A unos 350 kilómetros al norte de Atenas se encuentran las curiosísimas formaciones calcáreas conocidas como montañas de Meteora que en griego significan algo así como “rocas caídas del cielo”.
Dada su lejanía no es posible hacer una excursión de un día desde la capital. Lo ideal es hacer un par de noches en la zona. El pueblo de Kalambaka, sumamente tranquilo y justo al borde de las colinas, ofrece variados servicios y buenas opciones de transporte y es la base ideal para visitar la zona.
A medio camino desde Atenas está Delfos, que es una parada muy recomendable ya que el antiguo santuario, sede del oráculo y del templo de Apolo, es a día de hoy un interesantísimo yacimiento arqueológico donde ascendiendo a través de una empinada ladera nos iremos encontrando con restos de los antiguos edificios de casi 3000 años de antigüedad.
Monjes eremitas empezaron a frecuentar los inaccesibles riscos de Meteora, de hasta 600 metros, a finales del siglo X. Sin embarco el auténtico florecimiento de los mismos se produjo cuando los monjes se refugiaron en ellos durante el siglo XV, huyendo de la invasión turca. Llegaron a fundarse 24 monasterios de los que 13 aún siguen en pié y 6 activos y visitables. San Nicolás, Roussanoau, Varlaam, Gran Meteoro, Santísima Trinidad y San Esteban. Cuatro de ellos son masculinos y dos femeninos.
Si bien en el pasado la forma de acceder a ellos era escalando o a través de rudimentarias escaleras de madera y montacargas ( para las mercancías ), con lo que los monjes conseguían un total aislamiento, hoy en día carreteras y puentes facilitan el acceso y las escaleras de madera se han sustituido por escalones tallados en la piedra por lo que, pese a que su ubicación sigue desafiando la gravedad, la llegada a los mismos se ha vuelto relativamente cómoda.
Con la llegada del turismo los monasterios ya no son el remanso de paz y aislamiento que fueron antaño pero conservan su forma y decorado original y multitud de obras de arte ortodoxas.
El paisaje vertiginoso, indómito y su conexión con lo sagrado transmiten una gran emoción y la zona es ideal para hacer caminatas entre los riscos. Un lugar lleno de originalidad y atractivo que, pese a mis altas expectativas cuando emprendí el viaje, no me defraudó en absoluto.
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viernes, 19 de marzo de 2021
jueves, 18 de marzo de 2021
EL MONASTERIO DE PIEDRA
De viaje a Zaragoza, y tras mucho dudar, decidí dedicar un día a visitar el Monasterio de Piedra. Ya lo conocía y temía humillar esos borrosos e idílicos recuerdos que uno asocia con su niñez. Al visitarlo, a mediados de los 80, me había parecido el lugar más hermoso que uno pueda tan siquiera imaginar.
Ya de adulto, y tras haber visitado cascadas tan imponentes como Iguazú, Niágara o Gullfoss temía que el escenario real no estuviese al nivel de las imágenes que mi cerebro proyectaba y eso supondría degradar mi niñez, mancillar mi pasado.
Y, evidentemente cosas cambiaron. El largo recorrido por la nacional de Zaragoza a Calatayud, única via disponible en aquel entonces, mientras mi padre cantaba una canción sobre una tal Dolores se me hizo interminable en aquel primer viaje. Para colmo en el pueblo nadie parecía saber nada de la ínclita Dolores. En esta ocasión el rápido viaje por la autovía me pareció un corto paseo, y en Calatayud no solo pude apreciar la guarida de la acogedora Dolores sino unos extraordinarios edificios de estilo mudejar. No cabe duda de que me apliqué en el estudio de la historia del arte en el Bachillerato y de algo debía de servir.
El extraordinario zigzaguear entre los pueblecitos de montaña entre los que destacaría Nuévalos me pareció en ambos casos apasionante, y finalmente el impacto de las cataratas no me defraudó en absoluto.
Esa perfecta armonía que los monjes cistercienses lograron entre lo natural y lo humano para tratar de encontrar plenitud y trascendencia en el mundo real cuando paseaban o meditaban alrededor del monasterio continuaba igual de vigente no sólo que cuando conocí el lugar treinta años atrás, sino igual que casi mil años cuando el conjunto fue diseñado y construido. Son lugares inmortales, inmunes al paso del tiempo.
