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viernes, 15 de febrero de 2008

LA FASCINACIÓN DE LA DERROTA

La literatura y sobre todo el cine siempre nos han hecho sentir cierta fascinación por los derrotados, los maltratados, los magullados, luchadores de batallas que saben que es imposible vencer pero aún así afrontan con dignidad. Son autodestructivos, nunca se rinden, son personajes de una sola pieza.
Así son desde los admirados protagonistas de Grupo Salvaje al tuberculoso Doc Holliday, que prefiere quemar sus últimas bocanadas de vida que encerrarse en un hospital, luchando junto con los hermanos Earp por una causa que ni siquiera es la suya.
No olvido tampoco a Butch Cassidy y Sundance Kid, los compulsivos ladrones de trenes y bancos más simpáticos de la historia del cine masacrados en Bolivia por no querer dejar de hacer lo único que podían y sabían hacer.
Capítulo aparte merecen, David Crockett y los gloriosos colonos del Álamo resistiendo el incontenible avance del general Santana, tan superior en número y tan inferior en heroicidad y grandeza.
Otros derrotados paradigmáticos son los boxeadores sonados, tan frecuentes en las películas de cine negro como Más Dura será la Caida, Marcado por el odio, o algo más recientemente Toro Salvaje, verdaderos especialistas en enfrentarse a la vida a golpes con resultados nefastos, pues esta siempre acaba pegando más fuerte.
Cambiando de género los jóvenes incomprendidos y desarraigados tratando de reivindicarse en una sociedad que les aprisiona y de la que James Dean se convirtió en icono y no solo en la pantalla sino también en la vida real con su prematura muerte vuelve a poner de manifiesto la dificultad de aceptar unas normas, las de la sociedad respetable, que no entienden ni asumen.Vemos como luchar a pecho descubierto y vivir siempre al filo de la navaja es exponerse a un constante riesgo de corte, herida, sangre, desgarros e incluso heroica muerte.
Sin embargo este estilo de vida es adictivo y un vez absorbidos es imposible escapar de él. Pasiones, fadismo, sentimientos a flor de piel, costumbres poco convencionales, amores imposibles siempre plagados de dificultades y distancia, aspiraciones que superan nuestras posibilidades físicas o psicológicas, propuestas vitales irrealizables en una única existencia.
Pero, con todo, siempre mejor los sueños que la auténtica condena en vida que supone la anestesia emocional, la repetición de sloganes, los trabajos rutinarios, las vidas grises, o el acudir al patrón del que dirán como norma de conducta. Si, el mundo puede ser un valle de lágrimas, pero con que sólo una vez estas sean de felicidad el viaje habrá merecido la pena.

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