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domingo, 11 de julio de 2021

EL ELIXIR DE LA FELICIDAD

El niño jugaba en la plaza del foro. Cuando los ecos del cercano anfiteatro anunciaron que su gladiador favorito había vencido una explosión de entusiasmo inundó todo su ser. Una ligera neblina cubría el Vesubio esa tarde, pero ni él ni la ciudad de Pompeya parecían preocuparse. Estaban acostumbrados a convivir con el volcán y el humo siempre acababa por disiparse. El niño ignoraba que el volcán acababa de entrar en erupción, estaba exultante y era feliz.
El campanario sonaba en la iglesia, los judíos habían sido quemados en la hoguera y el mal cesaría pronto. Las tos, la fiebre y los pestilentes bubones pronto se desvanecerán, pensaba el comerciante. Optimista creía que su puesto de orfebrería en el puente Vecchio pronto volvería a prosperar. El comerciante ignoraba que el brote de peste bubónica había prendido en la ciudad de Florencia, estaba esperanzado y era feliz.
Los recién casados brindaban por su brillante futuro en la cena de gala del trasatlántico. Llevaban 4 días de travesía y pronto llegarían a Nueva York para disfrutar de su merecida luna de miel. Salieron a cubierta y miraron las estrellas. La pareja ignoraba que un iceberg acababa de impactar con la cubierta de su barco, el Titanic, estaban ilusionados y eran felices.
El histriónico youtuber anunciaba por las redes su amor, compraba rosas para San Valentín y se hacía selfies con corazones. El youtuber ignoraba que ella había dejado de quererle hacía tiempo, estaba enamorado y era feliz.
La marabunta salió a las calles a manifestarse. La marabunta ignoraba todo lo que sucedería después, estaba engañada y era feliz.

martes, 8 de junio de 2021

LA GRAN MASCARADA

Los horarios no amarran el tiempo.
Consigo volar sin aviones, viajar sin estaciones, coronar sin puertos.
No hay vacuna para la curiosidad ni muros que confinen la pasión.
No hay cadenas que puedan controlar la excitación, la curiosidad o los sueños.
Pero me despierto y todo el escenario parece de cartón piedra, una gran mascarada.
Un mundo sin huellas en el camino, sin llagas en los dedos ni huesos magullados.
Un mundo sin pasiones arrebatadas, sin sonrisas de complicidad ni tentaciones en las que sucumbir.
Un mundo sin cuerpos que se juntan, sin hormigueo en las entrañas ni sabor en los labios .
Un mundo sin territorios que conquistar, sin golpes que recibir ni cicatrices en la piel.
Un mundo sin algarabía, sin sombras en la arena ni el aliento de la muchedumbre en los tendidos.
Un mundo sin reuniones, sin brindis ni encuentros.
Un mundo edulcorado y aséptico que, tras colocarme la escafandra, ha acabado por transformarme en un alienígena.

lunes, 1 de febrero de 2021

PERPETUO Y FUGITIVO INSTANTE

No hay mejor edad que la que tengo,
ni mejor aire que el que respiro.
No hay mejor compañía que la tuya,
ni mejor momento que este nuestro.
Y lo peor es que la chica de ayer ya no existe,
y que mañana será demasiado tarde.

sábado, 2 de enero de 2021

BESOS ARREBATADOS

Qué desolador es vivir sin que la piel se erice al contemplar una sonrisa. Sin sentir el cálido tacto de una mano amiga. Sin el benefactor abrazo de un semejante. Sin el protector afecto de los cuerpos de los seres queridos. Sin que pueda mimar a los míos.
Caricia, achuchón, carantoña o ternura se han convertido en términos aciagos, proscritos del diccionario.
Tantas desoladas despedidas, tétricas ausencias sin lágrimas derramadas que pronto desbordarán los muros invisibles del terror y encharcarán nuestra conciencia.
Quisiera sentir, aun efímeramente, la delicadeza de aquellos labios, aquellos besos que el infortunio nos robó y que ningún prodigio venidero nos devolverá.
El mundo, ya sea en Gijón, Wuhan o Estambul se ha quedado huérfano de los besos que la adversidad le arrebató y la gélida huella del desamparó inexorablemente grabará indelebles cicatrices en nuestros afligidos corazones.

domingo, 5 de abril de 2020

EL VERDADERO RELATO DEL NUEVO MUNDO FELIZ

El emocionante viaje concluyó abruptamente.
La curiosidad fue cercenada y los cerebros lobotomizados por los sicarios informativos de las palancas de trasmisión del nuevo régimen.
La realidad ya no era real. Lo real era lo que el “gran amo” emitía por las pantallas. ¿Y cómo no amar al amo? El mismo era la hermosura y la lozanía. El proporcionaba sólo belleza en las pantallas. En ellas no había ni luto ni muerte, ni sufrimiento ni dolor, tampoco nostalgia. En las pantallas sólo había felicidad y distracción, recreo y algarabía por tiempo ilimitado. Todo era tan maravilloso en el mundo de las pantallas que no estaba permitido ser desdichado en ellas. Lo cierto es tampoco había posibilidad de otro mundo más allá de unas paredes imposibles de traspasar.
¿O sí la había?
Un mundo que ya no es plano sino complejo, que no es una sombra en una pantalla, que tiene matices y destellos. Un mundo que huele y que sabe, que transpira, que vive y que lucha y que también muere. Un mundo donde hay disidencia.
Disidencia en el salón, en el baño y en la cocina.
Disidencia en el supermercado, en el banco y en la farmacia.
Disidencia en la laberíntica complejidad de nuestra mente que nunca podrá ser arrebatada por la pobre aunque suprema superficialidad del impostado amo.
Disidencia en un pensamiento que construye, deconstruye, profundiza, viaja y tiene avidez por conocer mucho más allá de las absurdas verdades impuestas por quienes apenas conocen el significado de tan primorosa palabra.
Disidencia también dentro de mi cuerpo que palpita y ansia por impregnarse de la auténtica fragancia del mundo, tan asombrosa y rica en matices, que desea catar la vida a sorbos y que tampoco ha eludido nunca una buena batalla. La resonancia de mis pisadas al caminar se convierten ahora en un constante toque a rebato a la disidencia.
Disidencia de casta, de tribu, de familia y de linaje.
Disidencia, siempre, disidencia.
Yo he elegido ser un disidente y encantado pagaré el peaje de hielo del desprecio y del desdén. Porque, al contrario de los otros, el corazón del disidente aún palpita y, aunque en el exterior haga frio, el ardor, la pasión y la clarividencia proporcionan una inconmensurable y verdadera, si, VERDADERA, calidez interior.
La verdad no existe. La verdad es una búsqueda, un viaje. Si nos privan de eso y los amos nos proporcionan las verdades absolutas nos están privando del propio regocijo de emocionarse, de descubrir, del placer mismo de vivir.

