante y contundentes masajes. El interior de los baños decorado en mármol tiene que ver con la capacidad de este material para conservar el calor.
Muchos están ubicados en edificios históricos y es posible encontrar algún hamman en funcionamiento inaugurado en el siglo XVI, todo un lujo y un encuentro con la historia.
Muchos están ubicados en edificios históricos y es posible encontrar algún hamman en funcionamiento inaugurado en el siglo XVI, todo un lujo y un encuentro con la historia.
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