Vistas de página en total

lunes, 13 de abril de 2015

ISLANDIA Y LAS ZONAS DE CONFORT


Eran más de las 12 de la noche y aún había luz en un cielo sin amaneceres ni puestas de sol, y que desde la mañana mostraba un aspecto gris y turbio.
El viento y la lluvia pese a ser el veraniego mes de julio me habían azotado todo el día. En la atmósfera había algo irreal y yo volvía al hotel con una mojadura impresionante. La claridad de un día de 24 horas sobre 24 no iban a ser de gran ayuda para conciliar el sueño y aquel no parecía el lugar más adecuado para superar mi reciente desengaño, pero allí estaba, cerca del círculo polar ártico, con la extraña sensación de ¿Qué hago yo aquí?

Y para un convencido urbanita como yo, visitar un país de apenas 300.000 habitantes, casi todos concentrados en la única población que se puede considerar propiamente una ciudad, la capital Reikiavic, y una extensión del tamaño de Andalucía y Murcia juntas, en un terreno apenas violentado por el hombre, la respuesta parece clara, salir de mi zona de confort, ampliar mi mundo, saciar mi curiosidad, alimentar mi mente; buscar el lugar donde surgen los sueños que se que no voy a encontrar, pero disfrutar igualmente al máximo de las peripecias del camino.
Y eso fue precisamente lo que encontré en Islandia, naturaleza en estado puro, como la cascada Gullfoss, uno de los monumentos naturales más impactantes que he visto, creada por la ruptura de dos placas tectónicas que forman un abrupto corte en la llanura; la caída del agua, aunque no especialmente elevada (sólo 32 metros ) , es todo vigor y energía. El atronador sonido del agua martilleaba mi cerebro, me sobrecogía y me hacía volar a un paisaje apocalíptico, auténticamente extraterrestre, las rupturas tectónicas del suelo me permitían cruzar de la placa continental europea a la americana, del suelo surgían géiseres y de los muros que parecían formar sus montañas caía de nuevo agua en forma de cascadas como en Skogaffos.
Las playas de arena negra tenían una fisonomía tan extraña y la naturaleza había esculpido las piedras de una forma tan singular que parecían ser diseñadas para homenajear a los trolls, en los que se inspiran muchas leyendas y sagas islandesas.
En el interior de la isla abundaban los glaciales, kilométricas extensiones de nieve perpetua, donde el blanco de la nieve es salpicado por el negro de la ceniza de los numerosos volcanes, esas bocas de fuego que permiten que las lagunas mantengan el agua caliente pese que el resto del entorno esté helado.


Esas corrientes de agua caliente son las que posibilitan en gran medida que la vida sea viable en un lugar tan desapacible.
Especialmente curioso me pareció el complejo geotérmico de la laguna azul, ubicado entre campos de lava y hermosos paisajes, un oasis de calor natural con agradables temperaturas de 37º en el que disfrutar del paisaje al resguardo del agua tibia, donde curiosamente me sentí de nuevo en una zona de confort.

Allí me percaté de que había estado conviviendo durante días con una gama cromática diferente, pero la terrible combinación de colores cálidos y fríos que al principio me angustiaba ahora me parecía natural.
 Mi presencia en la desolada isla ya no era un grito infinito perforando la naturaleza a modo del cuadro de Munch, al fin me había mimetizado con el entorno y los torbellinos que me acosaban interiormente se habían diluido, los horizontes se habían ampliado, ya no sentía la gélida sensación de la incertidumbre, incluso en las entrañas de la congelada isla había posibilidades de vida, de nuevas y agradables sensaciones y de regeneración.

 Desde la calidez del agua de la laguna podía mirar cara a cara a las figuras negras y disfrutar de la hermosura del desolado paisaje, casi extraterrestre. Había encontrado un nuevo lugar en el mundo y ampliado mi zona de confort, en ese incierto umbral donde el mundo se acaba y los sueños pueden convertirse en pesadilla.

martes, 10 de marzo de 2015

BERGEN, LA PUERTA A LOS FIORDOS.