viernes, 1 de diciembre de 2017

LA GRANJA PECUARIA

Aún resonaban ecos totalitarios en las aulas de la escuela masculina donde me eduqué. El que fuese caudillo reposaba desde hacía unos pocos años en un famoso valle pero su escalofriante espectro aún se paseaba por nuestro colegio.En cuanto apareció nuestro maestro, don José Durán, todos nos levantamos y nos pusimos en pié.
Así permanecimos hasta que el se acomodó en su mesa. En posición marcial, con gesto de respeto y derechos como velas (el solía utilizar otra expresión más cuartelesca). A don José sin duda le hubiese gustado que le hiciésemos el recibimiento con el brazo en alto y cantando viejos himnos pero, como él decía, los nuevos aires libertarios estaban corrompiendo absolutamente todas las instituciones y la docencia ya no era ni sombra de lo que había sido.
Aquel día todos estábamos especialmente nerviosos, había programada una excursión a la granja pecuaria. No éramos más que unos chavales impúberes de apenas 12 años y cualquier cambio en nuestra rutina suponía un gran acontecimiento.
Allí en la granja, según nos había anticipado don José, contemplaríamos a unos impresionantes sementales que, destinados a labores procreadoras, habitaban una especie de harem vacuno, lo máximo de la virilidad. Don Fabián, antiguo ganadero, viejo amigo suyo, y, ahora, el encargado de atender las visitas de la granja nos explicaría lo que representa un toro en nuestra cultura, así como el arte de cubrir y alumbrar las hembras en busca de los ejemplares más diestros para el mantenimiento de la estirpe.
Mientras pasaba lista un antiguo profesor del centro, ya retirado y de apellido autóctono, digamos Valdés, irrumpió en el aula. Todos nos volvimos a levantar. El señor Durán aprovechó para loar las gestas de su admirado colega en lejanas estepas, según él luchando en una gloriosa cruzada contra el mal. En nuestra impresionable inocencia todos nos sentimos muy orgullosos de que alguien tan heroico nos acompañase en nuestra pequeña expedición.
En el amplio y destartalado hall del colegio nos esperaba para despedirnos en una especie de ceremonia ritual, el director, don Máximo, un enciclopédico erudito a punto de jubilarse que prestaba poca atención a sus obligaciones académicas y que solía esconderse del convulso y desde hacía pocos años, también cambiante, mundo exterior tras sus gruesas gafas.
Ningún autobús nos esperaba a la puerta. Como verdaderos expedicionarios herederos de las hazañas de Cortés o Pizarro haríamos a pie los aproximadamente diez kilómetros que nos separaban de nuestro objetivo.
Salimos de la ciudad y nos internamos por polvorientos senderos. El calor húmedo se empezó a pegar a las camisetas y nuestras flacuchas piernas aún sin cubrir de vello notaban el fuerte ritmo marcado por los dos veteranos líderes. Según Durán en esos momentos se sentía como un pastor de ovejas obsesionado por cuidar de su rebaño.
A mediodía, tras más de dos horas de caminata, los eximios profesores decidieron hacer un alto en un merendero. Curiosamente todos traíamos suficientes vituallas en nuestras mochilas excepto nuestros preclaros guías, confiados en que el buen Dios, al que se solían mostrar muy devotos, proveería. Y no fue Dios el que proporcionó el nutritivo maná sino algunos estudiantes, no se si muy desganados o más bien con argumentos académicos poco convincentes y muy necesitados de pasar el curso.Afortunadamente no descubrieron que mi bocadillo, por la azarosa coincidencia de regentar mi familia un restaurante y tener aquel día demasiado producto cortado, estaba relleno de gloriosas hebras de jamón ibérico. Bien sabía que el cerdo ibérico era otro de sus animales fetiche. Mi estrategia de apartarme en un discreto rincón a realizar mi almuerzo me salvó, sin duda, de un ayuno forzoso.
Trascurrió demasiado tiempo y decidí acercarme al resto del grupo. Todos mis compañeros estaban impacientes y nerviosos. Algunos jugaban a ojo de buey, cuchillo y tijera. Otros charlaban a voces produciendo un gran estruendo con sus gritos. Los insignes maestros, tras terminar de comer habían desaparecido en el interior de la cantina del merendero, justo al lado de la gran terraza donde nos encontrábamos, según ellos para tomar un café. Habíamos recibido órdenes precisas de no entrar pero ya hacía más de media hora de aquello. Bermejo, uno de mis compañeros, osado de puro inconsciente, decidió internarse en el fondo del edificio. Los encontró despidiéndose de dos pintarrajeadas mujerzuelas a las que ellos llamaban bellas señoritas.Tras un brutal bofetón a Bermejo por su atrevimiento reemprendimos la marcha.
La pausa había sido demasiado larga y eso nos dejaba muy justos de tiempo para llegar al lugar a la hora convenida pero los señores Durán y Valdés eran hombres de palabra y desde luego el grupo cumpliría.
Tras un interminable sprint por angostas caleyas, cansados y sudorosos, llegamos a las puertas de la granja.Nos esperaba un joven de bata blanca. Don Fabián se había jubilado. Noté la cara de decepción de don José. La disertación fue técnica y tediosa. Nos pasaron por diversos laboratorios y básicamente ahondaron en los secretos de la reproducción in vitro. Solo al final nos enseñaron algunos animales. Eran francamente impresionantes. Totalmente especializados en labores reproductivas sus testículos tenían una hipertrofia tal que los hacía semejantes a balones de fútbol colgándoles casi hasta el suelo.Bermejo, alocadamente locuaz, como siempre, le preguntó a nuestro joven anfitrión, si veríamos a los toros interactuar con las hembras. El científico nos explicó que esas técnicas ya no se utilizaban, se limitaban a recoger el esperma en una bolsa especial para, tras fertilizarlo con el óvulo adecuado, introducirlo en una vaca ya seleccionada. Román, otro compañero aún más imprevisible y temerario que Bermejo quiso saber como se entretenían entonces los animales. El joven investigador, con una sonrisa burlona, contestó que la mayor parte del tiempo se entretenían entre ellos. Fue un momento doloroso. El mítico animal había sido corrompido, envilecido y humillado.Aún era peor, sin compañeras ni profesoras como referente nuestro futuro podría ser tan difícil, oscuro y siniestro como el de los desafortunados toros de la granja pecuaria.
El regreso al colegio, con una ligera llovizna al principio que luego remitió para dar paso a un rojizo y espeluznante atardecer, fue triste y extraño. A Durán no le quedaron fuerzas ni para dar el merecido castigo a Román y Bermejo. Ya casi a las puertas del colegio se empezó a sentir realmente mal y todos vimos como una ambulancia lo llevaba al hospital.
Un infarto mantuvo alejado de las aulas a don José todo el resto del curso. Le sustituyó la señorita Virginia, recién diplomada y de voluptuosa y escultural belleza. Su desparpajo fue una auténtica inspiración para nosotros y los oscuros nubarrones se disiparon mágicamente.La siguiente excursión la hicimos a ENSIDESA, el director no nos esperaba en el hall de la escuela pero si un flamante autobús y por entre las enrejilladas escaleras de la fábrica, Bermejo, Román y luego otros muchos dijeron ver la más recóndita intimidad de nuestra nueva profesora apenas si cubierta por una brevísima lencería de color rosa pálido.Definitivamente los tiempos habían cambiado. Ahora si que teníamos algo bueno que admirar.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