Ya de adulto, y tras haber visitado cascadas tan imponentes como Iguazú, Niágara o Gullfoss temía que el escenario real no estuviese al nivel de las imágenes que mi cerebro proyectaba y eso supondría degradar mi niñez, mancillar mi pasado.
Y, evidentemente cosas cambiaron. El largo recorrido por la nacional de Zaragoza a Calatayud, única via disponible en aquel entonces, mientras mi padre cantaba una canción sobre una tal Dolores se me hizo interminable en aquel primer viaje. Para colmo en el pueblo nadie parecía saber nada de la ínclita Dolores. En esta ocasión el rápido viaje por la autovía me pareció un corto paseo, y en Calatayud no solo pude apreciar la guarida de la acogedora Dolores sino unos extraordinarios edificios de estilo mudejar. No cabe duda de que me apliqué en el estudio de la historia del arte en el Bachillerato y de algo debía de servir.
El extraordinario zigzaguear entre los pueblecitos de montaña entre los que destacaría Nuévalos me pareció en ambos casos apasionante, y finalmente el impacto de las cataratas no me defraudó en absoluto.
Esa perfecta armonía que los monjes cistercienses lograron entre lo natural y lo humano para tratar de encontrar plenitud y trascendencia en el mundo real cuando paseaban o meditaban alrededor del monasterio continuaba igual de vigente no sólo que cuando conocí el lugar treinta años atrás, sino igual que casi mil años cuando el conjunto fue diseñado y construido. Son lugares inmortales, inmunes al paso del tiempo.
Otra vez fue maravilloso deslizarme entre gruta Iris por detrás de las cascadas y luego contemplar la llamada Cola de Caballo. No importa que en Islandia atronaran con más contundencia; estas sonaban más delicadas.
Los hilos de agua adornaban las rocas convirtiendo al tosco rio Piedra en filigrana, en una delicada pieza de orfebrería. El reflejo de sus aguas mansas en otras zonas del recinto proyectaban una versión enbellecida de la naturaleza circundante.
El nombre de los saltos, Baño de Diana, Caprichosa o Iris o la historia de la iglesia gótica parcialmente arrasada por el fuego y de la que aún se conserva un magnífico claustro y un estimable calefactorio son ya anécdotas que tal vez acabe olvidando pero la delicada atmósfera del Monasterio de Piedra es uno de esos parajes hermosos que uno debe de conservar en su memoria para refugiarse en él cuando todo comience a desmoronarse a nuestro alrededor. Inolvidable e imprescindible.
Los hilos de agua adornaban las rocas convirtiendo al tosco rio Piedra en filigrana, en una delicada pieza de orfebrería. El reflejo de sus aguas mansas en otras zonas del recinto proyectaban una versión enbellecida de la naturaleza circundante.
El nombre de los saltos, Baño de Diana, Caprichosa o Iris o la historia de la iglesia gótica parcialmente arrasada por el fuego y de la que aún se conserva un magnífico claustro y un estimable calefactorio son ya anécdotas que tal vez acabe olvidando pero la delicada atmósfera del Monasterio de Piedra es uno de esos parajes hermosos que uno debe de conservar en su memoria para refugiarse en él cuando todo comience a desmoronarse a nuestro alrededor. Inolvidable e imprescindible.
martes, 9 de marzo de 2021
CHEFCHAOUEN
De camino a Tetuán desde Fes hice una parada en Chefchaouen localidad situada en el Rif, en la zona en la que hasta mediados del siglo XX perteneció al protectorado español. Es por esa razón que muchos habitantes hablan español y es habitual ver carteles en nuestro idioma.
Este pueblo de montaña de menos de 50.000 habitantes fue fundado en 1741 por Moulay Ali Ben Moussa Ben Rached El Alami, quien se decía que era descendiente lejano de Mahoma. La mayoría de las casas están en una inclinada pendiente sobre la ladera convirtiendo la ciudad en un maravilloso enjambre azul.
El principal edificio religioso de la ciudad es la mezquita conocida como Le Grand Mosqué de Chefchaoen, se encuentra en uno de los extremos de la gran plaza Uta Hamam. Se construyó en el siglos XVI en tan solo 20 años y su principal minarete de forma octogonal le da un aire muy característico y especial.