La ciudad de Bergen se sitúa en la costa sudoeste de Noruega, en un valle formado por un grupo de montañas conocido colectivamente como "de syv fjell" ("las siete montañas"). Bergen, cuenta con 250.00 habitantes, lo que le convierte en la segunda más poblada del país y es la capital oficiosa de la región conocida como Noruega Occidental. Por su situación, es una de las mejores puertas de entrada a los famosos fiordos noruegos, y por ello también se ha convertido en uno de los mayores puertos de cruceros turísticos de toda Europa.
Así coqueto y pintoresco puerto de Bergen, con una tradición de que le viene de siglos, está siempre lleno de vida y con un gran movimiento turístico y comercial. Es además el mejor lugar para probar pescado fresco, en los tenderetes al aire libre que hay en el propio puerto se puede comer carne de ballena, salmón salvaje, marisco y otras esquisiteces a un precio más que razonable, lo cual es todo un hito en Noruega, uno de los países más caros que he visitado.
Sin abandonar el puerto, en uno de sus costados, el pequeño Barrio de Bryggen es, sin duda, la mejor tarjeta de visita posible de la ciudad de Bergen. Se trata de las antiguas casas de la colonia de comerciantes alemanes que habitaron la ciudad desde la edad media y su singular arquitectura (exclusivamente de madera) más el colorido de sus fachadas hacen que una visita a este barrio sea prácticamente ineludible.

El barrio fue destruido por el fuego en varias ocasiones y una parte de las casas de madera fueron sustituidas por otras de un estilo arquitectónico similar pero utilizando otros materiales de construcción más sólidos, de forma que el espíritu y la elegancia de la zona sigue intacta.
La mejor forma de hacerse una idea de la forma de vida en esa época es visitando el museo hanseático. Se trata del edificio más antiguo de todos los que miran a los muelles, una gran casona que tras ser arrasada por incendios y reconstruida en numerosas ocasiones, finalmente ha sido convertida en museo donde se recrea con todo lujo de detalles la vida de los hanseáticos de la época.
El almacén para guardar el bacalao seco, la oficina del capataz, los armarios donde, encerrados de dos en dos, dormían los mozos… no hay lugar para la imaginación en este didáctico museo.
Abandonando el puerto podemos caminar hacia el interior de la ciudad y deambular por laberínticas callejuelas generalmente bastante pendientes. El corazón de la ciudad está poblado de coquetas casitas de madera y brumosos rincones que permanecen inmunes al tiempo y nos trasladan a una época encantada.

No obstante las mejores vistas de la ciudad en su conjunto se tienen desde el monte Fløyen. La mejor forma de salvar el desnivel de 350 que existe entre el centro de la ciudad y la colina es utilizando el funicular llamado Fløibanen. La estación se encuentra a pocas manzanas del mercado de pescado y nos permitirá llegar a la cima en apenas 8 minutos. El funicular es usado por turistas y residentes locales durante todo el año, y que tiene salidas cada quince minutos hasta la media noche (en la temporada de verano).
Una parte de Fløyen está urbanizada, aunque también son extensos los parques que se encuentran en las laderas, y que son un destino popular para deportistas, familias y adultos mayores que buscan actividades al aire libre.


De vuelta a la ciudad podemos completar la visita a la ciudad visitando el Bargenhus fortress, situado a la entrada del puerto. El fuerte tiene partes construidas ya en 1240, aunque una parte importante fue reconstruida pasada la segunda guerra mundial, y es uno de los castillos mejor conservados de toda Noruega.






martes, 10 de febrero de 2015

EL VALLE DE OURIKA Y LAS SIETE CASCADAS


Tras experimentar el trepidante ritmo de Marrakech durante varios días decidimos  tomarnos un respiro. El lugar elegido fue el valle de Ourika, a unos 60 kilómetros y en las faldas del Atlas; parecía el enclave perfecto para escapar del sofocante calor de la bulliciosa ciudad roja y tener un contacto directo con la naturaleza. En contraste con lo anterior allí podríamos disfrutar del frescor de la vegetación, tan escasa por estas latitudes, y deleitarnos con excelentes vistas desde la montaña donde teníamos previsto internarnos en busca de siete cascadas.
Hicimos el trayecto desde Marrakech por una serpenteante y estrecha carretera atravesando numerosas aldeas y con el río casi siempre a nuestra vera. A lo largo del camino tuvimos que driblar diversos personajes que realizaban rutinarios trabajos agrícolas, asimismo las tiendas, muy numerosas, estaban metidas casi en la propia vía, tratando de forzar a los viajeros a alguna parada para comprar algún producto local. Llevábamos bien aleccionado al taxista que nos transportaba y no caímos en la tentación de modo que llegamos sin hacer paradas a Setti Fatma que era el punto de inicio para la ruta de las cascadas que teníamos previsto visitar.