EL INFLUJO DEL ALEPH

El Aleph es Borges en estado puro, un relato turbador e hipnótico que me conmovió desde la primera vez que lo leí en la biblioteca del instituto. Nos habla de un punto desde el que se vislumbra el Universo entero, donde tiempo y espacio se funden, donde el mundo se detiene para nosotros y todas las incertidumbres se tornan certezas. El maestro lo había descubierto en el sótano de una vivienda por desgracia ya demolida.
¿ Pero podríamos topar en vida con algún otro lugar semejante ?
Aún obsesionado por la idea, mi melancolía y desasosiego me impulsaron a la búsqueda de un lugar físico o estado mental como el descrito por el viejo escritor argentino.Durante años lo busqué con desesperación, investigué en libros y enciclopedias, me perdí entre melodías, poemas y novelas, medité algunas veces y otras quedé en trance, trabajé con el consciente y el subconsciente, viajé hasta los confines del mundo, pero ni siquiera llegué a atisbar la ansiada meta.
Desesperado pensé que el Aleph no era más que la fabulación de un cuentista ciego y fue entonces cuando la vi. Nuestras miradas se cruzaron y sufrí una revelación.
El universo entero se convirtió en un tiovivo que daba vueltas a nuestros pies, el sosiego era sobrecogedor, una felicidad interior me invadía de dentro a fuera, mi cuerpo era luminoso y etéreo y quería fundirse con el de ella, sus delicadas pupilas brillaban y eran mi guía, la luz al final del túnel, el bien absoluto, la paz, la plenitud y la belleza.
Mi alma estaba en conexión con el infinito y se deleitaba con la simetría de su música hasta que de repente tuve miedo a Cupido y a sus dardos y todo cayó como un castillo de naipes. Desde entonces aún soy más desafortunado pues lo tuve todo a mi alcance y lo dejé escapar. Me embriagué con todo su ser, gocé su profundo aroma, escuché su angelical timbre, sentí la plenitud y la felicidad absoluta pero luego todo desapareció, un profundo dolor se adueño de mi y sufrí en mis carnes el desgarro de la desdicha, las sombras y la tristeza.Aún hoy, perdido y desamparado, pienso si el Universo volverá a confabular conmigo para encontrar de nuevo el Aleph.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

EO, EO, EO, VAYA SAN MATEO

Tenía clase aquel Patrol. Recio, robusto, con su culo rematado por una enorme rueda, cubierta por una lona. El mismo que nos transportó en la primera excursión a los Picos de Europa repleto de mochilas, latas de fabada y vajillas de arcopal, o el que nos conducía esa tarde por angostas caleyas más allá de los confines de Gijón en busca del último merendero por descubrir o de la sidra más auténtica.

Se acababa el verano del 97 y yo celebraba la conclusión de mis exámenes en la facultad de derecho. Gonzalo, aunque no lo sabía entonces, exprimía al máximo sus últimos meses de soltería. Se notaba la proximidad del otoño y la noche se nos echó encima casi sin darnos cuenta, demasiado pronto para nuestra sed de destilados y aventuras.
De vuelta al centro de Gijón nos encontramos los bares casi vacíos. En parte era previsible, el verano agonizaba y las altivas madrileñas con sus sugerentes modelitos se habían ido pero dónde estaban las bellezas autóctonas, todos esos rostros familiares que cada fin de semana decoraban las barras de nuestros locales favoritos. De repente caímos en la cuenta de que era la víspera de San Mateo. Oviedo estaba en fiestas y todo el mundo estaría allí. Tan solo 30 kilómetros nos separaban de la diversión y ese era nuestro destino.
A pesar de su juventud, Gontxo, acostumbrado a hacer el Gijón – Bilbao cada fin de semana, ya era en aquella época un conductor avezado. Al llegar al centro de Oviedo tuvo que hacer uso de toda su pericia al volante para introducir su portentoso vehículo en el claustrofóbico parking de La Escandalera, inagurado en los años 70 y concebido más para utilitarios que para todo terrenos.
Nada más salir palpamos de inmediato la inconfundible atmósfera de una ciudad en fiestas. La gente iba en oleadas y nosotros tratábamos de seguirles sin demasiado criterio. Entre sidras y tapas pasamos de la noche a la madrugada, de la risa a la carcajada y de la diversión al desenfreno. Me vienen a la mente imágenes inconexas. Primero nuestros simiescos bailes sin camisa en el Pub El Mono Desnudo, no se todavía si tratando de homenajear el nombre del local o de echar por tierra todas las teorías evolucionistas que el antropólogo Desmod Morris propone en el libro del mismo nombre. Más tarde me veo en lo alto de una empinada escalera gritando puta Oviedo. Un montón de gente se aproxima a nosotros con actitud amenazadora, nos escurrimos entre la multitud y echamos a correr.
Afortunadamente hace 10 años, tal vez para compensar nuestra falta de madurez, yo tenía las piernas más ligeras y Gontxo algunos kilos de menos. Conseguimos dejar atrás a nuestros perseguidores y nos paramos sofocados en una plazoleta. Allí, relajado, comencé a orinar contra una estatua. Solo cuando había iniciado el acto me di cuenta que se trataba de una escultura de Ana Ozores, la regenta. Siempre he tenido un gran respeto por la aristocracia pero ahora no era el momento de parar. Esta buguesa soñadora era en realidad una mujer anodina, cobarde, convencional y frustrada, tanto como caer en los afectados brazos de la patética caricatura del galán, Alvaro Mesía.
Aún estaba inmerso en estas reflexiones literarias cuando Gonzalo me arrastró a otro local. No recuerdo su nombre ni nada de lo que le dije, pero si parte de lo que pasó. Tres Happy Dent de menta pueden ser de gran ayuda para un borracho. Cuando ella se fue me costó encontrar a Gontxo en la oscuridad del local. Pronto me di cuenta que a él tampoco le habían ido tan mal las cosas en mi ausencia. Aún visitamos algunos otros sitios de marcha antes de poner punto y final a la noche. En ellos la misma oscuridad, la misma masificación, el mismo calor, el mismo griterío, la misma estupidez y las mismas copas de siempre.
Cerca del parking, y en plena calle, nos encontramos con algunos chiringuitos en los que aún era posible pedir comida. No teníamos hambre y empezaba a lloviznar levemente, pero estábamos convencidos de que el pepito sería el antídoto ideal para contrarrestar tantas copas. El hombre que nos lo sirvió era viejo, cadavérico y sin dientes. Nos daba conversación y continuamente se carcajeaba con nuestras ocurrencias. También se rió cuando le dijimos que cogeríamos el coche de vuelta a Gijón. Ya sentado en el coche aún pensaba en sus negras encías y sus enigmáticas ojeras.
Pese a que ambos conocíamos bien Oviedo nos costó orientarnos. Habían cortado varias calles y no encontrábamos la salida correcta. Tras algunas intentonas fallidas, al fin, embocamos la autopista. El contratiempo había puesto nervioso a Gonzalo que subía el volumen de la música y descargaba su furia contra el pedal del coche. No habíamos salido del carril de aceleración y ya circulábamos al doble de la velocidad permitida. De repente vislumbramos un corsa blanco. Iba mucho más despacio que nosotros y Gontxo frenó en seco. En ese momento las ruedas patinaron y perdió el control sobre el coche. ¡Gontxo que nos la pegamos !!!!- Grité.
Durante unos segundos interminables fuimos de un lado a otro de la calzada mientras Gonzalo trataba de enderezar el volante. Me di cuenta de que todo era inútil. Nos íbamos a pegar una hostia de puta madre. No tenía argumentos sólidos para invocar compasión divina, el viejo sin dientes, la última persona que había visto, me recordaba a Caronte, la autopista encharcada la laguna Estigia, traté de relajar los músculos y confiar en la solidez del vehículo.
Entonces impactamos con una de las enormes farolas que iluminaban la vía. La arrancamos de cuajo y quedó cruzada en medio de la carretera. El vehículo salió rebotado hacia más allá del arcén y, todavía sin control, saltaba entre los pedruscos y la maleza, aunque felizmente cada vez más despacio.Fue un arbusto justo al borde de un terraplén lo que nos frenó definitivamente.Gonzalo estaba enrabietado y trataba de arrancar el coche desde la cuneta para continuar viaje. En vano traté de disuadirle, de explicarle que el Patrol estaba destrozado, que habíamos circulado muchos metros sobre tres ruedas. Solo cuando vio salir humo del motor pareció reaccionar. ¡Va a explotar! ¡Dios mío!- Gritó mientras saltaba del vehículo.
En realidad era improbable que estallase pero no tenía objeto permanecer en el automóvil. Mientras me bajaba comprobé con alivio que todos mis miembros respondían perfectamente. Los dos estábamos ilesos y podríamos volver a visitar Toledo por nuestro propio pie.Ya amanecía. En el exterior chispeaba y aunque el coche estaba destrozado el C.D. seguía funcionando. La canción Morir de Amor de Camilo Sexto sonaba a todo volumen. Curiosa banda sonora para un momento tan surrealista.
El golpe nos había quitado toda la tontería de repente pero me preocupaba pensar que Gonzalo no pasaría un eventual test de alcoholemia. Me mojé la cara con algo de agua estancada en la cuneta. Animé a Gonzalo a hacer lo mismo e incluso a enjuagarse la boca con ella. Se negó. ¡ No beberé agua del charco!- Decía. En esas estábamos cuando apareció la guardia civil. ¡Que desgracia! ¡Pudimos habernos matado!- Me lamenté de forma melodramática.
Los agentes eran dos tipos veteranos y no se si nuestros desvalimiento o aquella sobreactuación les conmovió de alguna manera pero el caso es que, tras revisar los papeles del coche, de una forma paternalista nos tranquilizaron y llamaron a un taxi sin hacer ni siquiera el preceptivo test de alcoholemia al conductor. Mientras nos alejamos contemplamos por última vez el Patrol. El brutal golpe había transformado el robusto y elegante todo terreno en un caótico conjunto de hierros en forma de acordeón.
Gontxo me contó que aún permaneció un par de días al borde del terraplén antes de que una grúa se lo llevase para siempre. Gracias viejo amigo. Te recordaremos siempre. Nos has salvado la vida.