Pegada a la mezquita está la fortaleza, conocida como la kasbah, fue construida para defenderse de los ataques portugueses, y a su alrededor creció la medina, como otras tantas en Marruecos un laberinto de callejuelas, casas y pasajes.
La torre de la kasbah es uno de los puntos más altos de la ciudad. Se puede acceder a la misma, desde la cual se aprecian unas vistas espléndidas de la ciudad.
La plaza Outa el Hamman, rodeada de cafés y restaurantes, es el lugar por el que accederemos a la ciudad (es la parada obligatoria de todo el transporte público) y al que debemos volver a encontrar si no queremos quedarnos atrapados para siempre en la envolvente red de laberintos y callejuelas que constituyen la esencia de la ciudad.
Hay varias versiones pero parece ser que fueron los judíos sefarditas expulsados de España por los reyes católicos y posteriormente instalados en esta zona los que empezaron a pintar las casas de color azul convirtiéndolo en el color de su barrio y luego en el de la ciudad.
Hay otra versión que dice que se hizo así para ahuyentar a los mosquitos, también que sirve para mantener las casas más frescas. Lo cierto es que ese color le da al pueblo personalidad propia y un aire único y auténtico.
La ciudad es hospitalaria, amigable y muy tranquila, sobre todo si la comparamos con otras de Marruecos. Fiel a su cultura rifeña el pueblo, pese a haber crecido en tamaño, mantiene su aire rural y ha evitado el tumulto.
Podemos transitar por sus estrechas calles, generalmente no demasiado concurridas, sin ser molestados apenas por los vendedores, guías informales y otra gente que se busca la vida a costa de los turistas que tanto proliferan en las estrechas medinas de otras localidades de Marruecos.
Su originalidad, la ausencia de vehículos, la paz que trasmite, el aire puro de las cercanas montañas o la vestimenta tradicional de la mayoría de habitantes crean una atmósfera especial en la que parece que el tiempo se ha detenido.
Dada su forma irregular es imposible guiarse en ella con un mapa. La mejor forma de conocerla es deambular por sus intrincadas calles y perderse por ellas, así nos iremos encontrando pequeñas y sorprendentes maravillas que el pueblo esconde.
En muchas esquinas irán apareciendo hermosas fuentes, perfectamente mimetizadas con los edificios. Además de su función práctica es destacable el trabajo de yesería, la ornamentación y su color azul como el resto de la medina.
La Plaza El Hauta con su fuente es uno de los pocos lugares abiertos en este laberinto de callejuelas. Y también uno de los puntos estratégicos donde podemos ver el contraste entre las pequeñas casitas y las montañas del Rif como imponente fondo. Realmente es impresionante el priviligiado enclabe en el que se encuentra esta pequeña villa.
Muchos callejones decoran sus paredes con macetas de colores, tampoco os dejarán indiferentes las puertas. La pequeña ciudad es un espacio en armonía y los vecinos contribuyen a enbellecerlo con encantadores detalles.
Edificios de gran interés cultural son también sus lavaderos, aún en uso ya que muchas de las casas no poseen agua corriente.
Desde tiempo inmemorial constituyen un centro de reunión y de socialización para las mujeres que son las que cargan con la responsabilidad de este duro trabajo. Ras el-Maa es el nombre del manantial que abastece de agua potable a Chefchaouen y también el de este lavadero.
Para volver a la plaza principal, y tras varios fallidos intentos, pedí ayuda al dependiente de una tienda, amablemente me acompaño hasta el lugar que le enseñé en una foto en mi cámara y rehusó cualquier propina. Un ejemplo de ayuda desinteresada muy distinto al que experimenté en otras partes del país.
Chefchauen tiene la dosis justa de aventura, exotismo y serenidad que lo convierten en un lugar altamente recomendable.
domingo, 7 de marzo de 2021
KOH PANYEE
Koh Panyee es un islote localizado en la bahía de Phang Nga en Thailanda. Esta es una zona rica en pesca y familias de pescadores nómadas musulmanes la frecuentaban desde hace siglos.
Hace unos 200 años decidieron asentarse pero al carecer de tierra firme tuvieron que hacer uso de su ingenio y crear el asentamiento encima del mar. Construyeron sus casas de madera sobre pilastras y se acostumbraron a vivir de una manera anfibia muy peculiar.