Setti Fatma esta ya ubicada en el imponente sistema montañoso del Atlas aunque dentro del precioso valle de Ourika. En los alrededores encontramos grandes cumbres como el Toubkal que con 4167 metros es la más alta de Marruecos. La aldea, aunque inundada de turistas y restaurantes, conserva intacto el encanto de una apacible villa de casas de adobe  y es un buen lugar para palpar el verdadero espíritu marroquí . A la orilla del río hay locales improvisados donde se come o se toma el te con  mesas incluso dentro del mismo río. Tras una rápida comida comenzamos a preparar nuestra excursión.


Aunque no es imprescindible numerosos habitantes del pueblo se ofrecen a hacer de guías para posibles circuitos por las cercanas montañas, puede ser una buena opción si, como en nuestro caso, aparece una persona cordial y agradable capaz de hacer más cómodo el trayecto aconsejando los itinerarios más cómodos y vistosos.
Y elegido el guía, empezamos la ruta.  Al poco de comenzar afrontamos el primer reto, debíamos cruzar por puente tibetano sobre el río. Pese a la poca solidez de la endeble pasarela pasamos la prueba sin dificultad.
Seguimos caminando un trecho y empezamos a ascender pero, pese a estar ya a bastante distancia del pueblo, continuábamos encontrándonos con numerosas tiendas donde trataban de vendernos desde un zumo de naranja hasta diferentes productos de artesanía. El exceso de vendedores acosándonos hizo que este primer tramo de la marcha perdiera parte de su encanto.


Sin embargo esta sensación fue desapareciendo de forma paulatina y he de reconocer que fue interesante ver como los vendedores de las tiendas improvisadas mantenían frescas las bebidas. Colocaban las botellas en forma de pirámide de modo que sobre la parte superior les caía un chorro de agua helada que procedía directamente de las cumbres de las montañas. A este método de refrigeración se le conoce como nevera berebere. Una forma curiosa y muy natural de mantener frescos los productos.
Después de casi una hora de subida apareció la primera cascada,  no es de las más espectaculares pero me llamó poderosamente la atención debido al contraste entre lo pedregoso del terreno y el gran chorro de agua fresca que surge de entre los riscos.
El calor era sofocante, así que aprovechamos para refrescarnos y para decidir si merecía la pena seguir el camino, mucho más abrupto a partir de ese punto. Por supuesto optamos por continuar.
Como preveíamos, la vía se volvió más escarpada y en algún tramo ya no se trataba de subir, sino realmente de trepar. Afortunadamente nuestro guía fue de gran ayuda en estos momentos difíciles, nos iba indicando los puntos de apoyo más adecuados y si era necesario me tendía el brazo para sostenerme porque, definitivamente, habíamos iniciado la travesía sin el equipamiento más adecuado. Al menos el calzado era fuerte y no patinaba por el resbaladizo terreno.

 



Costaba subir, hacía muchísimo calor, pero lo que nos encontramos una vez superado ese trecho de gran dificultad compensó sobradamente el esfuerzo. Los vendedores y el exceso de turistas desaparecieron por completo de nuestro alrededor y, por fin, pudimos experimentar la sensación de un encuentro profundo e íntimo con la naturaleza. Mientras caminábamos por el pedregoso sendero espectaculares cascadas nos iban regalando la vista a nuestro alrededor.


Al fin nos sentíamos en el corazón del alto Atlas. Así, pasadas las dificultades previas, el camino, aunque sinuoso y empinado, se tornó mucho más llevadero. En unas tres horas de trayecto, nos fuimos deleitando, con distintas cascadas ( hay hasta siete diferentes aunque no llegamos a verlas todas ) de variadas formas y tamaños rodeados siempre de imponentes montañas y un espectacular paisaje que nos estimulaba a seguir la  marcha y nos sorprendía a cada instante.
Desgraciadamente comenzaba a atardecer y tocaba descender, también con cuidado por lo abrupto y resbaladizo del terreno.
El guía fue tomando confianza con nosotros y además de llevarnos de vuelta al pueblo procurando elegir los senderos más vistosos y menos deslizantes  nos amenizó la marcha contándonos viejas historias de los pueblos bereberes. El mismo resultó ser un pastor de la zona, no tenía estudios formales pero contaba con una gran sabiduría ancestral y era capaz de hablar varios idiomas. Todo un lujo de compañía por los apenas 10 euros que, si mal no recuerdo, nos costó contratar sus servicios. 
Con satisfacción y llenos de renovadas energías, por la singular belleza de nuestro recorrido, pero con cierta pena por abandonar tan precioso lugar llegamos de vuelta a Setti Fatma.