lunes, 24 de abril de 2017

PROTOCOLO ZOMBI

El vecino pasa absorto, sin verme cuando me cruzo con él en la escalera.
Camino de Oviedo el chico del asiento número 8 dormita en el ALSA con los auriculares puestos, ajeno a la primorosa rubia que le hace ojitos.
Llego a la capital dispuesto a hacer unas gestiones y me encuentro con que el operario de la oficina está ausente por un ERE, su compañero abrumado hace un sickie y el único ente que presta asistencia a los usuarios es una siniestra máquina fabricada en Corea con la que, por supuesto, no consigo realizar ningún trámite.
De vuelta en Gijón decido ir a cenar a mi restaurante favorito y observo como la pareja de la mesa del fondo celebra un simulacro de cena romántica a mayor gloria del móvil y los selfies. La fría dictadura de la pantalla arruina cualquier atisbo de complicidad o de calor humano y el iphone 7 acaba convirtiéndose en el prioritario foco de atracción de la velada, algo en parte lógico, ofrece mejor rendimiento, mayor autonomía y más posibilidades que la mayoría de los comensales.
Y caigo en la cuenta que todo lo que veo a mi alrededor son vidas fallidas, falta de entusiasmo, evasión en realidades paralelas, conformismo y sedación generalizada, nadie parece disfrutar con el mundo real y la pasión se derrocha de la forma más grotesca y absurda.
En vez de afrontar los retos con ilusión y valentía muchos se estancan en una permanente queja. La viciosa comodidad se impone en su día a día pero esto no genera más que insatisfacción y una falsificación de lo que debería de ser. Un mundo de ensoñación donde muchos acaban por no reconocer ni al rostro que se refleja en su espejo cuando se cepillan los dientes.
Desde luego estamos al borde del apocalipsis. El mundo tal y como lo habíamos concebido hasta ahora está a punto de colapsar. Ruego a los señores del gobierno que reconsideren su postura y tomen muy en serio la amenaza zombi.
¡¡Estamos rodeados de muertos vivientes y es necesario que el protocolo zombi se active cuanto antes!!



lunes, 20 de marzo de 2017

LA FUENTE DE LA JUVENTUD


Hacia 1520 un envejecido Ponce de León, próspero y asentado en la recién creada colonia de Puerto Rico tras años de conquistas y exploraciones, cae hechizado por los encantos de una jovencísima nativa.
Turbado por la pasión y ansioso por alargar el escaso tiempo vital del que disponía, con mucha suerte un exiguo puñado de años, determina, siguiendo la estela de antiguas leyendas contadas por los nativos, empuñar de nuevo su arcabuz y emprender la búsqueda de la fuente de la eterna juventud.
Jamás la encontrará, pero en su exploración coloniza y conquista para la Corona de Castilla el territorio de la Florida, toda una proeza para un anciano que, predestinado a morir con un vulgar hombre anónimo, pasa a convertirse en una leyenda para la posteridad.
Océanos de tiempo después, otro aventurero español, más joven que Ponce pero igualmente angustiado por el paso del tiempo, rastrea en la frontera entre Perú y Bolivia, tal y como ya había hecho en otros tantos lugares del mundo del Mar Muerto a Benarés, el paradero de un científico alemán, huidizo superviviente de la Segunda Guerra Mundial y conocido como Doctor Mefistófeles, proveedor de filtros y pócimas rejuvenecedoras desarrolladas por el infame Josef Mengele, y conocedor de la ubicación de las fuentes.
Tres almas le entregaría el afligido viajero al doctor por reverdecer el fulgor juvenil a un rostro que sutilmente comenzaba ya a marchitarse por su excesiva exposición al sol en los inquietos días y a los destellos de las luces en las confusas noches.
Estafado por el enésimo chamán, delirante y afectado por el mal de las alturas, cae en una suerte de trance místico donde alcanza a comprender que el personaje que busca no existe. Mefistófeles no es más que el último eco de una leyenda absurda que durante años había atormentado su alma y consumido su tiempo, su energía y sus ahorros.
Desesperado abandona la perdida isla del lago Titicaca donde había ido a dar con sus huesos en su última exploración. Tras varias horas en barco llega a Puno. No se detiene en el acogedor puerto turístico y pronto se interna en las enmarañadas callejuelas de la ciudad. Deambula sin rumbo sorteando, vendedores ambulantes, mujeres de coloridos trajes y originales sombreros, motos, tuk-tuks y ladronzuelos cuando, súbitamente, sus ojos se tropiezan con los de ella e inmediatamente experimenta una vibración en su interior. Siente un chispazo y algo comienza a arder dentro de sus entrañas; una llamarada, una energía, un pálpito, un ímpetu incontenible. El rubor de su cara hace que esta brille de nuevo como antaño y al ritmo de la centelleante música, al menos por una noche, se siente insolentemente joven de nuevo.
Y entonces se percata. La juventud se encuentra agazapada en el meandro más profundo del alma, esa que torpemente pretendía entregar al demoniaco Mefistófeles. La búsqueda, la insatisfacción, la curiosidad y el no haber claudicado nunca le habían mantenido preparado. Al avivarse tras el estímulo adecuado una energía interior cosió, entrelazó y dio sentido a un heterogéneo amasijo de imágenes, de sabores, de aromas, de lugares; a todo un periplo vital rico y lleno de emociones. Y así es como se volvió plena e insaciablemente joven para siempre.

viernes, 10 de octubre de 2014

MIS NUEVAS HISTORIAS DE VIEJOS CAFÉS



Ayer volví al Dindurra y entre sus columnas y baldosas centenarias experimenté de nuevo el placer indescriptible de degustar una consumición en el marco incomparable de un café de época. Templos del refinamiento y la elegancia, auténticos oasis de calma y sosiego donde todo fluye a un ritmo distinto. Son los legatarios y guardianes de antiguas liturgias y tradiciones, mientras todo el resto se destruye a ritmo vertiginoso por la apisonadora de la globalización que despersonaliza locales y lobotomiza cerebros.