El interior del asentamiento, de unos 2.000 habitantes, es una intrincada red de pasillos donde el espacio está aprovechado al máximo. Panyee, al estar protegido por la bahía ofrece un lugar seguro con la llegada de los monzones lo que permitió que la comunidad se desarrollara y viviera de la pesca. En los últimos años la comunidad encontró en el un medio de conseguir recursos extra haciendo la llegada más accesible para los turistas. Así los barcos que realizan la ruta de la bahía de Phang Nga desde Phuket a menudo hacen una parada en el pueblo para almorzar.
Desde entonces algunos restaurantes especializados en mariscos han abierto en la isla, así como varios puestos que venden recuerdos. Hay una encantadora historia en torno al equipo de fútbol juvenil de Koh Panyee que popularizó el poblado hace años.
Inspirados por el Mundial de 1986 los niños del lugar decidieron formar un equipo de fútbol. Como no tenían espacio para jugar decidieron crear en el mar uno flotante usando viejos trozos de madera y balsas de pesca. Así empezaron a jugar para divertirse.
Más adelante, pese a la precariedad de sus medios, se inscribieron en liga juvenil de futbol ante el asombro y la incredulidad de muchos. En el campeonato hicieron mucho más que competir dignamente, llegaron a las semifinales del mismo convirtiéndose en un ejemplo de coraje.
En la actualidad el Panyee FC es uno de los clubes de fútbol juvenil más exitosos del sur de Tailandia. Los niños que construyeron el campo en 1986 ahora son ahora adultos pero crearon escuela y el equipo tienen el impresionante récord de ganar los campeonatos de fútbol juvenil del sur de Tailandia en el 2004, 2005, 2006, 2008, 2009 y 2010.
Dejo aquí un enlace a un vídeo donde se narra esta bonita historia de superación.
Hace unos 200 años decidieron asentarse pero al carecer de tierra firme tuvieron que hacer uso de su ingenio y crear el asentamiento encima del mar. Construyeron sus casas de madera sobre pilastras y se acostumbraron a vivir de una manera anfibia muy peculiar.
El interior del asentamiento, de unos 2.000 habitantes, es una intrincada red de pasillos donde el espacio está aprovechado al máximo. Panyee, al estar protegido por la bahía ofrece un lugar seguro con la llegada de los monzones lo que permitió que la comunidad se desarrollara y viviera de la pesca. En los últimos años la comunidad encontró en el un medio de conseguir recursos extra haciendo la llegada más accesible para los turistas. Así los barcos que realizan la ruta de la bahía de Phang Nga desde Phuket a menudo hacen una parada en el pueblo para almorzar.
Desde entonces algunos restaurantes especializados en mariscos han abierto en la isla, así como varios puestos que venden recuerdos. Hay una encantadora historia en torno al equipo de fútbol juvenil de Koh Panyee que popularizó el poblado hace años.
Inspirados por el Mundial de 1986 los niños del lugar decidieron formar un equipo de fútbol. Como no tenían espacio para jugar decidieron crear en el mar uno flotante usando viejos trozos de madera y balsas de pesca. Así empezaron a jugar para divertirse.
Más adelante, pese a la precariedad de sus medios, se inscribieron en liga juvenil de futbol ante el asombro y la incredulidad de muchos. En el campeonato hicieron mucho más que competir dignamente, llegaron a las semifinales del mismo convirtiéndose en un ejemplo de coraje.
En la actualidad el Panyee FC es uno de los clubes de fútbol juvenil más exitosos del sur de Tailandia. Los niños que construyeron el campo en 1986 ahora son ahora adultos pero crearon escuela y el equipo tienen el impresionante récord de ganar los campeonatos de fútbol juvenil del sur de Tailandia en el 2004, 2005, 2006, 2008, 2009 y 2010.
Dejo aquí un enlace a un vídeo donde se narra esta bonita historia de superación.
sábado, 6 de marzo de 2021
BOSQUE DE ARASHIYAMA
El bosque de bambú o bosque de Arashiyama está ubicado en la parte oeste de la fascinante ciudad de Kioto en Japón, a una media hora en autobús desde la estación central.