jueves, 29 de enero de 2015

ISLA TAQUILE

La única forma de acceder a Taquile es en barco, en medio del lago Titicaca, su aislamiento y paisaje la convierte en la isla soñada, un lugar donde evadirse, en el que no hay carreteras, electricidad, internet, coches, hoteles, ni siquiera bicicletas o perros... Los únicos servicios disponibles son los que proporcionan los propios isleños; estos han preservado su modo de vida tradicional de tal forma que acercarse al lugar proporciona la oportunidad de convivir en un entorno puro y genuino, con el imponente lago de fondo.

Pero precisamente lo que ha preservado a este santuario de la apisonadora de la civilización son unos accesos complicados.  La isla está a unos 35 Km de distancia de Puno, donde me alojaba y principal centro administrativo de la zona. Llegar al embarcadero de Taquile me supuso 3 horas de barco pero ese no era el final del trayecto, la villa principal se encuentra a 3.950 m. sobre el nivel del mar y el unico acceso posible lo constituye una senda a pie que incluye 533 peldaños; el desnivel, el poco oxígeno por la gran altura y el desamparo del lugar convirtieron la caminata en un ejercicio bastante agotador.



Sin embargo, mi esfuerzo no es comparable con el de los lugareños que suelen cargar al hombro con todos los productos necesarios para su abastecimiento. Además la caminata fue amenizada por las increíbles vistas panorámicas del lago ( hasta las ovejas y pájaros parecían apreciarlas ) que nos regala el camino, salpicado de arbustos donde crece la cantuta, flor nacional del Perú.
Una vez en el pueblo me encontré con una sociedad muy acogedora e integradora con los, todavía no tan numerosos, viajeros que los visitan, basada en el trabajo colectivo y en el código moral Inca “Ama suwa, amallulla, ama qilla” (no robaras, no mentiras y no serás perezoso). La comunidad lo coordina todo y nadie ajeno a la isla ha pervertido su valor étnico y cultural así como las tradiciones del trabajo agrícola o artesanal, sobre todo textil. Me prometí a mi mismo no propagar demasiado las bondades de esta idílica isla. Se que con la propia escritura de esta entrada estoy incumpliendo parte de mi propio compromiso, aunque menos, también soy muy consciente de que este blog, como la isla, es un secreto muy bien guardado, frecuentado solo por un público muy exquisito y minoritario.

Para las comidas, las propias familias improvisan unas mesas en el exterior de su casa donde se sirve lo que tienen disponible. Allí no hay ningún supermercado así que estoy seguro que la sencilla sopa con la que tanto disfruté estaba hecha con hortalizas naturales, recien cultivadas, y las truchas seguro que no eran de piscifactoría. Elementos tan sencillos como un taburete, una base de canto rodado, un tablero de madera, una sombrilla y un irregular cercado de piedra con vistas al lago conseguían lograr la atmósfera más placentera y distendida imaginable.


Los allí agasajados por la hospitalidad de la familia quisimos apurar al máximo el tiempo de la comida que se alargó muy por encima de la hora normal del almuerzo. Como el ambiente era propicio los anfitriones nos obsequiaron a los que aún permanecíamos en el lugar con una danza tradicional y trataron de sacar a bailar a los más osados. Dada mi torpeza congénita para el baile rehusé amablemente la invitación y preferí permanecer en un discreto lugar disfrutando del espectáculo y sacando fotografías.


Todos los habitantes de la isla, unas 1200 personas, se comunican en quechua y van vestidos al modo tradicional. Resulta especialmente curioso que en el caso de de los hombres ellos mismos están obligados a tejer manualmente su trabajado gorro de punto, que requiere unos tres meses de elaboración. No es un detalle insignificante, su color  indica si están solteros (color blanco) o casados (color rojo).




El camino de vuelta al barco es mucho más suave y se hizo bastante más llevadero desde el punto de vista físico, se trataba tan solo de descender desde lo alto del poblado, sin embargo resultó muchísimo más triste, a cada paso que daba tenía la sensación de estar abandonado uno de los últimos paraisos perdidos que aun quedan en el planeta.