Estos viejos cafés son los heroicos supervivientes de la picota de los Starbucks y otras siniestras franquicias de similar pelaje, todos clones de si mismos, donde nada es genuino ni espontáneo y todo demasiado artificial y previsible. En los Starbucks no existen oscuros rincones que cuenten historias extraordinarias ni empleados que formen parte de la leyenda del local y sus camareros robóticos, a fuerza de ser uno mismo, ya no conocen ni su propio nombre.

Y, fue ayer, en el Dindurra, donde me vi poseído por una suerte de hechizo, que sorbo a sorbo, me hizo perder la noción del tiempo y el espacio, traslandándome a distintos lugares y épocas más allá de los surcos y meandros de mi frágil memoria.


Sucedió así, sin más, el camarero posó la taza de humeante café y el primer trago me supo a la romántica Lisboa.  A mi lado estaba Pessoa, sentado a la terraza de A Brasileira, los dos tomábamos el sol y distraidamente contábamos azulejos o veíamos a los tranvías pasar.  Yo era feliz, si miraba a la izquierda sentía la alegría desbordante del enamoramiento, si miraba a la derecha mi otro heterónimo sentía el placer de la vieja camaradería y la sólida amistad, finalmente miraba al frente y veía a una niña que representaba la paz y la calidez de la familia. Igual que mis tres viajes a Lisboa en tres épocas tan distintas de mi vida y con acompañantes y sentimientos tan diferentes.
De vuelta a la realidad revolví de nuevo la taza del negro café y sentí aromas del Cairo, un nubio de tez oscura fumaba una pipa de agua en la mesa de en frente. Mas allá, en su rincón favorito del  El-Fishawi, Naguib Mahfuz trataba de concentrarse en la escritura, inmune al ajetreo y al gran bullicio del cercano mercado de Khan Al-Khalili . Yo dejaba pasar el tiempo, era joven, estaba sólo, mi ingenuidad era mucha y mi curiosidad y ganas de aventura estaban intactas.



Una gota cayó sobre la mesa y me sacó de mi abstracción, observé como se deslizaba por el mármol igual que los canales que que surcan otros mármoles en la plaza de San Marcos de Venecia. La desconchada arcada del Florian me protegía del sol y desde allí contemple el mismo espectáculo que hizo suspirar a Casanova. ¡¡Que feliz y despreocupada era mi alma entonces!! Hasta me parecía armoniosa la música hortera del piano y las hordas de turistas japoneses no me resultaban especialmente molestas.



Nuevamente presté atención al café, y otra vez volví, por un instante al presente, le agregué un poco de azúcar y adquirió un sabor dulce, igual que el que me solía tomar con pastelitos de almendra en la terraza del Argana en Marrackech, mirador y vigía de la plaza Jamaa el Fna, un lugar lleno de color y vida, punto de encuentro de contadores de historias, vendedores de pintorescos productos y encantadores de serpientes. Anteriores viajes me habían hecho mas cauto pero no tanto como para resistirme a enrollarme una serpiente al cuello a sugerencia de uno de los hipnotizadores de animales.



Pero el dulzor de mi boca desapareció, levanté la vista del periódico y me vi rodeado de estudiantes, al fondo había un busto de Heminway y a través de las cristaleras veía la plaza del Castillo. Estaba en el Iruña, muy cerca del hotel La Perla, donde solía alojarme cuando iba a visitar a mi hermana a Pamplona, entusiasta estudiante de periodismo en la ciudad en aquella época; cuantas cosas han cambiado desde entonces...
Volví a concentrarme en la lectura del periódico. En el diario había un artículo que homenajeaba al difunto Paco Umbral. De repente el escritor cobró vida y se dirigió a mí con un vaso de whisky en la mano. Estábamos al abrigo del lugar más intelectual de Madrid, el café Gijón, confidente de conspiraciones políticas y tertulias literarias.  Umbral me aseguraba, con su refinada grosería, que su secreto infalible para seducir a las ninfas era que sus lefas estaban siempre bien perfumadas. Imposturas de viejo loco, pensé, aunque tal vez estuviese más cuerdo que lo que yo podía prever en aquel momento.

Según cerré el periódico la estampa del escritor se diluyó, y de nuevo en el Dindurra, apuré el último sorbo de café y me pedí un chupito, tenía un gusto familiar, sabía a nostalgia y a tango. En el Tortoni de Buenos Aires hay un busto adosado a la pared que homenajea a Gardel y una mesa que sigue presidiendo el espectro de Borges, el inquietante poeta ciego,  creador de paradojas e incertidumbres, igual que los recuerdos que tengo asociados con ese lugar, primero calor y euforia y súbitamente sólo abandono y melancolía.


Un escalofrío recorrió mi cuerpo y me trajo de nuevo al mundo real, tomé otro trago e inmediatamente me tranquilicé y del tango pasó a sonar el vals. El mismo que escuchaba aquella fría tarde invernal en el café Prückel de Viena,  un lugar limpio y claro, de techo alto y grandes ventanales donde todo el mundo leía, tomaba dulces y permanecía un largo tiempo. En el cercano mercadillo vendían vino caliente y las luces de Navidad de la plaza eran por si mismas todo un gran espectáculo. Apetecía quedarse allí y languidecer todo el largo día, se estaba a resguardo y desde el lugar se podía ver confortablemente el mundo pasar, incluso si el día era gélido y lluvioso.

Estaba completamente traspuesto cuando el camarero del Dindurra se acercó y me entregó la cuenta, no obstante pronto reaccioné. Me levanté y salí por la puerta giratoria hacia el paseo de Begoña. En la calle los niños seguían jugando como siempre, igual que yo lo había hecho allí 30 años atrás, porque aunque muchas cosas sucedan dentro las paredes de los viejos cafés, estos siguen inmunes al paso del tiempo. Las paredes de piedra son mas resistentes que nuestra piel quebradiza,  los clientes. Los atuendos cambian pero los muros resisten y al final todo sigue igual.

sábado, 29 de marzo de 2014

DOLOROSO EPÍLOGO

Desde que todo acabó me siento muy perdido. No sé que busco porque me he quedado sin referencias. He probado diferentes distracciones, viajar,  redecorar mi casa, invertir… pero nada material me consuela, ni me alivia. Tampoco los besos que me animas a que robe a la noche me van a saber a nada, lo sé, y por el momento ni me lo planteo, no me siento con ánimos.

Antes de que tu buscases otros mares, tu llenabas todo mi horizonte futuro. Un Bali que ya nunca conoceremos juntos o rincones de París que jamás te podré mostrar. Caricias en el salón que no nos daremos. Confidencias y susurros al oído que no escucharé. Tu mirada ya no se juntará con la mía, ni tu risa contagiosa alegrará mi semblante. Fernandito, así lo pensábamos llamar, ya no existirá o tendrá unos nuevos papás y durante mucho tiempo en las reuniones familiares habrá una silla vacía y un hueco que no podré llenar.

Me quedo, no obstante, con toda la pasión y todos los besos y abrazos que hemos compartido, los muchos y buenos momentos que hemos vivido juntos y que se han metido sin remedio por todos los rincones de mi cuerpo y los surcos de mi corazón y que por más que me esfuerce nunca conseguiré sacar del todo. Escucharé fado y lloraré abrazado a mis recuerdos y esa angustia será mi compañera y mi consuelo durante mucho tiempo.