Para mi fue toda una sorpresa ya que no esperaba encontrarme esa maravilla natural tan próxima al centro de la ciudad.
Más de cincuenta variedades de bambú crecen a lo largo y ancho de este bosque, con algunos ejemplares que pueden alcanzar incluso los veinte metros de altura. Un paseo por este santuario vegetal constituye una experiencia sensorial única; es es liberador para la mente y purificador para el alma. Un camino entre los esbeltísimos arboles se va abriendo para el paseante envolviéndolo en un escenario onírico fuera del mundo real.
Los troncos crujen y los árboles frotan sus hojas al unisono produciendo una monotonía relajante. Es difícil describir con palabras o con imágenes. En épocas pasadas este lugar era exclusivo para a la alta aristocracia japonesa. Sus senderos, misteriosos, románticos y silenciosos, eran uno de los lugares de esparcimiento favoritos de la familia real. Hoy es accesible para cualquiera, con la única desventaja de que en ocasiones está demasiado concurrido. Al salir del bosque nos encontraremos con el puente Togestsukyo o puente que cruza la luna, tiene 155 metros y es uno de los símbolos de la zona. La forma del puente tiene ese toque estético tan importante en la cultura japonesa. Arashiyama es la montaña que queda al sur del puente. En otoño sus laderas se cubren de un precioso de un manto de hojas rojas de arce. Un paseo en barco en una de las formas más recomendables de disfrutar del relajante paisaje de la zona. Por último podemos completar la excursión con la visita al cercano templo Tenyru-ji. La principal atración del templo es el delicado jardín Zen de belleza incomparable y diseñado, como el resto del conjunto, en el siglo XIV. El jardín fue creado para calmar el espíritu y constituye un triundo del diseño. De hecho, muchos de sus elementos fueron prototipos para jardines posteriores construidos en otros lugares. El jardín cuenta con un gran estanque que capta el reflejo de los arces y las grandes rocas cortadas en la periferia. También hace uso del paisaje de las colinas cercanas de arashiyama, que con un buscado efecto, parecen ser el siguiente nivel del jardín. Una deliciosa visión para completar una jornada extraordinaria.
Para mi fue toda una sorpresa ya que no esperaba encontrarme esa maravilla natural tan próxima al centro de la ciudad.
Más de cincuenta variedades de bambú crecen a lo largo y ancho de este bosque, con algunos ejemplares que pueden alcanzar incluso los veinte metros de altura. Un paseo por este santuario vegetal constituye una experiencia sensorial única; es es liberador para la mente y purificador para el alma. Un camino entre los esbeltísimos arboles se va abriendo para el paseante envolviéndolo en un escenario onírico fuera del mundo real.
Los troncos crujen y los árboles frotan sus hojas al unisono produciendo una monotonía relajante. Es difícil describir con palabras o con imágenes. En épocas pasadas este lugar era exclusivo para a la alta aristocracia japonesa. Sus senderos, misteriosos, románticos y silenciosos, eran uno de los lugares de esparcimiento favoritos de la familia real. Hoy es accesible para cualquiera, con la única desventaja de que en ocasiones está demasiado concurrido. Al salir del bosque nos encontraremos con el puente Togestsukyo o puente que cruza la luna, tiene 155 metros y es uno de los símbolos de la zona. La forma del puente tiene ese toque estético tan importante en la cultura japonesa. Arashiyama es la montaña que queda al sur del puente. En otoño sus laderas se cubren de un precioso de un manto de hojas rojas de arce. Un paseo en barco en una de las formas más recomendables de disfrutar del relajante paisaje de la zona. Por último podemos completar la excursión con la visita al cercano templo Tenyru-ji. La principal atración del templo es el delicado jardín Zen de belleza incomparable y diseñado, como el resto del conjunto, en el siglo XIV. El jardín fue creado para calmar el espíritu y constituye un triundo del diseño. De hecho, muchos de sus elementos fueron prototipos para jardines posteriores construidos en otros lugares. El jardín cuenta con un gran estanque que capta el reflejo de los arces y las grandes rocas cortadas en la periferia. También hace uso del paisaje de las colinas cercanas de arashiyama, que con un buscado efecto, parecen ser el siguiente nivel del jardín. Una deliciosa visión para completar una jornada extraordinaria.
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