No se si esto es amar según tu lenguaje, siempre me reprochabas que no te lo decía con suficiente frecuencia, aunque creía demostrártelo, pero es absolutamente lo que siento y lo que he sentido siempre por ti.

Te echaré muchísimo de menos y otros muy próximos a mi se que también lo harán, aunque nunca lo demostrarán más que con un gesto, una sutil mirada o un esbozo de sonrisa, que, como nuestras fotografías, se quedará congelada en el tiempo…

martes, 25 de marzo de 2014

ALGO MÁS QUE UN VUELO

Justo se acababan de conocer en el avión. El destino les había colocado en dos asientos contiguos en el vuelo que unía Madrid con Nueva York, donde los dos, él y ella, habían planeado por separado pasar unos días haciendo turismo.
Comenzaron la protocolaria charla de desconocidos, generalmente breve e insulsa, con el ánimo de terminar pronto y echar una cabezada. Sin embargo, pronto comenzaron a brotar las palabras y a fluir las frases. Y así, en el transcurso de las 8 horas de vuelo pasaron de la cordial sonrisa o el aséptico consejo sobre que lugar visitar, ( - ¡Mejor Macy´s que Twenty First Century!;  cenar en Elly ´s Stardust, ¡Imprescindible¡- ), a la risa cómplice o a las confidencias íntimas sobre amores, desamores y los distintos laberintos por los que les había llevado la vida, para al final acabar siempre en el punto de inicio, solos, desorientados y cada vez más agotados.
Cuando estaban a punto de aterrizar en el JFK ya carcajeaban y se reían de sus presuntas desdichas. En realidad, ninguno de los dos, sobre todo ella, era aún tan viejo ni tan desdichado y compartidas sus penas parecían desaparecer.
El avión se posó en tierra. Tocaba despedirse y ninguno sabía como hacerlo, cuál era la frase adecuada, la palabra precisa o el gesto oportuno, y por eso decidieron quedarse juntos, no sólo para compartir la visita a la gran manzana, sino para siempre.

sábado, 4 de diciembre de 2010

EL RASTRO DE SHANGRI-LA ( nueva version del mismo relato )




















Derrotado, castigado por otra ingrata jornada, cerró los ojos para aferrarse de nuevo a su memoria. Ignoraba que esta sería su última noche de desvelo.

Durante demasiado tiempo había vagado por una senda sin sentido, obsesivamente atrapado por el peso de sus recuerdos. Sólo hallaba consuelo al evocar cada detalle de su conmovedor romance, abruptamente truncado por aquel desventurado golpe del destino.

Todos los instantes con ella habían sido únicos, trascendentes, irrepetibles. Se recreaba en cada escorzo, cada gesto, cada caricia, cada palabra. El beso de las nueve y veinte le sabía distinto al de las nueve y media. Su aroma aún le embriagaba más a las once y cinco que a las once. Su risa siempre le sonaba diferente, pues la percibía con matices y timbres infinitos.

Añoraba pasear a su lado, seguir su estela, con ella todas las ciudades resultaban luminosas, ordenadas, cercanas y apacibles. Ya fuese Gijón, Oxford, Singapur o Shambhala, el tiempo se confabulaba con el espacio y se detenía para su deleite, produciéndole una indescriptible sensación de paz y armonía.

Anhelaba recordar días enteros con ella, sentir de nuevo su hechizo oriental, sucedáneo de vida en una actual existencia para olvidar.

Un súbito destello le sacó de su trance. Era la seductora luz de un madrugador amanecer que acariciaba su rostro mientras trataba de arrebatarle la imagen de su amada.
Atormentado, temeroso de que la huella de su pasión se desvaneciese, se precipitó al abismo en su búsqueda.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

RECORDAR SEGÚN FUNES

Ayer domingo, demolido, castigado por otra noche de sábado sin sentido de la que, tal vez por fortuna, ya no podía recordar absolutamente nada, de nuevo volví a pensar en su suave y embriagadora mirada y me recreé recordando toda nuestra historia, ya tan lejana en el tiempo pero tan fresca en mi memoria.
Según Borges sólo un tal Funes, ya fallecido y conocido como el memorioso, tenía derecho a conjugar el verbo recordar, por lo visto aquel tipo era capaz de reproducir cada último detalle o experiencia de su vida o recordar, palabra por palabra, libros enteros que había leído una sola vez.
Borges concluía que Funes estaba atrapado en sus recuerdos, pues era incapaz de abstraerse, crear conceptos o hacer generalizaciones ( el perro que recordaba a las 5,15 era para él distinto del mismo perro a las 6,15 ).Esta situación me resulta extrañamente familiar.
Cuando pienso en nuestros momentos juntos me sucede exactamente lo mismo. El beso de las 3 y 42 minutos sabía distinto que el de la 3 y 45. Su aroma aún me embriagaba más a las 10 y 28 que a las 9 y 45. La emoción era distinta cuando me esperaba con el vestido rojo que cuando lo hacía con el azul. Su sonrisa era diferente cada vez, pues tenía matices y timbres infinitos.No fue lo mismo pasear con ella por Salamanca que por Oxford. Londres con ella resultaba luminoso, Madrid ordenado y Bangkok cercano, familiar y apacible. En cada momento y lugar sentía una indescriptible paz y ternura.Cada instante con ella era único, transcendente y digno de permanecer grabado para siempre en mi mente. En mi recuerdo están cada escorzo, cada matiz, cada caricia, cada palabra, y ahí deben de seguir.Puedo recordar días enteros con ella y sentir de nuevo su magia oriental, que importa si ahora hay largas noches para olvidar.

sábado, 25 de septiembre de 2010

HISTORIA DE UN ADIOS

Aquello parecía el cierre de una etapa. Hacía un gélido frío en Ámsterdam cuando lleno de dudas volé desde Schipol al aeropuerto del Norte, previa escala en Madrid.
La sala de espera de los Rodeos, menos concurrido que el aeropuerto del Sur, el cual solía utilizar cuando venía directamente de mi tierra, ofrecía mejores vistas y más sosiego. Esta vez ni siquiera me impacienté por la espera.
Algo había cambiado en el paisaje y la ilusión se terminaba igual que el frescor de un otoño que languidecía marchitaba los brotes que la primavera había traído perfumados y frescos.
Llegó como siempre agradable y cariñosa pero se había acabado la frescura de antaño, el destello de sus ojos se había apagado, su sonrisa, de la que ahora se sentía tan orgullosa parecía más artificial que nunca, su energía se había evaporado, por el cansancio del trabajo según me dijo.
Tan solo unos meses juntos y ya sentía el hastío y el desgaste de toda una eternidad.
Elegimos un magnífico y apartado restaurante francés para cenar, El Refugio de María, en el frondoso valle de la Orotava. Fue una desapasionada velada en una casa rústica con un trato exquisito. Ya ni recuerdo que cenamos pero de lo que estoy seguro es de que pedimos vino del país en vez de una especialidad francesa, siempre lo hacíamos así.
La conversación fue fluida pero carente de pasión, oíamos palabras sin escuchar sentimientos, ya no nos susurrábamos nada al oído, nos mirábamos y ya no nos veíamos, le acariciaba la mano y ya no sentía su ternura, olía su perfume y ya no quedaba impregnado de su hechizo. En ese momento supe que estaba todo perdido. Nada podía reprocharle, simplemente éramos dos burbujas que se separaban como pompas de jabón volando cada una en busca de su destino, sin dañarse pese a al fragilidad de sus estructuras.
Disciplinadamente traté de cumplir el protocolo marcado para el fin de semana.
El viernes por la mañana ella trabajaba y me acerqué en autobús a La Laguna, que aún no había tenido la oportunidad de conocer de día. Su zona histórica me pareció francamente interesante, edificios de piedra y miradores, antiguas iglesias y una torre a la que subí por una estrecha escalera.
A la bajada paré a tomar un café en una terraza cercana al mercado viejo, estaba fresco y tuve que refugiarme en el interior del local, no era un lugar acogedor, lúgubre y oscuro, no obstante hice algo de tiempo leyendo los periódicos locales. Mientras los ojeaba me di cuenta de que sabía más de lo que yo mismo me imaginaba sobre la vida política y social de la isla. Incluso empezaban a interesarme sus pequeñas reivindicaciones y batallas. Demasiado tarde, sin duda.
Por fin ella llegó, fuimos a comer a La Casa Encantada, un sitio estupendo, volvimos a pedir un buen vino de la tierra y una sama con unas papitas arrugadas. Siempre me había gustado salir a comer con ella. Era una liturgia con la que ambos llegábamos a sentir gran complicidad. Aunque de una forma distinta, menos profunda, llegué a disfrutar de nuevo de su conversación y su compañía, tal vez sólo porque intuía que esta sería la última vez.
Paseamos por la zona antigua y vimos que en un entoldado estaban presentando vinos de la zona, entramos y allí se encontró con unas amigas, chicas muy simpáticas que yo ya conocía bien. Uno de los productores nos invitó a visitar su bodega, a ella le encantó, le gustaba ese mundo por tradición familiar. Quedamos en ir todos juntos al día siguiente.
No madrugamos. Era sábado y la visita estaba prevista para el mediodía. Desayunamos con calma y cogimos el coche, paramos para recoger a las dos amigas que nos acompañarían y pusimos rumbo a la bodega.
Sin estar distantes parecíamos distanciados, ni en la mesa nos sentamos juntos. Yo me fijé más en los antiguos toneles y en la plantación de alrededor del edificio dónde me las arreglé para sacarme fotografías. Ella se quedó más tiempo con sus amigas en la terraza.
De allí fuimos todos juntos a un guachinche y después a una remota playa en un acantilado. Me esforzaba por hablar y sonreír pero a diferencia de otras ocasiones y de la inmejorable predisposición de nuestras acompañantes llegué a encontrarme extraño y aislado, ajeno a todo. Me sentí muy aliviado cuando pensó que sería mejor no salir de marcha esa noche. Estaba agotado psicológicamente.
Al día siguiente fuimos a una tranquila playa del sur, frente a unas casitas blancas y un tenderete donde vendían cerveza. Fue la última vez que hicimos algo juntos y pese a que estaba algo fresco nos dimos un largo baño. Me dejaba llevar, el final era irremediable pero no sufría, simplemente veía que nuestro tiempo juntos se extinguía.
Ya en casa vimos un rato la televisión, antes de acostarnos hablamos, todavía conseguimos sonreír una última vez juntos, tal vez un reflejo del pasado.
Al día siguiente me acercó hasta el aeropuerto. Tras facturar la maleta le pregunté si no le parecía que vivíamos en dos mundos demasiado opuestos. No me respondió nada convincente. Al coger el avión supe que ya no volvería nunca más a la isla.
Pronto me enteré que ella también tenía la decisión tomada.

domingo, 17 de enero de 2010

CONCURSO DE MICRORELATOS. Las rebajas: finalistas

ELCULTURAL.es
El Concurso tiene por objeto la publicación en la página web de El Cultural.es y en las páginas oficiales de ELCULTURAL.es en Facebook y Twitter el microrrelato ganador Podrán participar en el Concurso las personas físicas que envíen sus microrrelatos originales y escritos en castellano que no excedan los 140 caracteres, en relación con el tema planteado en el apartado 1 de las presentes bases y de acuerdo con los requisitos establecidos en las mismas. EL RETO ES DIFÍCIL. SE PUEDEN UTILIZAR MENOS CARACTERES QUE EN UN MENSAJE DE MOVIL.

Estoy entre los finalistas de la semana. El tema es las rebajas:

Este es el texto:
Jesus Diaz, 13/01/2011.

" Se acabó el aroma a chanel. En las cenas ya no había champán. Volubles son el amor y el comercio, mermada la pasión se rebaja el precio."


jueves, 12 de marzo de 2009

GIJON EN EL RECUERDO

 Tal vez sea producto de la distancia, ya que el paso del tiempo da a nuestros recuerdos un poso brumoso y mágico, igual que el de las fotografías que amarillean; pero me da la sensación de que Gijón ha perdido gran parte de su aroma tradicional. Los barrios ya no tienen el tipismo que los caracterizaba antaño. Se han homogeneizado y unificado. Todos escuchan la misma voz y suenan a lo mismo.
Recuerdo mi infancia en el barrio del Carmen, en el singular ambiente en que me crié, entre los fogones del restaurante que regentaban mis padres, un lugar no siempre placentero, poco acogedor y ciertamente nada apropiado para un niño pero lleno de vivacidad y de singular riqueza.
Recuerdo con nostalgia a los curiosos personajes que solían frecuentar nuestro establecimiento. Eran únicos, auténticos e irrepetibles; últimos representantes de un mundo pasado que ya no volverá.
Recuerdo a un anciano que se hacía llamar Carlitos de Gijón, un cantante frustrado en su juventud que, ya viejo, pretendía ganarse la vida cantando por los bares aunque en realidad era un pobre hombre fantasioso y sin ingresos. Venía casi a diario y el trato era un menú gratis a cambio de llenar el local de clientes con su voz. Sus añejos tangos no eran ningún estímulo para atraer a nuevos clientes. En realidad se le permitía cantar un par de canciones para alimentar su ego y se le proporcionaba algo de comer para hacer lo propio con su diminuto cuerpo sólo por caridad. En agradecimiento a la habitual generosidad mis padres, siempre frenéticos y demasiado atareados, Carlitos me llevaba al circo o a ver los trenes de la cercana estación. Cuando se apeaba alguna chica joven la piropeaba elegantemente con su porte de trasnochado don Juan otoñal de traje raído.
Recuerdo a Barón, el marinero forzudo, del que hubo expuesta largo tiempo una foto en una tienda de la calle San Antonio. Stallone era a su lado un aprendiz. Su cuerpo estaba decorado con llamativos tatuajes, no tan comunes en aquel entonces, que a mí me fascinaban. Cuando soplaba sobre su dedo pulgar, de un modo circense, original y muy característico, la musculatura de su vigoroso brazo parecía hincharse aún más. Presumía de aguantar en la cubierta de un barco a menos veinte grados o de haber sufrido intentos de violación por apasionadas amazonas en exóticos países. Al llegar el mes de enero se cubria con una chaqueta para protegerse del frio aunque el insistía en que era para evitar accidentes de circulación ya de lo contrario los conductores y conductoras (enfatizaba el femenino, aunque entonces no se estilaba el lenguaje políticamente correcto) se despistaban viendo su portentosa musculatura desafiando las inclemencias meteorológicas.
Recuerdo a las pescaderas de la plaza, antes de que esta pasase a ser un edificio administrativo. Las recuerdo vender en la calle la mercancía, con su voz chillona o regateando con mi padre el precio del bocarte o de la sardina, siempre tan pintadas y descaradas, muchas veces a cargo de una abundante prole y maridos viciosos y chulescos a los que ellas proveían, en una especie de macabra competición, de toda clase de lujuriosos caprichos.
Recuerdo a Esperanza Sorribas en la cocina del restaurante, aún con sus aires de condesa arruinada que muy pronto el tiempo y la locura arrebatarían, escogiendo comida entre las sobras del día para alimentar a sus gatos y palomas. Era ingeniosa y se decía poetisa. Trataba de pagar el favor con un collar de “fantasía” para mis hermanas de mucho colorido e ínfimo coste. Les decía, cuando se lo entregaba, que las mujeres ya que no tenían nuez debían de tener avellana. Nunca llegué a entender lo que quería decir con eso. Espero algún día poder descubrirlo.
Recuerdo a “Luarca”, alcohólico, desaliñado y paupérrimo limpiabotas. Le permitían guardar la aparatosa caja de madera que utilizaba y sus betunes en el almacén del restaurante y a veces realizaba algún servicio en un rincón del bar; se esmeraba en dejar los zapatos de sus clientes bien relucientes y alguno le ofrecía dinero extra con la condición de que sólo se lo gastase en vino. El hombre hacía un gesto de resignación y corría a la barra del bar a cumplir su parte del trato.
Recuerdo a don Luis, ex combatiente de la división azul, con su sol y sombra en la mano clamando bravatas y retando a don Carlos, párroco de la iglesia y habitual a la partida de cartas de la tarde en el bar, por irreconciliables desavenencias políticas. ¡Un cura comunista!. ¡Qué gran blasfemia!. Durante años el sacerdote fue capaz de ignorar las afrentas y afortunadamente la sangré jamás llegó al río, por algo era la época de la guerra fría.
Recuerdo a Magdaleno, hijo de Magdalena, trastornado por el ruido y las malas compañías, estrellando su cuatro latas contra la luna de la peluquería de la esquina a horas intempestivas, del estruendo, del estrépito, del bullicio; de las carcajadas de algunos y de los alaridos de su madre.
Recuerdo dormirme en el mirador de mi casa, justo encima del restaurante, arrullado por los fascinantes sonidos que provenían de la calle; la llamada del afilador, los cantarines de algún sidrero, o los lejanos ecos de las discusiones entre chulos y fulanas.
No soy de los que piensa que cualquier tiempo pasado fue necesariamente mejor, el montaje era más simple y los personajes más ingenuos pero las peripecias eran mucho más descarnadas.
Recuerdo al monstruoso carbonero, al que un día descubrí robando sacos y me amenazó de muerte o el día en que unos desaprensivos prendieron fuego al carro del trapero o también del día que algún sádico decidió cortarle las orejas a la amistosa perra del garaje.
Recuerdo muchas cosas, demasiadas, para los límites de lo que sólo pretende ser una sencilla bitácora.

martes, 22 de abril de 2008

VIEJOS TRENES QUE SUENAN A TANGO

El otro día, moviendo antiguos trastos, descubrí en el fondo del cajón y entre viejos apuntes del instituto un papel cargado de polvo. Era un texto que escribí hace unos 15 años y rememora una época aún anterior, la de mi infancia.
Ese recurrente paraiso perdido en el que todos los nostálgicos tendemos a sumergirnos una y otra vez.
La vida pasa pero hay cosas que nos marcan para siempre. De hecho creo haber hablado en alguna ocasión en este foro del buen Carlos al que me refiero en el texto.
Antes escribía en un cuaderno y ahora en un blog, pero soy de los que se mantiene fiel a si mismo.
Me reconozco completamente en este escrito de adolescente. Ni mis inquietudes ni mi estilo han variado tanto desde entonces...
A continuación, sin más preámbulos y sin ningun cambio, reproduzco el texto mencionado.

Era Carlitos de Gijón, el más celebrado, o al menos el más célebre, cantante del chigre. Mi padre, el dueño del local, si sabía que no había comido, solía animarle a cantar. El arrugado y diminuto viejecito aceptaba satisfecho, a cambio generalmente, de un bocadillo y un vaso de vino. Por un momento se hacía un silencio en el bar y la gente escuchaba a aquel hombre respetuosamente. Hasta los camareros solían cesar en su labor. Sin embargo, el cocinero, ajeno a todo lo que sucedía en el exterior continuaba trabajando y el ruido de las potas y cacerolas a veces distraían al buen Carlos. ¡Ha echado a perder mi actuación!¡Los artesanos siempre han odiado a los artistas!¡Hereje!- Gritaba indignado. Un buen día, tal vez agradecido por la generosidad de mi viejo (como el solía decir), propuso llevarme hasta la estación de trenes, que yo (con tan sólo 6 años entonces), aún no conocía. Generalmente Carlos era alegre y risueño, pero al llegar a la pequeña y destartalada estación local su actitud cambió por completo, parecía ensimismado y nostálgico. Seguramente recordaría su lejana juventud, cuando se movía por todo el país cantando tangos y haciéndose pasar por argentino ( aunque lugareño siempre hablaba con un marcado acento bonaerense ).
De repente salió de su estado de abstración y me dijo:
- Las piezas nunca pueden encajar perfectamente. ¿ No ve vos la distancia entre los raíles ?
- Sí. - Contesté-.
-Es porque siempre hay que dejar un sitio para los sentimientos.
En ese momento sonó la sirena de un tren e inmediatamente una lágrima corrió por la mejilla del viejo cantante. - La sirena del tren que se va suena para el que se queda en tierra a separación y distancia, a un futuro duro y tal vez triste. - Masculló-.
- ¿ Y para el qué se va ?- le pregunté.
- Para el que se va es el sonido de la ilusión, los nuevos horizontes y las oportunidades. - Para mi es solo una señal de aviso- Le dije-.
- Cuando hayas vivido más cada vez que escuches esta sirena te entrarán unas inexplicables ganas de llorar, como me pasa a mi.
Años más tarde me enseñaron en la escuela que los raíles se colocan así para evitar los efectos de una presumible ditación del acero los días de calor. No hace mucho me hablaron en el instituto del ruso Paulov y del reflejo condicionado. Los perros del científico salivaban cada vez que escuchaban un timbre, igual que Carlos lloraba cada vez que escuchaba una sirena.
No obstante yo prefiero seguir creyendo en los artistas y recelando de los artesanos y científicos. Ahora siempre que escucho una sirena de tren, yo también lloro.
Asimismo, cada vez que escucho el tango, Caminito, (" Cuando ella se fue nunca más volvió..., caminito amigo, caminitio adiós "), recuerdo a Carlos con cariño y nostalgia y una lágrima corre también por mi mejilla.
LOS SENTIMIENTOS NO SE PUEDEN NI SE DEBEN EXPLICAR CIENTÍFICA NI RACIONALMENTE.

miércoles, 27 de febrero de 2008

PRIMEROS ENCUENTROS

Hacía tiempo que me había fijado en ti en un bar de la Arena pero tardé en acercarme. Era un adolescente tímido y me parecías tan rubia, holandesa e inaccesible… Un buen día decidí probar suerte y vi que eras fresca y divertida.
Inmediatamente me di cuenta de que estábamos hechos el uno para el otro. Fueron tantas tardes en las terrazas del puerto deportivo siempre juntos, tanta diversión en las noches gijonesas.
Tu chispeante y contagiosa alegría era el complemento perfecto para mi alma atormentada y contigo era fácil perder el control e ir siempre un paso más allá.
Fue una época de aprendizaje y experiencias que compensó algún que otro desasosiego o dolor de cabeza. Pero la magia se acabó, cada día te encontraba más amarga, notaba que dañabas mi cuerpo y mi mente y decidí probar otros colores y texturas más cálidas y suaves.
Perdona mis infidelidades y devaneos querida Heineken, ya hace tiempo que he dejado de pensar en verde.